En una ocasión estando
conviviendo con amigos,
los que pongo por testigos
de lo que les voy narrando.
De una fiesta disfrutando
como cualquier invitado,
cuando pasó por mi lado
una mujer tan hermosa,
tenía un cuerpo de diosa
¡que me dejó impresionado!
Mi pensamiento malvado
a volar se echó enseguida
y le dije: ¡hola mi vida!
¡ven y siéntate a mi lado!
Me dejaste anonadado
con tu singular belleza,
¿qué te invito, una cerveza,
o algún coctel preparado?
¿puedo invitarte a otro lado?
¡y aceptó con la cabeza!
Se quedaron en la mesa
ya servidas las bebidas,
nos salimos a escondidas
con bastante ligereza.
Ella con mucha destreza
insinuó ir a un restaurante,
aunque no fuera elegante
pues andaba de apetito,
dijo: algo muy ligerito
¡para que al fragor aguante!
Tomé su mano, ¡adelante!
presto que llega el mesero,
ella pidió con esmero:
un pollo en salsa picante.
Yo la miraba expectante,
de té pidió cuatro tazas,
después, carnero a las brasas,
Españolas dos tortillas,
de res un par de costillas
con flores de calabazas.
Le dije, cielo: ¡te pasas!,
le hice una seña al mesero,
(dígame usted caballero)
deme la cuenta, (entre guasas).
Por poco con todo arrasas,
aunque estaba muy contenta,
cuando me trajo la cuenta
puso en mi mano la pluma,
¡casi muero al ver la suma,
seis mil quinientos cincuenta!
Al hotel me la llevé
para poder disfrutarnos
y después de un baño darnos
en la cama la acosté.
Cuando por fin la abracé
la contemplé con asombro,
me la recosté en el hombro
¡de indigestión se murió!
y la ingrata me dejó:
¡con la escopeta en el hombro!