Maximiliano Teyssier
Poeta recién llegado
Se vistió de azul en este día. Celeste su semblante, radiante su mirada.
Destellos de diurna luz regalaban su cabello; ella era el sol.
El vestido la abrazaba firmemente,
se ceñía a su curvilíneo cuerpo de mujer.
El viento hacía olas en sus bordes;
asomaban blancas piernas, arrecifes de coral,
pero el puerto del Eros oculto siempre está.
Un río de plata colgaba de su cuello,
fluía a través de su pecho
y formaba un corazón, laguna plateada,
que descansa al pie de dos volcanes;
inactivos en fiereza,
pero que encienden mis deseos de tocarlos con mis manos
de acariciarlos con mis labios.
Ella es hermosa, como lo es el mar al medio día.
Y yo, cansado de la fría y sola costa,
quiero naufragar en ella.
Destellos de diurna luz regalaban su cabello; ella era el sol.
El vestido la abrazaba firmemente,
se ceñía a su curvilíneo cuerpo de mujer.
El viento hacía olas en sus bordes;
asomaban blancas piernas, arrecifes de coral,
pero el puerto del Eros oculto siempre está.
Un río de plata colgaba de su cuello,
fluía a través de su pecho
y formaba un corazón, laguna plateada,
que descansa al pie de dos volcanes;
inactivos en fiereza,
pero que encienden mis deseos de tocarlos con mis manos
de acariciarlos con mis labios.
Ella es hermosa, como lo es el mar al medio día.
Y yo, cansado de la fría y sola costa,
quiero naufragar en ella.