Évano
Libre, sin dioses.
-Encefaloides... -meditaba para sí, aunque con voz audible a los oídos cercanos de Julio.
-¿Encelaloides? ¿En qué piensas Matilde, qué quieres decir con encefaloides? -preguntó Julio, alzando las cejas.
-Que si vamos al planeta Encéfalo, deberíamos llamarnos encefaloides... O es mejor encefalenses, o encefaleños... Porque encefalitios no, suena fatal -sacaba conclusiones la joven mientras con giros de muñeca y mano desechaba los nombres que no le gustaban.
-Jajajajaja... Matilde, no es Encéfalo, sino Encélado, y no es planeta, sino satélite de Saturno, y no vamos a colonizarlo, simplemente extraeremos algunas muestras de materiales diferentes y luego iremos a Titán. ¿Por qué no nos apodas con ese nombre?, es mucho más llamativo. Imagínate que nos llamásemos titanes, o titanios, o titalenses, seríamos tíos de todo el sistema solar jajajajajajaja...
Las risas resonaban por toda la nave espacial, atrayendo la atención de los cuatro restantes astronautas, que andaban en la popa, unos descansando y leyendo, otros ejercitando los músculos. Julio daba vueltas en su cómodo sofá giratorio mientras reía. Matilde apoyaba un codo en el tablero de mandos y la palma de la mano en su barbilla. Por los ojos de buey se divisaban millones de estrellas titilantes, formando un fondo de bandera precioso para un inmenso Saturno que daba la sensación de un monstruo a punto de engullir a la diminuta nave espacial. Julio no pudo dejar de recordar a la bandera de Brasil, sin saber su porqué.
-Me he preguntado a lo largo de este año de viaje, Matilde, ¿cómo es posible que hayan embarcado en esta misión tan delicada a una persona como tú? Entiéndeme, no te enfades... No tengo absolutamente nada en contra tuyo... Pero es que no tienes ni idea de astrología, por no hablar de alguna capacidad o preparación en temas del universo -preguntó Julio, parando en seco el girar de su sillón y temiendo una respuesta aireada de la enérgica Matilde.
Matilde se irguió, alejándose de los cuadros de mando y se acercó a Julio. Introdujo sus manos dentro del traje térmico y le acarició los pechos, susurrándole al oído:
-No tengo ni la menor idea, cariño, yo simplemente soy médium -hizo un alto y pensó lo mejor posible sus palabras siguientes-. Para técnicos y personas capacitadas estáis vosotros, yo soy eso, una persona sensible. Cómo lo diría para que me entiendas... Sensible a los mundos del más allá, a los fantasmas, a los seres atrapados entre dos dimensiones, a los muertos que no quieren dejarnos... Me entiendes, ¿verdad cariño?
Julio reflexionaba. Matilde había logrado ocultarle todo ese tiempo su especialidad. ¿Por qué se lo contaba ahora? Prefirió no responderse y salir con evasivas.
-Mira los anillos de Saturno, son bellísimos. ¿Quién diría que son pequeños icebers atrapados? Parecen diamantes, ¿a que sí? Pues date cuenta que son eso: hielo, restos de sus satélites y de todo lo que logra atrapar. Los cubitos vienen de Encélado, ese diminuto satélite cubierto enteramente por una capa de hielo y con un océano debajo de él. Creo que disfrutaremos sumergiéndonos en ese mar desconocido...
proseguía la charla de Julio, pero Matilde ya no la seguía. Su cabeza andaba por otro lado. De repente dijo:
-Ten cuidado, ten muchísimo cuidado, esas aguas me dan pánico, un temor tremendo, júrame que irás con pies de plomo, no, de plomo no, ni se te ocurra colocarte plomo.
-Me estás asustando Matilde, y mucho más desde que me has dicho que eres adivina.
-No te he dicho que soy adivina, eso lo has adivinado tú solito. Puede que tú también lo seas -y besó la boca de su amor, un amor que comenzó en el mismo instante en el que la nave se elevó desde la Tierra al cielo.
Desde el umbral del compartimento contiguo, Damian, un compañero sudoroso e introvertido, escuchaba y veía, sin ser visto, esta escena.
Fuera, las numerosas lunas de Saturno flotaban y giraban lentamente a su alrededor, cada una de un tamaño y color diferente, con sus montañas y valles, con su mar helado y sus cráteres, con sus atmósferas imperceptibles y bajo un fondo de negro infinito. Matilde se aposentaba en las rodillas de Julio, observando el paisaje celestial que se le otorgaba. Por sus espaldas avanzaba el compañero sudoroso, despacio, sin hacer ruido, con unos ojos ensangrentados y una barra de hierro fuertemente asida a las dos manos.
-¿Sabes una cosa, cariño? Me ha tranquilizado que se llame Encélado. Encéfalo me daba mala espina. ¿Sabes que en griego quiere decir dentro de la cabeza... Eso no me gustaba ni un pelo... Prefiero Encélado, aunque si fuera sin acento mejor aún, así sería encelado. Estarías encelado de mí jajajajaja... -se reía de su ingeniosa ocurrencia.
-Pues... ¿Sabes que si supieras la historia mitólogica cambiarías de opinión? A mí me da mucho más miedo que lo de dentro de la cabeza -dijo con tal voz de preocupado que Matilde insistió para que se la contara.
El hombre sudoroso, a dos metros de ellos, como una piedra inerte, esperaba el momento oportuno.
Matilde lo presintió. No le dio tiempo a reaccionar. Un fuerte golpe en la cabeza la desplomó al suelo. Julio se levantó al instante, pero tampoco tuvo la rapidez necesaria. Otro fuerte golpe lo dejó inconsciente.
Cuando despertaron, aturdidos, se encontraron maniatados, espalda con espalda, en el suelo. Miraron al compartimento: estaba la puerta cerrada y desde fuera se oían gritos y golpes. De repente se abrió y entró Damian, volviendo a cerrar. Julio iba a quejarse, pero un dedo puesto en la boca de un Damian tembloroso, sudoroso como nunca y su rara espuma bucal, le retrajo. Preguntó susurrando a Matilde si se encontraba bien, obteniendo respuesta afirmativa. Luego le dijo que mejor que callaran. Matilde todavía no había visto el rostro desencajado de un Damian que se acercaba.
-¿Quieres que te cuente yo la historia de Encélado, Matilde? -Matilde permanecía callada- ¿Sí? Bien... ¿Cuál quieres de las dos? ¿La más mala... o la peor? -Matilde estaba aún más callada al ver de frente el estado en el que se encontraba Damian-. Encélado surgió de la sangre de Urano, su padre, al ser castrado por su hijo Crono. Era un Gigante de cien brazos, monstruoso... Esta es la mala. La peor, y en la que creo yo, y la mayoría, es que nació de Gea, que es nuestra querida Tierra, y de Tártaro. ¿Sabes quién o qué es Tártaro? No, claro... Tártaro era el mundo de las tinieblas, lugar de tormentos y sufrimientos eternos.
Gesticulaba con boca retorcida y babosa, alzando los brazos, golpeándose el pecho, delante de una Matilde que no sabía más que morderse los labios.
-Yo soy Crono, el Dios del mundo Tártaro, el que castró a su padre jajajajaja... Encélado debería ser mi hijo y no mi hermano jajajaja... Malditos dioses... Arrojarme al Tártaro... Sabes Matilde que allí encerré a los gigantes y cíclopes, y a los hecatónquiros, esos gigantes de cien brazos y cincuenta cabezas... Los volveré a soltar, seré su caudillo otra vez, hasta que recobre mi Edad Dorada...
Los ojos abiertos de Damian centelleaban frente a los de Matilde, el sudor de la frente le caía a ella en el rostro. El hedor del aliento eran agujas pinchando su nariz. Su cuerpo empezó a temblar al compás del de Damian. Julio iba a intentar sacarla de aquella situación cuando Damian dio media vuelta y salió del habitáculo. Resoplaron de alivio, los dos a la vez.
permanecieron callados, por si lograban oír algún ruido que les descifrara lo que ocurría en el resto de la nave. Nada. Matilde rompió el silencio:
-Tengo que confesarme...
-No vamos a morir, Matide, todavía no.
-No me refiero a esa clase de confesión, sino a decirte la verdad. Ahora es el momento, aunque quizás debería haberlo hecho antes, puede que ya no haya solución.
-¿A qué te refieres? -iba a continuar hablando, pero Matilde lo cortó en seco:
-Calla y escucha, no hay mucho tiempo. Cuando dije que era una médium y todo eso, no mentía, pero tampoco decía la verdad entera. Estoy en esta misión para estudiar la separación del consciente del inconsciente, dirían los científicos, los religiosos hablarían de la separación del alma y el cuerpo. No vamos a entrar en especulaciones de ningún tipo. Lo esencial es que estoy para observar y estudiar el efecto de la inmensa gravedad de Saturno sobre el cuerpo humano. Y para ello se enroló a Damian. Según los análisis psiquícos, físicos, neuronales, los del sistema nervioso... En fin, que era el más indicado.
-¿Quieres decir que Damian está aquí como conejillo de indias? ¿Y me lo dices ahora? -preguntó Julio, pero contestándose él mismo.
-¿Y cómo hubieses actuado tú? Eran órdenes. Además, se suponía que debía ser in crescendo, paulatinamente, que veríamos su transformación, o metamorfosis, o lo que fuera que tuviese que pasar poco a poco, y no así, de golpe, de la noche a la mañana.
De pronto Matilde se calló, estupefacta miraba al exterior.
Por fuera de los ojos de buey pasaban los cuerpos de tres astronautas inertes, sin movimiento, como flotando en un mar nocturno hacia las orillas del enorme Saturno. Matilde tenía la certeza de que aún estaban vivos. A Julio le temblaba la respiración.
Damian entró en la sala de mandos con aires de vencedor. A penas le quedaban resquicios de su estado anterior. Era el Damian de siempre, el Damian de cuando despegó la nave.
-Ahora puedes estudiar la separación de los yos que cada persona conlleva. Están vivos y puedes comunicarte con ellos, y ellos contigo. Deberás esperar sólo un poquito, hasta que se les pase el efecto de los somníferos, pero luego tendrás una semana entera para estudiarlos porque, sabes, portan agua y algo de alimento, y mucho oxígeno, por lo que tienes tiempo, mucho tiempo.
Damian tomó una leve pausa y observó la reacción de Matilde y se sintió seguro y orgulloso al comprobar su enorme cara de sorpresa. Prosiguió sin mirar el rostro y los ojos enormes de Julio.
- Sí, Matilde, yo era el más débil, el indicado para experimentar con él. Pero he aquí las vueltas y las sorpresas que da la vida. Mira tú por donde, la titánica gravedad de Saturno ha incidido en mi encéfalo. Sí, escuchaste bien, encéfalo. Eres adivina, y adivinaste lo de encéfalo, pero si no se sabe resolver el enigma, ¿para qué se quieren las pistas? ¿Para qué tener adivinanzas si no se saben las respuestas? -volvió a tomar descanso para continuar deleitándose con su momento y sus palabras. Demasiado tiempo aguantando, escondiéndose, para no disfrutar lo máximo posible ese instante de victoria.
-El encéfalo, el que se ocupa de las funciones voluntarias del hombre, el que te manda todo movimiento, incluso los que reaccionan involuntariamente, como la tos, vómito, estornudo... El que te ordena el habla, la visión, el juicio, la percepción, el aprendizaje, el lenguaje, el olfato, el oído... Las sensaciones... ¡Oh, las increíbles sensaciones...! Como las de ahora... ¿Verdad, Matilde? -miró a Matilde con una mirada fija, de depredador con presa segura, de lobo que sabe que tiene acorralada a su oveja.
-Sí Matilde, deberías haberme observado de cerca y hubieses visto mis cambios, que fueron lentos y dolorosos. Palpitaba mi cerebro, me dolía, era el romper de una nuez en los ojos. Se inflamaba, latía como una serpiente acorralada, como una rata mordiendo una mano atada... Pero yo aguantaba, tenía que aguantar, ¿lo entiendes?, porque si no aguantaba... Yo sí notaba mis cambios, Matilde... Pero tú, tú estabas demasiado ocupada follándote a este -por momentos se exaltaba, pero no deseaba la ira, sino degustar el triunfo. Tomó aire mientras veía las cabezas agachadas de sus presas, mientras lamía sus labios, mientras restregaba el silencio y la sumisión en ellos.
-Sí, Matilde, sí, ese otro yo se fue con la gravedad inmensa de Saturno, y te deja, sí, te deja con los mandos, al mando de ti mismo, al mando de todo... Puedes sudar, si quieres sudar, llorar si quieres llorar, enrojecer los ojos, hacer temblar todos tus huesos y músculos y pelo, si quieres... Y puedes amar como nunca has amado, y sentir y saber lo que sienten y saben los que están a tu lado... Pero para qué, ¿para qué, Matilde? si en el fondo estás más solo que nunca, si los demás no te hacen caso, si los demás follan como conejos, si te apartan, si no te quieren... -unas lágrimas que no veían ni Matilde ni Julio corrían por sus mejillas.
Instantes tensos, donde sólo el respirar se oía, recorrían la sala de mandos.
Julio sintió un pinchazo en el hombro. Casi al instante dormía, perdía la consciencia. Matilde, viéndo perdida la batalla y la vida misma, le preguntó:
-¿Qué es lo que se fue de ti, Damian? ¿Quién se fue de ti?
-No lo sé Matilde, no sé si fue consciencia, o alma. No sé qué era o quién era. Sólo lo que te he dicho, que te deja una libertad que no puedo explicarte, una claridad imposible de describir. Te deja al mando de cada célula de tu cuerpo, y eres consciente de ello, y lo aprovechas para tu propio beneficio. Eres como un Dios entre los humanos. Eres Crono, o Zeus, o...
-¿No te das cuenta que ese vacío que deja el que se va, o lo que se va, lo está ocupando otro ser? -preguntó Matilde, desesperada, intentando algo que pudiera ser el comienzo de la solución a sus problemas.
No obtuvo respuesta. Rápidamente, después de sentir una aguja en el interior de su cuerpo, cerró los ojos, y con ellos su mente.
Continúa abajo...
 
-¿Encelaloides? ¿En qué piensas Matilde, qué quieres decir con encefaloides? -preguntó Julio, alzando las cejas.
-Que si vamos al planeta Encéfalo, deberíamos llamarnos encefaloides... O es mejor encefalenses, o encefaleños... Porque encefalitios no, suena fatal -sacaba conclusiones la joven mientras con giros de muñeca y mano desechaba los nombres que no le gustaban.
-Jajajajaja... Matilde, no es Encéfalo, sino Encélado, y no es planeta, sino satélite de Saturno, y no vamos a colonizarlo, simplemente extraeremos algunas muestras de materiales diferentes y luego iremos a Titán. ¿Por qué no nos apodas con ese nombre?, es mucho más llamativo. Imagínate que nos llamásemos titanes, o titanios, o titalenses, seríamos tíos de todo el sistema solar jajajajajajaja...
Las risas resonaban por toda la nave espacial, atrayendo la atención de los cuatro restantes astronautas, que andaban en la popa, unos descansando y leyendo, otros ejercitando los músculos. Julio daba vueltas en su cómodo sofá giratorio mientras reía. Matilde apoyaba un codo en el tablero de mandos y la palma de la mano en su barbilla. Por los ojos de buey se divisaban millones de estrellas titilantes, formando un fondo de bandera precioso para un inmenso Saturno que daba la sensación de un monstruo a punto de engullir a la diminuta nave espacial. Julio no pudo dejar de recordar a la bandera de Brasil, sin saber su porqué.
-Me he preguntado a lo largo de este año de viaje, Matilde, ¿cómo es posible que hayan embarcado en esta misión tan delicada a una persona como tú? Entiéndeme, no te enfades... No tengo absolutamente nada en contra tuyo... Pero es que no tienes ni idea de astrología, por no hablar de alguna capacidad o preparación en temas del universo -preguntó Julio, parando en seco el girar de su sillón y temiendo una respuesta aireada de la enérgica Matilde.
Matilde se irguió, alejándose de los cuadros de mando y se acercó a Julio. Introdujo sus manos dentro del traje térmico y le acarició los pechos, susurrándole al oído:
-No tengo ni la menor idea, cariño, yo simplemente soy médium -hizo un alto y pensó lo mejor posible sus palabras siguientes-. Para técnicos y personas capacitadas estáis vosotros, yo soy eso, una persona sensible. Cómo lo diría para que me entiendas... Sensible a los mundos del más allá, a los fantasmas, a los seres atrapados entre dos dimensiones, a los muertos que no quieren dejarnos... Me entiendes, ¿verdad cariño?
Julio reflexionaba. Matilde había logrado ocultarle todo ese tiempo su especialidad. ¿Por qué se lo contaba ahora? Prefirió no responderse y salir con evasivas.
-Mira los anillos de Saturno, son bellísimos. ¿Quién diría que son pequeños icebers atrapados? Parecen diamantes, ¿a que sí? Pues date cuenta que son eso: hielo, restos de sus satélites y de todo lo que logra atrapar. Los cubitos vienen de Encélado, ese diminuto satélite cubierto enteramente por una capa de hielo y con un océano debajo de él. Creo que disfrutaremos sumergiéndonos en ese mar desconocido...
proseguía la charla de Julio, pero Matilde ya no la seguía. Su cabeza andaba por otro lado. De repente dijo:
-Ten cuidado, ten muchísimo cuidado, esas aguas me dan pánico, un temor tremendo, júrame que irás con pies de plomo, no, de plomo no, ni se te ocurra colocarte plomo.
-Me estás asustando Matilde, y mucho más desde que me has dicho que eres adivina.
-No te he dicho que soy adivina, eso lo has adivinado tú solito. Puede que tú también lo seas -y besó la boca de su amor, un amor que comenzó en el mismo instante en el que la nave se elevó desde la Tierra al cielo.
Desde el umbral del compartimento contiguo, Damian, un compañero sudoroso e introvertido, escuchaba y veía, sin ser visto, esta escena.
Fuera, las numerosas lunas de Saturno flotaban y giraban lentamente a su alrededor, cada una de un tamaño y color diferente, con sus montañas y valles, con su mar helado y sus cráteres, con sus atmósferas imperceptibles y bajo un fondo de negro infinito. Matilde se aposentaba en las rodillas de Julio, observando el paisaje celestial que se le otorgaba. Por sus espaldas avanzaba el compañero sudoroso, despacio, sin hacer ruido, con unos ojos ensangrentados y una barra de hierro fuertemente asida a las dos manos.
-¿Sabes una cosa, cariño? Me ha tranquilizado que se llame Encélado. Encéfalo me daba mala espina. ¿Sabes que en griego quiere decir dentro de la cabeza... Eso no me gustaba ni un pelo... Prefiero Encélado, aunque si fuera sin acento mejor aún, así sería encelado. Estarías encelado de mí jajajajaja... -se reía de su ingeniosa ocurrencia.
-Pues... ¿Sabes que si supieras la historia mitólogica cambiarías de opinión? A mí me da mucho más miedo que lo de dentro de la cabeza -dijo con tal voz de preocupado que Matilde insistió para que se la contara.
El hombre sudoroso, a dos metros de ellos, como una piedra inerte, esperaba el momento oportuno.
Matilde lo presintió. No le dio tiempo a reaccionar. Un fuerte golpe en la cabeza la desplomó al suelo. Julio se levantó al instante, pero tampoco tuvo la rapidez necesaria. Otro fuerte golpe lo dejó inconsciente.
Cuando despertaron, aturdidos, se encontraron maniatados, espalda con espalda, en el suelo. Miraron al compartimento: estaba la puerta cerrada y desde fuera se oían gritos y golpes. De repente se abrió y entró Damian, volviendo a cerrar. Julio iba a quejarse, pero un dedo puesto en la boca de un Damian tembloroso, sudoroso como nunca y su rara espuma bucal, le retrajo. Preguntó susurrando a Matilde si se encontraba bien, obteniendo respuesta afirmativa. Luego le dijo que mejor que callaran. Matilde todavía no había visto el rostro desencajado de un Damian que se acercaba.
-¿Quieres que te cuente yo la historia de Encélado, Matilde? -Matilde permanecía callada- ¿Sí? Bien... ¿Cuál quieres de las dos? ¿La más mala... o la peor? -Matilde estaba aún más callada al ver de frente el estado en el que se encontraba Damian-. Encélado surgió de la sangre de Urano, su padre, al ser castrado por su hijo Crono. Era un Gigante de cien brazos, monstruoso... Esta es la mala. La peor, y en la que creo yo, y la mayoría, es que nació de Gea, que es nuestra querida Tierra, y de Tártaro. ¿Sabes quién o qué es Tártaro? No, claro... Tártaro era el mundo de las tinieblas, lugar de tormentos y sufrimientos eternos.
Gesticulaba con boca retorcida y babosa, alzando los brazos, golpeándose el pecho, delante de una Matilde que no sabía más que morderse los labios.
-Yo soy Crono, el Dios del mundo Tártaro, el que castró a su padre jajajajaja... Encélado debería ser mi hijo y no mi hermano jajajaja... Malditos dioses... Arrojarme al Tártaro... Sabes Matilde que allí encerré a los gigantes y cíclopes, y a los hecatónquiros, esos gigantes de cien brazos y cincuenta cabezas... Los volveré a soltar, seré su caudillo otra vez, hasta que recobre mi Edad Dorada...
Los ojos abiertos de Damian centelleaban frente a los de Matilde, el sudor de la frente le caía a ella en el rostro. El hedor del aliento eran agujas pinchando su nariz. Su cuerpo empezó a temblar al compás del de Damian. Julio iba a intentar sacarla de aquella situación cuando Damian dio media vuelta y salió del habitáculo. Resoplaron de alivio, los dos a la vez.
permanecieron callados, por si lograban oír algún ruido que les descifrara lo que ocurría en el resto de la nave. Nada. Matilde rompió el silencio:
-Tengo que confesarme...
-No vamos a morir, Matide, todavía no.
-No me refiero a esa clase de confesión, sino a decirte la verdad. Ahora es el momento, aunque quizás debería haberlo hecho antes, puede que ya no haya solución.
-¿A qué te refieres? -iba a continuar hablando, pero Matilde lo cortó en seco:
-Calla y escucha, no hay mucho tiempo. Cuando dije que era una médium y todo eso, no mentía, pero tampoco decía la verdad entera. Estoy en esta misión para estudiar la separación del consciente del inconsciente, dirían los científicos, los religiosos hablarían de la separación del alma y el cuerpo. No vamos a entrar en especulaciones de ningún tipo. Lo esencial es que estoy para observar y estudiar el efecto de la inmensa gravedad de Saturno sobre el cuerpo humano. Y para ello se enroló a Damian. Según los análisis psiquícos, físicos, neuronales, los del sistema nervioso... En fin, que era el más indicado.
-¿Quieres decir que Damian está aquí como conejillo de indias? ¿Y me lo dices ahora? -preguntó Julio, pero contestándose él mismo.
-¿Y cómo hubieses actuado tú? Eran órdenes. Además, se suponía que debía ser in crescendo, paulatinamente, que veríamos su transformación, o metamorfosis, o lo que fuera que tuviese que pasar poco a poco, y no así, de golpe, de la noche a la mañana.
De pronto Matilde se calló, estupefacta miraba al exterior.
Por fuera de los ojos de buey pasaban los cuerpos de tres astronautas inertes, sin movimiento, como flotando en un mar nocturno hacia las orillas del enorme Saturno. Matilde tenía la certeza de que aún estaban vivos. A Julio le temblaba la respiración.
Damian entró en la sala de mandos con aires de vencedor. A penas le quedaban resquicios de su estado anterior. Era el Damian de siempre, el Damian de cuando despegó la nave.
-Ahora puedes estudiar la separación de los yos que cada persona conlleva. Están vivos y puedes comunicarte con ellos, y ellos contigo. Deberás esperar sólo un poquito, hasta que se les pase el efecto de los somníferos, pero luego tendrás una semana entera para estudiarlos porque, sabes, portan agua y algo de alimento, y mucho oxígeno, por lo que tienes tiempo, mucho tiempo.
Damian tomó una leve pausa y observó la reacción de Matilde y se sintió seguro y orgulloso al comprobar su enorme cara de sorpresa. Prosiguió sin mirar el rostro y los ojos enormes de Julio.
- Sí, Matilde, yo era el más débil, el indicado para experimentar con él. Pero he aquí las vueltas y las sorpresas que da la vida. Mira tú por donde, la titánica gravedad de Saturno ha incidido en mi encéfalo. Sí, escuchaste bien, encéfalo. Eres adivina, y adivinaste lo de encéfalo, pero si no se sabe resolver el enigma, ¿para qué se quieren las pistas? ¿Para qué tener adivinanzas si no se saben las respuestas? -volvió a tomar descanso para continuar deleitándose con su momento y sus palabras. Demasiado tiempo aguantando, escondiéndose, para no disfrutar lo máximo posible ese instante de victoria.
-El encéfalo, el que se ocupa de las funciones voluntarias del hombre, el que te manda todo movimiento, incluso los que reaccionan involuntariamente, como la tos, vómito, estornudo... El que te ordena el habla, la visión, el juicio, la percepción, el aprendizaje, el lenguaje, el olfato, el oído... Las sensaciones... ¡Oh, las increíbles sensaciones...! Como las de ahora... ¿Verdad, Matilde? -miró a Matilde con una mirada fija, de depredador con presa segura, de lobo que sabe que tiene acorralada a su oveja.
-Sí Matilde, deberías haberme observado de cerca y hubieses visto mis cambios, que fueron lentos y dolorosos. Palpitaba mi cerebro, me dolía, era el romper de una nuez en los ojos. Se inflamaba, latía como una serpiente acorralada, como una rata mordiendo una mano atada... Pero yo aguantaba, tenía que aguantar, ¿lo entiendes?, porque si no aguantaba... Yo sí notaba mis cambios, Matilde... Pero tú, tú estabas demasiado ocupada follándote a este -por momentos se exaltaba, pero no deseaba la ira, sino degustar el triunfo. Tomó aire mientras veía las cabezas agachadas de sus presas, mientras lamía sus labios, mientras restregaba el silencio y la sumisión en ellos.
-Sí, Matilde, sí, ese otro yo se fue con la gravedad inmensa de Saturno, y te deja, sí, te deja con los mandos, al mando de ti mismo, al mando de todo... Puedes sudar, si quieres sudar, llorar si quieres llorar, enrojecer los ojos, hacer temblar todos tus huesos y músculos y pelo, si quieres... Y puedes amar como nunca has amado, y sentir y saber lo que sienten y saben los que están a tu lado... Pero para qué, ¿para qué, Matilde? si en el fondo estás más solo que nunca, si los demás no te hacen caso, si los demás follan como conejos, si te apartan, si no te quieren... -unas lágrimas que no veían ni Matilde ni Julio corrían por sus mejillas.
Instantes tensos, donde sólo el respirar se oía, recorrían la sala de mandos.
Julio sintió un pinchazo en el hombro. Casi al instante dormía, perdía la consciencia. Matilde, viéndo perdida la batalla y la vida misma, le preguntó:
-¿Qué es lo que se fue de ti, Damian? ¿Quién se fue de ti?
-No lo sé Matilde, no sé si fue consciencia, o alma. No sé qué era o quién era. Sólo lo que te he dicho, que te deja una libertad que no puedo explicarte, una claridad imposible de describir. Te deja al mando de cada célula de tu cuerpo, y eres consciente de ello, y lo aprovechas para tu propio beneficio. Eres como un Dios entre los humanos. Eres Crono, o Zeus, o...
-¿No te das cuenta que ese vacío que deja el que se va, o lo que se va, lo está ocupando otro ser? -preguntó Matilde, desesperada, intentando algo que pudiera ser el comienzo de la solución a sus problemas.
No obtuvo respuesta. Rápidamente, después de sentir una aguja en el interior de su cuerpo, cerró los ojos, y con ellos su mente.
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