A un año de tu luz, e iluminado
hasta el final de su latir, por ella,
desanda el viaje el corazón cansado.
(A un año de tu luz - Andrés Eloy Blanco)
Hay las horas tristes y las horas alegres. Hay los frutos maduros,
de huertos inconmensurables,
que se cosecharon y dieron su ofrenda. Las armonías que gratificaron
los tiempos idos, y que hoy se plasman para rodar
en el recuerdo.
Fue el galope desplomándose desde todos mis sufrimientos,
y, sin embargo, un detenimiento. La aspereza de la
hojarasca cayendo
del árbol sin raíces hasta colapsar el endeble suelo.
Las últimas semanas con aquella ciudadanía, que por
dilatada temporada, matuvo el ritmo al borde de
su pecho, fue siendo un toque hiriente
para mis huesos; la esperanza que era el mandato,
la etapa que siempre se resguarda, el estallido, estaba por perderse.
Tanto tiempo sujetada,
y no obstante se soltó y saltó desde mi cortas manos,
y, con tan breve resistencia, su aliento
no enderezó para tranquilizar mis oídos.
Fue un despuntar del día, largo y duro como un grito,
e insoportable para el corazón que ama y contiene.
Se dice que siempre existen modos para
no prolongar el llanto, modos para no delapidarnos,
pero que atentan contra el mantenimiento de los rostros.
¡Qué cabeza la mía por querer verla descansar como quien descansa luego de ultimado
los quehaceres y despertara con frescura e instistiera con sus ciclos habituales,
pero no tuvo otra opción que dejarse escoltar!
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