guerrero verde
Poeta veterano en el portal.
Verónica vive en el desierto
y no es que a ella le guste,
sino que no conoce otro paraje.
Supone ella que nació en ese lugar.
Supone, por las fotos, que tuvo madre
a la cual fecundó su padre
quien ahora es un ángel de alabastro.
Ha visto cuatrocientas cuarenta y ocho lunas llenas,
por lo que cree que es vieja como ella,
mas solo tiene dieciséis y nunca ha tenido la panza llena.
Le gusta sentarse en el pórtico de la mansión
viendo como el camino sigue vacío,
como nadan por cielo enormes mantas rayas de algodón.
Mira el camino, mira la ruta, tratando de violar
a la ignorancia con el misterio.
Tiene una higuera y cerca de esta
un ojo de agua que nunca se seca
a donde baja para bañarse desnuda.
Se sumerge por horas y ve en la oscuridad
como un par de ojos brillan
al mostrar sus senos de niña.
Ella duerme en una gran habitación
llena de muñecas, de duendes y hadas.
Su cama es de sabanas blancas con dos manchas de sangre
que al recostarse parecen dos enormes alas.
La mansión no tiene candelabros, ni luz eléctrica,
solo a las estrellas que regalan sombras excéntricas.
Es un hogar gigante aunque la muerte lo hace interminable
y es que hasta los fantasmas se han suicidado
al sentir los soplos calientes del desierto inflamable.
Verónica tiene un secreto,
ella no es virgen ni lleva velo.
Ella ha amado a un hombre y le ha dado sexo.
Primero lo besó por todo el cuerpo
dibujando con su lengua serpientes de deseo.
Luego reía sobre él mirando a las hadas volar en círculos
mientras el hombre se ponía tenso.
Por último lo vio cerrar los ojos.
Mientras que el hombre dormía Verónica lo ató
y sacando un cuchillo de plata empezó a jugar.
Ya antes había operado a sus muñecas por alguna enfermedad
y este hombre también parecía enfermo porque hacía ruidos al soñar.
Lentamente abrió todo el tórax del paciente,
sacó de los pulmones tabaco del Caribe,
del hígado agua ardiente
y de su corazón, vidrios de un desamor caliente.
Al notar que estaba limpió y no hacía ya ruidos,
cosió la abertura para dejarlo dormir.
Los duendes, hadas, silfos y los ojos sin rostro del agua
aplaudieron la intervención de Verónica.
Ella había limpiado a la presa de impurezas
para poder servirla en un gran festín
y es que Verónica quería sentirse llena por fin.
y no es que a ella le guste,
sino que no conoce otro paraje.
Supone ella que nació en ese lugar.
Supone, por las fotos, que tuvo madre
a la cual fecundó su padre
quien ahora es un ángel de alabastro.
Ha visto cuatrocientas cuarenta y ocho lunas llenas,
por lo que cree que es vieja como ella,
mas solo tiene dieciséis y nunca ha tenido la panza llena.
Le gusta sentarse en el pórtico de la mansión
viendo como el camino sigue vacío,
como nadan por cielo enormes mantas rayas de algodón.
Mira el camino, mira la ruta, tratando de violar
a la ignorancia con el misterio.
Tiene una higuera y cerca de esta
un ojo de agua que nunca se seca
a donde baja para bañarse desnuda.
Se sumerge por horas y ve en la oscuridad
como un par de ojos brillan
al mostrar sus senos de niña.
Ella duerme en una gran habitación
llena de muñecas, de duendes y hadas.
Su cama es de sabanas blancas con dos manchas de sangre
que al recostarse parecen dos enormes alas.
La mansión no tiene candelabros, ni luz eléctrica,
solo a las estrellas que regalan sombras excéntricas.
Es un hogar gigante aunque la muerte lo hace interminable
y es que hasta los fantasmas se han suicidado
al sentir los soplos calientes del desierto inflamable.
Verónica tiene un secreto,
ella no es virgen ni lleva velo.
Ella ha amado a un hombre y le ha dado sexo.
Primero lo besó por todo el cuerpo
dibujando con su lengua serpientes de deseo.
Luego reía sobre él mirando a las hadas volar en círculos
mientras el hombre se ponía tenso.
Por último lo vio cerrar los ojos.
Mientras que el hombre dormía Verónica lo ató
y sacando un cuchillo de plata empezó a jugar.
Ya antes había operado a sus muñecas por alguna enfermedad
y este hombre también parecía enfermo porque hacía ruidos al soñar.
Lentamente abrió todo el tórax del paciente,
sacó de los pulmones tabaco del Caribe,
del hígado agua ardiente
y de su corazón, vidrios de un desamor caliente.
Al notar que estaba limpió y no hacía ya ruidos,
cosió la abertura para dejarlo dormir.
Los duendes, hadas, silfos y los ojos sin rostro del agua
aplaudieron la intervención de Verónica.
Ella había limpiado a la presa de impurezas
para poder servirla en un gran festín
y es que Verónica quería sentirse llena por fin.
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