UCRONICO
Poeta recién llegado
"En la corteza de un árbol,
de los amores papiro,
las voluptuosas volutas
enredabas en sus rizos.
El flechador del amor,
el sagitario Cupido,
lanzó sus dardos amargos,
mi corazón su destino.
Cuando sobran las palabras
imposible es el sigilo:
lo que nuestras bocas callan
nuestras miradas lo han dicho.
Tu horizonte despejado
hasta el azul infinito
abarcaba verdes prados,
eternamente floridos.
Campaban por mis jardines,
victoriosas, las cigarras;
con sus tajantes clarines
el estío decretaban.
Revolución de jazmines,
madreselvas desmadradas,
pétalos cientos de miles,
color y olor a mansalva.
Mueven ya sus largas crines
de corceles en manada
surtidores saltarines
en mi alberca alborotada.
Agua bendita que ungiste
mis sïenes plateadas...
Primavera que revistes
mi cabeza de guirnaldas...
Agua de mayo preñada,
derramada en mi vacío,
que llena, que sacia y sana,
que embriaga como buen vino.
Tardía la primavera
que en mi jardín has vertido,
larga y penosa la espera,
perdida ya en el olvido.
Dédalo que me enseñaste
a salir del laberinto...
Alma que mi alma alaste
y a los cielos me has subido..."
"Helios, tal vez, despegara,
corazón, tus alas de Ícaro..."
"Conciencia miedosa ¡calla!,
Eolo solano ¡guíalo!"
de los amores papiro,
las voluptuosas volutas
enredabas en sus rizos.
El flechador del amor,
el sagitario Cupido,
lanzó sus dardos amargos,
mi corazón su destino.
Cuando sobran las palabras
imposible es el sigilo:
lo que nuestras bocas callan
nuestras miradas lo han dicho.
Tu horizonte despejado
hasta el azul infinito
abarcaba verdes prados,
eternamente floridos.
Campaban por mis jardines,
victoriosas, las cigarras;
con sus tajantes clarines
el estío decretaban.
Revolución de jazmines,
madreselvas desmadradas,
pétalos cientos de miles,
color y olor a mansalva.
Mueven ya sus largas crines
de corceles en manada
surtidores saltarines
en mi alberca alborotada.
Agua bendita que ungiste
mis sïenes plateadas...
Primavera que revistes
mi cabeza de guirnaldas...
Agua de mayo preñada,
derramada en mi vacío,
que llena, que sacia y sana,
que embriaga como buen vino.
Tardía la primavera
que en mi jardín has vertido,
larga y penosa la espera,
perdida ya en el olvido.
Dédalo que me enseñaste
a salir del laberinto...
Alma que mi alma alaste
y a los cielos me has subido..."
"Helios, tal vez, despegara,
corazón, tus alas de Ícaro..."
"Conciencia miedosa ¡calla!,
Eolo solano ¡guíalo!"
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