Arkeidos
Poeta que considera el portal su segunda casa
Soy estrella cayendo hacia el desierto.
Herido y fragmentado en mil pedazos.
Perturbador choque astral
del ángel contra el gigante poderoso
llamado temor...
Echo raíces en tierra de fantasmas
con olor a sales negras.
Renace el antiguo hombre en un árbol
con muchos brazos.
Frutos luminosos cuelgan
son manzanas estrelladas
brillantes perlas animadas.
Tengo ojos de luciérnaga
y sangre por insectos dentro de mis entrañas.
Cae una lluvia acida
consumiendo las torres de sombras
los senderos de víboras
destruyendo mi carne de madera.
De mi solo queda un hilo de luz
que serpentea siguiendo pisadas de carbón
de la niña de bronce y fuego
que juega con sus alas de espadas
a que corta cabezas de escorpiones
cabezas de hombres no muertos
y estatuas de falsos dioses.
Se va como destello veloz
hacia el infinito dejándome atrás.
Pero antes de marcharse definitivamente
por el portal que yace en la luna de los sueños,
me envía una esfera que encierra un rayito de sol
y me absorbe.
Soy una centella de fuego
que acecha el universo
corriendo de aquí para allá
dejando huellas en llamas
sellos de luceros
llaves de dimensiones mentales
pensamientos astrales
figura celeste
despertar espiritual
divinidad de hombre...
Solo existe uno.
Me susurra el silencio majestuoso
que habla el idioma de los ángeles
el nombre digno de Jesucristo
Dios hecho hombre
señor de todas las almas
quien guarda el juicio
de todo final
mi señor…
Hileras de pequeñísimos meteoros
marchan hacia la tierra
les acompaño no por mi voluntad.
Atraído por un magnetismo especial
sigo su trayectoria
fascinante velocidad
me desintegro antes de chocar contra la solida montaña
cubierta de un vestido precioso lleno de blancura
elegante nieve blanca como la inocencia
que naufraga en el olvido.
Queda una piedrita de mí
un cuervo me toma entre su pico
y me lleva hacia un cementerio de huesos
dejándome en el centro hueco de la cabeza
de un esqueleto.
La piedra se trasforma en chispa.
Todos los huesos faltantes se unen a la orden.
Erguida presencia por donde sopla fuerte el viento.
Soy un ser sin carne
con una chispa luminosa por cerebro y alma.
Los buitres me traen la piel de los caídos
aquellos que cambiaron su vida por un sueño.
Tomo mis ojos de dos esmeraldas
enterradas en una roca.
La carne…
la carne la arranco de los buitres
la coso a mis huesos
después la piel.
Renazco de nuevo
sin sangre
ni corazón
como un hombre nada especial…
Herido y fragmentado en mil pedazos.
Perturbador choque astral
del ángel contra el gigante poderoso
llamado temor...
Echo raíces en tierra de fantasmas
con olor a sales negras.
Renace el antiguo hombre en un árbol
con muchos brazos.
Frutos luminosos cuelgan
son manzanas estrelladas
brillantes perlas animadas.
Tengo ojos de luciérnaga
y sangre por insectos dentro de mis entrañas.
Cae una lluvia acida
consumiendo las torres de sombras
los senderos de víboras
destruyendo mi carne de madera.
De mi solo queda un hilo de luz
que serpentea siguiendo pisadas de carbón
de la niña de bronce y fuego
que juega con sus alas de espadas
a que corta cabezas de escorpiones
cabezas de hombres no muertos
y estatuas de falsos dioses.
Se va como destello veloz
hacia el infinito dejándome atrás.
Pero antes de marcharse definitivamente
por el portal que yace en la luna de los sueños,
me envía una esfera que encierra un rayito de sol
y me absorbe.
Soy una centella de fuego
que acecha el universo
corriendo de aquí para allá
dejando huellas en llamas
sellos de luceros
llaves de dimensiones mentales
pensamientos astrales
figura celeste
despertar espiritual
divinidad de hombre...
Solo existe uno.
Me susurra el silencio majestuoso
que habla el idioma de los ángeles
el nombre digno de Jesucristo
Dios hecho hombre
señor de todas las almas
quien guarda el juicio
de todo final
mi señor…
Hileras de pequeñísimos meteoros
marchan hacia la tierra
les acompaño no por mi voluntad.
Atraído por un magnetismo especial
sigo su trayectoria
fascinante velocidad
me desintegro antes de chocar contra la solida montaña
cubierta de un vestido precioso lleno de blancura
elegante nieve blanca como la inocencia
que naufraga en el olvido.
Queda una piedrita de mí
un cuervo me toma entre su pico
y me lleva hacia un cementerio de huesos
dejándome en el centro hueco de la cabeza
de un esqueleto.
La piedra se trasforma en chispa.
Todos los huesos faltantes se unen a la orden.
Erguida presencia por donde sopla fuerte el viento.
Soy un ser sin carne
con una chispa luminosa por cerebro y alma.
Los buitres me traen la piel de los caídos
aquellos que cambiaron su vida por un sueño.
Tomo mis ojos de dos esmeraldas
enterradas en una roca.
La carne…
la carne la arranco de los buitres
la coso a mis huesos
después la piel.
Renazco de nuevo
sin sangre
ni corazón
como un hombre nada especial…
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