rodrigotoro
Poeta adicto al portal
CAPITULO UNO: EL ABRAZO OSCURO DE LA INMORTALIDAD...
El atardecer llegaba con pasos veloces, como si una jauría de sombras le persiguiese con fauces mortales; el viento resoplaba en la distancia imperturbable y omnipotente; los tonos grises se apoderaban de todo, y las personas, pisando las hojas con sus pies, que al crujir parecían lamentarse de su suerte, se abotonaban los abrigos y ceñían la bufanda para que el riguroso y voraz frío mostrase clemencia sobre sus cuerpos
El canto de unos extraviados gorriones sobresaltaba la quietud mortecina del invierno, ese señor de largas barbas y dedos destructores
.De pie, y frente a su piano, Alejandra miraba por la ventana ése espectáculo. Su mano debió deslizarse por la empañada superficie del vidrio para arrebatarle la clandestina y gris invisibilidad al exterior; Dejando el amplio ventanal tomó asiento en el banquillo de góticas patas que hacía guardia frente al imponente Steinway de cola negra y teclas sobrias. Depositó sus dedos y presionó un par de acordes; el sonido, revoloteando como cisnes de plumas de sombras, se proyectó por el ambiente débilmente iluminado por unos pocos candelabros de hierro forjado ataviados de cirios negros encendidos.
La melodía continuaba. Alejandra, de rostro pálido, mirada ausente, y pelo negro y largo, cerraba los ojos .recordaba, solo recordaba .
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900 D.C. Dinamarca
.Si, eran aquellos años del señor en donde todo sucedía diferente. La vida y la muerte eran como el día y la noche: bailarines de un concurso de incertidumbre. Los Hombres vivían y morían, y las mujeres solo vivían para morirse en vida.
Alejandra volvía de cazar con sus hermanos. Era niña, solo tenía 16 años. Traía en varios bolsos, confeccionados con toscos y hediondos cueros, trozos de pescado que los fiordos generosamente regalaban. Estaba feliz, pese a todo, recordaba: sentía el viento en su cara, desordenando su cabellera. Una uña encarnada en su pie derecho le molestaba, pero era un detalle. Junto a ella sus dos fornidos hermanos mayores Hatmich y Siscrof. Alejandra les hablaba de sus progresos con el arco, de cómo podía matar un cervatillo a cientos de metros .Todo sucedía como siempre lo hacía ..Pero esa mañana era diferente. Los animales del pueblo habían amanecido inquietos. Los abuelos y brujos del poblado decían que el demonio subía del infierno sin tiempo a comer .
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..El piano seguía tocando. A cada presión las teclas desahogaban su voz como el canto de los cuervos. Aquél graznar de los arpegios y acordes, soles y fas, retumbaban como los cañones de la obertura de Tchaikovski; las lagrimas brotaron de las mejillas de Alejandra, como semillas de dolor buscando su alma para sembrarse
Entonces lo veía...¡si!...veía esos ojos rojos y hermosos que se recortaban con tijeras de fuego en ese rostro inmaculado y rapaz: Eran ojos grandes y profundos, ojos ciegos de luz y autistas de humanidad ..aquellos colmillos y esa sonrisa ..Alejandra, al recordarla, se estremecía aún .era la sonrisa misma del mal .
.Lo mismo que ella era ahora luego de más de mil cien años de desposarse con la noche y las sombras, de ser una embajadora silente y condenada .de ser un Vampiro .
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