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Asentada en su retrete,
una vieja deponía
viandas que anoche comía
en un peculiar banquete.
Al ir a limpiar su ojete
dijo en tono triste y quedo
entre un bufido y un pedo
frunciendo su zuño y piel:
“Por más que doblo el papel
siempre mojo y mancho el dedo”.
Asentada en su retrete,
una vieja deponía
viandas que anoche comía
en un peculiar banquete.
Al ir a limpiar su ojete
dijo en tono triste y quedo
entre un bufido y un pedo
frunciendo su zuño y piel:
“Por más que doblo el papel
siempre mojo y mancho el dedo”.
Gracias por tus palabras, Lesmo. Me alegra que te haya gustado. Cuando yo todavía era un niño mis padres tenían en el pueblo una pequeña tienda de ultramarinos. Allí se vendía desde aperos de labranza pasando por comestibles, zapatillas..., en fin de todo un poco. Una viejecita vino a comprar papel higiénico y comentó el accidente que he reflejado en el poema. De ahí viene la inspiración del mismo. Un abrazo, Lesmo.