viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hoy me llueve este poema
como nace un hijo muerto.
Burlándose el futuro
de sus alientos perdidos.
Se trizan las esperanzas
en cristales violentos,
pudriendo el corazón
con infecciones de melancolía.
Este dolor que me grita,
son las estrías germinadas
tras haber estado preñado
de la dulce felicidad.
Me quedan los recuerdos
y un sabor en la boca
que me recuerda al mar
y a la leña quemándose.
No comprendo el vacío
que hurga en mis entrañas,
se empapa de silencios
y ensancha mi intimidad.
Me invento mil excusas,
que en sí, son cuentos viejos,
sin colofones geniales
ni un bonito final.
No me leas despacio
que me da mucha vergüenza.
Cuando escribo estoy desnudo,
mis células sin membranas.
Esto no es una confesión,
ni vida aletargada,
ni sueños a medio cumplir,
ni una herida cerrándose.
Son sólo unas lágrimas
que se desplazaron inconscientes
a este lienzo inocente
que nació cuaderno sin pedirlo.
Ahora mismo la risa
es una flor seca en mis labios,
y un sensor oxidado
que no detecta la alegría.
El honor, es el único sentido
que quedó ileso en esta historia
¿De que me sirve un corazón
que late por inercia?
Incluso el fascinante progreso
me parece ahora
una enfermedad ineludible
que tenemos que soportar.
Sé que estas palabras son tristes
como dioses olvidados,
como clausuras de amores,
como la muerte de un niño.
Como el gemido del mar,
como las grietas de la tierra
en un austero desierto,
como un otoño alargado.
Un adiós que no se acaba
jamás de pronunciar,
que queda a vivir en el tiempo
y que empezó al conocerte.
La melancolía
puede ir vestida de infierno.
Y hoy es la piel
por la que respiro.
Soy un anciano que surca
sus arrugas con llanto,
una semilla licenciada
en destruir su futuro.
Pero ante todo soy un adulto
que vivió lo suficiente
para saber que es inútil
el regreso a cualquier lugar.
La libertad termina
donde empieza la verdad.
La misma habitación cobarde
en la que muere ser feliz.
como nace un hijo muerto.
Burlándose el futuro
de sus alientos perdidos.
Se trizan las esperanzas
en cristales violentos,
pudriendo el corazón
con infecciones de melancolía.
Este dolor que me grita,
son las estrías germinadas
tras haber estado preñado
de la dulce felicidad.
Me quedan los recuerdos
y un sabor en la boca
que me recuerda al mar
y a la leña quemándose.
No comprendo el vacío
que hurga en mis entrañas,
se empapa de silencios
y ensancha mi intimidad.
Me invento mil excusas,
que en sí, son cuentos viejos,
sin colofones geniales
ni un bonito final.
No me leas despacio
que me da mucha vergüenza.
Cuando escribo estoy desnudo,
mis células sin membranas.
Esto no es una confesión,
ni vida aletargada,
ni sueños a medio cumplir,
ni una herida cerrándose.
Son sólo unas lágrimas
que se desplazaron inconscientes
a este lienzo inocente
que nació cuaderno sin pedirlo.
Ahora mismo la risa
es una flor seca en mis labios,
y un sensor oxidado
que no detecta la alegría.
El honor, es el único sentido
que quedó ileso en esta historia
¿De que me sirve un corazón
que late por inercia?
Incluso el fascinante progreso
me parece ahora
una enfermedad ineludible
que tenemos que soportar.
Sé que estas palabras son tristes
como dioses olvidados,
como clausuras de amores,
como la muerte de un niño.
Como el gemido del mar,
como las grietas de la tierra
en un austero desierto,
como un otoño alargado.
Un adiós que no se acaba
jamás de pronunciar,
que queda a vivir en el tiempo
y que empezó al conocerte.
La melancolía
puede ir vestida de infierno.
Y hoy es la piel
por la que respiro.
Soy un anciano que surca
sus arrugas con llanto,
una semilla licenciada
en destruir su futuro.
Pero ante todo soy un adulto
que vivió lo suficiente
para saber que es inútil
el regreso a cualquier lugar.
La libertad termina
donde empieza la verdad.
La misma habitación cobarde
en la que muere ser feliz.