Vevero
Poeta reconocida en el portal
Mis primeras horas en a playa transcurrieron en una suerte de somnolencia febril perdida entre los umbrales del sueño, la realidad, la playa , la emoción de mi hijita de 4 años ante la inmensidad del mar y el asco de mi hijo de 8 ante la arena que se le pegaba a los pies. Superados estos trances iniciáticos, habituales en cada visita a la costa; caí en un profundo sopor que me derribó al sol durante unas dos horas (hoy mi espalda pelándose, lamenta este recuerdo). Para cuando logré recuperarme, sentí que verdaderamente empezaban mis vacaciones y comencé a disfrutar los juegos con mis hijos, las caminatas solitarias por la orilla del mar y las mateadas compartidas entre charlas con mi marido. La primera tarde se desencadenó en una apacible sucesión de gratos recuerdos.
Si bien estos hechos se repitieron ritualmente todos los días de sol (todos los restantes), fue necesario incluir las vivencias de algunos otros veraneantes que se ubicaban en las adyacencias de nuestra sombrilla y cuando digo incluir me refiero exclusivamente a sentirme invadida en mi pequeña intimidad playera por los gritos y los basurales descuidos dejados al pasar sobre la arena como si la playa fuese un gran cesto de residuos.
Día tras día, no hice otra cosa que escuchar los chillidos de la madre y la abuela de Ramiro, un niño de 7 años, llamándolo todo el tiempo sin moverse de sus sillas debajo de la sombrilla mientras el pequeñín corría por toda la playa y se metía al mar con entusiasmo feroz. Aunque yo planeara estratégicamente la ubicación de mi sombrilla lo más alejado posible de ellas, era inevitable sentirse ajena a sus gritos desgarradores. El colmo de estas señoras que vaciaban el mate sobre la arena y que no se preocupaban ni siquiera de cubrir la yerba con la misma o que dejaban medio churro o un pedazo de sándwich tomando sol al paso de cualquier transeúnte que debía esquivarlos, se produjo cuando con el propósito de tener a Ramiro cerca de ellas le compraron un barrilete. El primer problema fue hacerlo remontar; casi toda la playa participó de la elevación de dicho artefacto, pero como todo chico, Ramiro se aburrió del cometa a los 5 minutos de tener el piolín que lo sostenía alto en el cielo y se lo entregó a su abuela, quien lo ató a una reposera mientras le decía al niño con su voz chillona que no se alejara de su vista. Y como siempre lo peor está por suceder, sucedió... Y el barrilete comenzó su descenso en principio lentamente, hasta hacerlo en picada y caer justo en la cabeza de un señor entrado en kilos que se asoleaba cual ballena encallada; cundió la desesperación en la madre y en la abuela. Ésta intervino drásticamente y pidiéndole perdón al hombre fue a buscar al caído barrilete mientras llamaba a los gritos a su nieto, la madre enojada ya prácticamente al borde de la ira le arrebató el fallido objeto volador de las manos a su madre y con su más aguda voz dijo: Ramiro, vení para acá que esta cosa no vuela una mierda. De esta sutil forma, todos los asistentes a ese sector de la playa quedamos informados claramente de las pocas habilidades de la familia de Ramiro para remontar barriletes o, en su defecto, de lo mal confeccionados que éstos estaban para superar los ataques de ansias de una madre y una abuela desabordadas por un inquieto niño de 7 años.
Otro hecho fortuito acompañó una tarde mi descanso al sol; como sucedía habitualmente después de los mates y de la merienda, mi marido y mi hijo se iban a la orilla a jugar a la paleta y la nena los acompañaba con su balde y pala a enchastrarse toda de arena, alguna que otra vez yo me unía al grupo y entonces con la gordita nos disponíamos a disfrutar del mar, pero esa tarde, después de ordenar todas nuestras pertenencias, estiré mi lona acomodándola hacia el astro rey para disponerme a gozar de una hora de felicidad y bronceado. Pero (siempre hay un pero en una historia) arribaron a la playa 2 señoras sexagenarias y plantaron su sombrilla de tal modo que ellas quedaron bajo el sol rabioso y yo sumergida en la sombra absoluta. Molesta, sin embargo sin decir nada, corrí mi lona de lugar, pero para mi asombro estas mujeres no estaban solas sino que aparecieron acompañadas de una pareja de surfers que plantaron sus tablas de modo tal que la sombra volvió a invadirme y ya no tenía lugar para moverme sin incomodar a nadie. Por lo tanto, acepté estoicamente mi destino sombrío sin darme cuenta de que los jóvenes estaban enfundándose en sus trajes oscuros y partieron al poco tiempo hacia las olas dejándoles el encargo a sus tías de que acomodaran las fundas de las tablas para que no molestasen a nadie. Superado el incidente y mientras las señoras se preocupan por lo arriesgado del accionar de sus sobrinos, yo me dispuse al fin a disfrutar de los minutos de sol que me quedaban antes de que el batallón volviese.
Continuará...::
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Si bien estos hechos se repitieron ritualmente todos los días de sol (todos los restantes), fue necesario incluir las vivencias de algunos otros veraneantes que se ubicaban en las adyacencias de nuestra sombrilla y cuando digo incluir me refiero exclusivamente a sentirme invadida en mi pequeña intimidad playera por los gritos y los basurales descuidos dejados al pasar sobre la arena como si la playa fuese un gran cesto de residuos.
Día tras día, no hice otra cosa que escuchar los chillidos de la madre y la abuela de Ramiro, un niño de 7 años, llamándolo todo el tiempo sin moverse de sus sillas debajo de la sombrilla mientras el pequeñín corría por toda la playa y se metía al mar con entusiasmo feroz. Aunque yo planeara estratégicamente la ubicación de mi sombrilla lo más alejado posible de ellas, era inevitable sentirse ajena a sus gritos desgarradores. El colmo de estas señoras que vaciaban el mate sobre la arena y que no se preocupaban ni siquiera de cubrir la yerba con la misma o que dejaban medio churro o un pedazo de sándwich tomando sol al paso de cualquier transeúnte que debía esquivarlos, se produjo cuando con el propósito de tener a Ramiro cerca de ellas le compraron un barrilete. El primer problema fue hacerlo remontar; casi toda la playa participó de la elevación de dicho artefacto, pero como todo chico, Ramiro se aburrió del cometa a los 5 minutos de tener el piolín que lo sostenía alto en el cielo y se lo entregó a su abuela, quien lo ató a una reposera mientras le decía al niño con su voz chillona que no se alejara de su vista. Y como siempre lo peor está por suceder, sucedió... Y el barrilete comenzó su descenso en principio lentamente, hasta hacerlo en picada y caer justo en la cabeza de un señor entrado en kilos que se asoleaba cual ballena encallada; cundió la desesperación en la madre y en la abuela. Ésta intervino drásticamente y pidiéndole perdón al hombre fue a buscar al caído barrilete mientras llamaba a los gritos a su nieto, la madre enojada ya prácticamente al borde de la ira le arrebató el fallido objeto volador de las manos a su madre y con su más aguda voz dijo: Ramiro, vení para acá que esta cosa no vuela una mierda. De esta sutil forma, todos los asistentes a ese sector de la playa quedamos informados claramente de las pocas habilidades de la familia de Ramiro para remontar barriletes o, en su defecto, de lo mal confeccionados que éstos estaban para superar los ataques de ansias de una madre y una abuela desabordadas por un inquieto niño de 7 años.
Otro hecho fortuito acompañó una tarde mi descanso al sol; como sucedía habitualmente después de los mates y de la merienda, mi marido y mi hijo se iban a la orilla a jugar a la paleta y la nena los acompañaba con su balde y pala a enchastrarse toda de arena, alguna que otra vez yo me unía al grupo y entonces con la gordita nos disponíamos a disfrutar del mar, pero esa tarde, después de ordenar todas nuestras pertenencias, estiré mi lona acomodándola hacia el astro rey para disponerme a gozar de una hora de felicidad y bronceado. Pero (siempre hay un pero en una historia) arribaron a la playa 2 señoras sexagenarias y plantaron su sombrilla de tal modo que ellas quedaron bajo el sol rabioso y yo sumergida en la sombra absoluta. Molesta, sin embargo sin decir nada, corrí mi lona de lugar, pero para mi asombro estas mujeres no estaban solas sino que aparecieron acompañadas de una pareja de surfers que plantaron sus tablas de modo tal que la sombra volvió a invadirme y ya no tenía lugar para moverme sin incomodar a nadie. Por lo tanto, acepté estoicamente mi destino sombrío sin darme cuenta de que los jóvenes estaban enfundándose en sus trajes oscuros y partieron al poco tiempo hacia las olas dejándoles el encargo a sus tías de que acomodaran las fundas de las tablas para que no molestasen a nadie. Superado el incidente y mientras las señoras se preocupan por lo arriesgado del accionar de sus sobrinos, yo me dispuse al fin a disfrutar de los minutos de sol que me quedaban antes de que el batallón volviese.
Continuará...::
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