karmina diazzi
Poeta recién llegado
Ella se miro el vientre una vez mas, su cabeza no podía soportarlo. Aquella cicatriz era su condena, recuerdo de un pasado difuso y de una muerte indócil.
Aquel ser la miró, ella lo escuchó llorar aun dentro de ella, y según lo que oyó una vez, acerca de una historia fantasmal, que decía que aquellos que lloran antes de nacer, no tienen alma, así que ella prefirió no dejarlo nacer.
Sale de la tina, seca su piel y vuelve a erguirse. Sus manos bambolean casi inertes al lado de su palido torso, aquellas hermosas manos que en sus mejores tiempos eran capaces de hacer que el gran Atlas dejara de sostener el cielo, por tener entre sus manos aquella suave sensación que proporcionaba cada una de sus costosas caricias, o al menos el vientecillo que producía con su tenue movimiento.
Se viste la nívea y desnuda espalda que va cubriéndose de negro, aquel luto devastador que cubrió su alma para siempre, aquel luto con el que la vistieron el día en que rompieron su piano, junto a sus sueños, ese día de soldados, ese día de muertos, cuando inocularon en su vientre el fruto del odio y la dominación.
Ya no podría cantar sus alabanzas, ya no quiere adorar a su estrella de David. Los vidrios rotos mas que a su piel, traspasaron su alma llevándose con ella sus ganas de vivir, sus ganas de amar, incluso las ganas de morir Y desde ese maldito día vaga sin cesar, llorando por lo que nunca tuvo, queriéndolo recuperar
Aquel ser la miró, ella lo escuchó llorar aun dentro de ella, y según lo que oyó una vez, acerca de una historia fantasmal, que decía que aquellos que lloran antes de nacer, no tienen alma, así que ella prefirió no dejarlo nacer.
Sale de la tina, seca su piel y vuelve a erguirse. Sus manos bambolean casi inertes al lado de su palido torso, aquellas hermosas manos que en sus mejores tiempos eran capaces de hacer que el gran Atlas dejara de sostener el cielo, por tener entre sus manos aquella suave sensación que proporcionaba cada una de sus costosas caricias, o al menos el vientecillo que producía con su tenue movimiento.
Se viste la nívea y desnuda espalda que va cubriéndose de negro, aquel luto devastador que cubrió su alma para siempre, aquel luto con el que la vistieron el día en que rompieron su piano, junto a sus sueños, ese día de soldados, ese día de muertos, cuando inocularon en su vientre el fruto del odio y la dominación.
Ya no podría cantar sus alabanzas, ya no quiere adorar a su estrella de David. Los vidrios rotos mas que a su piel, traspasaron su alma llevándose con ella sus ganas de vivir, sus ganas de amar, incluso las ganas de morir Y desde ese maldito día vaga sin cesar, llorando por lo que nunca tuvo, queriéndolo recuperar