Vámonos amor
Te estoy mirando, y tú, me agachas esos ojos
revoltosos como el beso entero de un hiriente macho,
llenos de tus manos para alzarse en fuego,
y en una dádiva mirarme ante un espejo.
Te puedo llorar a veces,
sobre todo cuando cierras esos ojos
tan violentamente, como puertas de opulencia,
y yo un mendigo, con los ojos llenos de hambre.
No es pecado mirar,
y mucho menos cuando me lo pides
sin saber por qué lo haces, y dudo que lo sepas,
ya que nadie sabe del amor, ni yo,
que estoy seguro que lo siento, de tal profundidad
que parado pudiera estar soportando las heridas,
que caen sobre mí, en carga galopante
las de una espada cercenante,
lustrada por tu piel, bañada en nuestra sangre.
Vamos, no nos apuremos,
él comprenderá, que ya le es tarde
como lo sintiese el pez a kilómetros del agua,
como si lo jurase un abejorro, que toda esa miel
es propia y no de abejas.
Vámonos amor, ya no están mirando.
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