Entre amaneceres y amaneceres hubo unos tantos
que acarrearon lunas pasadas sin dureza; y este, en particular, a partir de ayer, dará cabida
para la nostalgia y el suspiro abisal.
Es difícil hablar del amor en pasado cuando los dolores
se derraman como ráfaga, aunque así es preciso ajustarnos
a los tiempos, a las condiciones.
Ella golpeó con el astro de la última noche, y es la indispensable
para ordenar la vida, su tantáculo o guadaña para el abrojo
o plato que magnifica la mesa. Su pasar es un pesar por excelencia.
No recoje nuestros huesos, no los barre ni los amontona,
solo libera el llamado a nuestros oídos hasta habituarnos con propiedad, apareciendo
con la periferia que divide al día en dos horas
y
darnos el chance para despedirnos.
Así como el orégano, es intenso;
y natural como el despecho cuando cesa el amor.
Hay que saber notarla,
porque no podemos destituir su reglamento,
pero sí aliviarla, accidentalmente, desatándonos en la vida.
que acarrearon lunas pasadas sin dureza; y este, en particular, a partir de ayer, dará cabida
para la nostalgia y el suspiro abisal.
Es difícil hablar del amor en pasado cuando los dolores
se derraman como ráfaga, aunque así es preciso ajustarnos
a los tiempos, a las condiciones.
Ella golpeó con el astro de la última noche, y es la indispensable
para ordenar la vida, su tantáculo o guadaña para el abrojo
o plato que magnifica la mesa. Su pasar es un pesar por excelencia.
No recoje nuestros huesos, no los barre ni los amontona,
solo libera el llamado a nuestros oídos hasta habituarnos con propiedad, apareciendo
con la periferia que divide al día en dos horas
y
darnos el chance para despedirnos.
Así como el orégano, es intenso;
y natural como el despecho cuando cesa el amor.
Hay que saber notarla,
porque no podemos destituir su reglamento,
pero sí aliviarla, accidentalmente, desatándonos en la vida.