Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Que lástima!
¡Que lástima, -me digo-
derramárseme así,
mi último vino!
En él mojo mis dedos,
y por ti me persigno.
Mis labios mojo, pues,
su sanguinario río,
con anhelosa urgencia
está siendo bebido
por sedienta madera,
sin dejarme ¡un traguito!
¡Que lástima, -me digo-
derramárseme así,
mi último vino!
En él mojo mis dedos,
y por ti me persigno.
Mis labios mojo, pues,
su sanguinario río,
con anhelosa urgencia
está siendo bebido
por sedienta madera,
sin dejarme ¡un traguito!
Y yo: ¡solo de tu amor!
Sin caricias... ¡ni vino!
Cuando empiezo a llorar,
advierto conmovido:
disgregado y piadoso,
el reflejo diamantino
de mi copa quebrada,
condolida conmigo.
Ella, multiplica mis lágrimas
en su llanto de vidrio,
como diciendo: Llora.
Tu sentir es el mío.
Sin caricias... ¡ni vino!
Cuando empiezo a llorar,
advierto conmovido:
disgregado y piadoso,
el reflejo diamantino
de mi copa quebrada,
condolida conmigo.
Ella, multiplica mis lágrimas
en su llanto de vidrio,
como diciendo: Llora.
Tu sentir es el mío.
Y un tanto me consuelo...
Pues, a falta de vino,
o la dañina y mística
poción de tu cariño,
bebo mi llanto ardiente,
cual brebaje benigno.
Mas, entrada ya mi alma
en hondo estado lírico,
idóneo para el verso:
¡que lástima,- me digo-
derramárseme así,
mi último vino!
Pues, a falta de vino,
o la dañina y mística
poción de tu cariño,
bebo mi llanto ardiente,
cual brebaje benigno.
Mas, entrada ya mi alma
en hondo estado lírico,
idóneo para el verso:
¡que lástima,- me digo-
derramárseme así,
mi último vino!
©Juan Oriental
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