sergio Bermúdez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Vampiresas que comían besos
hasta saciar su apetito en sueños,
que se volvían los labios guerreros entrando por el deseo
así hasta caminar por la realidad que se quedaba en la fantasía.
Alma de muerta y alma de viva,
entre el puente de un deseo al mirar
que la vida se quedaba en la mirada de los perdidos
y cariñosos ojos fundidos en su propia retina,
así se sabía que el alma no era su propia diosa,
que los versos colgaban de sus labios
hasta hacerse coplas en la mente de una lluvia de palabras.
Los vientos corrían como depredadores
en la magia oscura,
así hasta levantar de los besos a su nombre
y enterrar su apellido en la viva historia de un cuerpo semivivo
hasta arder los labios por la penumbra del laberinto de sus lágrimas,
que al correr los deseos eran en blanco y negro
hasta arder de sus besos el agua de su fugaz destello,
así hasta salir en los más célebres cielos,
el alma de un vampiro
la batalla por la voz de su alimento
todo se cultivaba en el pensamiento,
se destinaba a llegar a las voces de los latidos,
que reflejaban los versares,
que quedaban
sellados en la fuerza del ritmo
en el enganche de un beso maldecido
y embellecido en las alas de cristal
esas que no volaban hasta arder su entorno en besos rasgados,
así hasta levantar el puente de los versos
esos que se caían en letras
por el exterior del crucifijo de las hadas,
las llamas eran violetas
sus voces eran como sacar de sus besos su aroma
así hasta llegar al amor de vampiras
que comían en el noble termómetro de la fantasía
a costa de su carne en el fugaz paso de sus aventuras,
que quedan pasadas así hasta más allá de su camino
sus dientes eran lentes
esas que veían antes de morder
en un fuego de espejos
en el que el beso era el reflejo.