Un vendaval de buitres furiosos hacen con sus picos sanguinarios,jirones de carne del cuerpo putrefacto de un santo varón caído en vil desgracia.La luna menguante se posa en su pecho entreabierto y le roba furtiva el alma de tenaz nimbo ardiente.Entonces caen en picado a tierra las lágrimas de aceite virgen,que inunda sin vergüenza la nube alada del firmamento partido en minúsculos pedazos de cristal.¡Oh!que desgracia para Aquel que rige tirano en las majestuosas alturas de color carmesí.Vocifera como un poseso.Mas los enanos deformes, que se agazapan tras los matorrales encharcados en agua de azahar,ríen con estrépito por lo que les parece el advenimiento funesto del fin del mundo.Entonces,un niño de tétrico semblante se agacha y recoge para su horror la ropa harapienta del haragán Jesucristo,que no murió en la cruz,sino en una orgía de una sola noche de sudoroso veneno penetrante.