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Virgen pagana

Efejota

Poeta asiduo al portal
"Era imposible que aquel asunto acabara bien; cosas así no ocurrían en la vida real." ("1984", George Orwell).


Cuando la tarde sabe a ceniza
y a besos perdidos,
y el pasado es un hombre de tiza
pintado en las aceras del olvido,
la memoria se llena de aduanas
y el alma de dudas,
persiguiendo a una virgen pagana,
lejana y desnuda.

Atrás quedaron todos los días
de miel en los labios,
estar juntos era una teoría
sin peso, aunque digna de algún sabio.
...Y el deseo, sudores, los cuartos
tan cerca del cielo:
una tienda y los dos jamás hartos
de abrir caramelos.

Puede que me recuerdes, tenía
un poso de algo amargo en las venas.
Tú, cada siete días,
eras rubia o morena.
Por el mero placer
jugábamos a ser
hombre y mujer,
José con María,
el Cid con Jimena,
y me parece que te quería
porque, si no, no entiendo esta pena.

El fantasma del miedo me puso
en la piel grilletes,
por abusar de ser un iluso
exhumando un amor muerto de un siete,
logré que se acostaran tus ganas
en la cama ansiosa
de otro que hizo, a mi virgen pagana,
cristiana y esposa.

Luego el dolor se empleó con esmero,
con saña y a fondo;
ni morí entonces ni ahora me muero,
pero la cicatriz cala hondo.
El sabor de la hiel, pus podrida
en mi ser tan corto,
saber que fuera sigues tu vida
y ya no te importo.

Puede que me recuerdes, decías
que nunca te escribía poemas.
De siete en siete días,
nos tocaba verbena.
Por el puro placer
jugábamos a hacer
de Lucifer,
de Adán que comía
manzanas de Eva,
y me parece que me dolías
porque ningún olvido te lleva.

Cuando el tiempo, bracero por horas,
haga su trabajo,
cuando la risa traiga demora
y los recuerdos busquen siempre atajos...
Cuando la pasión de ese amor pudra
en tu alma peruana
y añores a una virgen que suda
desnuda y lejana...

Puede que te recuerdes, tan mía,
pero, en realidad, tan ajena:
a la hora que comías
yo estaba con la cena.
Por el mero placer
jugábamos a ser
hombre y mujer,
José con María,
el Cid con Jimena,
y me parece que te quería
porque, si no, no entiendo esta pena.

Puede que me recuerdes, te habría
amado casi igual que cualquiera,
de siete en siete días
y de aquella manera.
Por el mero placer
a veces juego a ser
el que era ayer:
tu imagen vacía
hoy aún me llena,
más ya nunca será "todavía",
aunque siga sintiendo esta pena.

Puede que me recuerdes, solía
mojarte en baños de luna llena...

(En el libro "Incluso la verdad", de Benjamín Prado, se propone continuar una canción a partir de la primera estrofa. Esta es mi aportación, muy personal, por cierto).
 
"Era imposible que aquel asunto acabara bien; cosas así no ocurrían en la vida real." ("1984", George Orwell).


Cuando la tarde sabe a ceniza
y a besos perdidos,
y el pasado es un hombre de tiza
pintado en las aceras del olvido,
la memoria se llena de aduanas
y el alma de dudas,
persiguiendo a una virgen pagana,
lejana y desnuda.

Atrás quedaron todos los días
de miel en los labios,
estar juntos era una teoría
sin peso, aunque digna de algún sabio.
...Y el deseo, sudores, los cuartos
tan cerca del cielo:
una tienda y los dos jamás hartos
de abrir caramelos.

Puede que me recuerdes, tenía
un poso de algo amargo en las venas.
Tú, cada siete días,
eras rubia o morena.
Por el mero placer
jugábamos a ser
hombre y mujer,
José con María,
el Cid con Jimena,
y me parece que te quería
porque, si no, no entiendo esta pena.

El fantasma del miedo me puso
en la piel grilletes,
por abusar de ser un iluso
exhumando un amor muerto de un siete,
logré que se acostaran tus ganas
en la cama ansiosa
de otro que hizo, a mi virgen pagana,
cristiana y esposa.

Luego el dolor se empleó con esmero,
con saña y a fondo;
ni morí entonces ni ahora me muero,
pero la cicatriz cala hondo.
El sabor de la hiel, pus podrida
en mi ser tan corto,
saber que fuera sigues tu vida
y ya no te importo.

Puede que me recuerdes, decías
que nunca te escribía poemas.
De siete en siete días,
nos tocaba verbena.
Por el puro placer
jugábamos a hacer
de Lucifer,
de Adán que comía
manzanas de Eva,
y me parece que me dolías
porque ningún olvido te lleva.

Cuando el tiempo, bracero por horas,
haga su trabajo,
cuando la risa traiga demora
y los recuerdos busquen siempre atajos...
Cuando la pasión de ese amor pudra
en tu alma peruana
y añores a una virgen que suda
desnuda y lejana...

Puede que te recuerdes, tan mía,
pero, en realidad, tan ajena:
a la hora que comías
yo estaba con la cena.
Por el mero placer
jugábamos a ser
hombre y mujer,
José con María,
el Cid con Jimena,
y me parece que te quería
porque, si no, no entiendo esta pena.

Puede que me recuerdes, te habría
amado casi igual que cualquiera,
de siete en siete días
y de aquella manera.
Por el mero placer
a veces juego a ser
el que era ayer:
tu imagen vacía
hoy aún me llena,
más ya nunca será "todavía",
aunque siga sintiendo esta pena.

Puede que me recuerdes, solía
mojarte en baños de luna llena...

(En el libro "Incluso la verdad", de Benjamín Prado, se propone continuar una canción a partir de la primera estrofa. Esta es mi aportación, muy personal, por cierto).

Qué bueno.
Un placer de lectura.

Un abrazo.
 
Me has dejado así como quedó Felipe IV tras ver la hermosa desnudez de la prostituta Marfisa que solo cubría sus piernas con unas medias rojas, según cuenta Torrente Ballester en su crónica de "El rey pasmado", o sea pasmado me has dejado, Efrejota, con este poema que se sale de lo que creo que son tus registros habituales para internarte en territorios de poesía de muchos quilates, y ojo, que no quiero decir con esto que otras cosas que te he leído no sean buenas o muy buenas, pero, amigo mí, aquí te has salido a la estratosfera.

Mi más sincera felicitación y un abrazo, poeta.

"Era imposible que aquel asunto acabara bien; cosas así no ocurrían en la vida real." ("1984", George Orwell).


Cuando la tarde sabe a ceniza
y a besos perdidos,
y el pasado es un hombre de tiza
pintado en las aceras del olvido,
la memoria se llena de aduanas
y el alma de dudas,
persiguiendo a una virgen pagana,
lejana y desnuda.

Atrás quedaron todos los días
de miel en los labios,
estar juntos era una teoría
sin peso, aunque digna de algún sabio.
...Y el deseo, sudores, los cuartos
tan cerca del cielo:
una tienda y los dos jamás hartos
de abrir caramelos.

Puede que me recuerdes, tenía
un poso de algo amargo en las venas.
Tú, cada siete días,
eras rubia o morena.
Por el mero placer
jugábamos a ser
hombre y mujer,
José con María,
el Cid con Jimena,
y me parece que te quería
porque, si no, no entiendo esta pena.

El fantasma del miedo me puso
en la piel grilletes,
por abusar de ser un iluso
exhumando un amor muerto de un siete,
logré que se acostaran tus ganas
en la cama ansiosa
de otro que hizo, a mi virgen pagana,
cristiana y esposa.

Luego el dolor se empleó con esmero,
con saña y a fondo;
ni morí entonces ni ahora me muero,
pero la cicatriz cala hondo.
El sabor de la hiel, pus podrida
en mi ser tan corto,
saber que fuera sigues tu vida
y ya no te importo.

Puede que me recuerdes, decías
que nunca te escribía poemas.
De siete en siete días,
nos tocaba verbena.
Por el puro placer
jugábamos a hacer
de Lucifer,
de Adán que comía
manzanas de Eva,
y me parece que me dolías
porque ningún olvido te lleva.

Cuando el tiempo, bracero por horas,
haga su trabajo,
cuando la risa traiga demora
y los recuerdos busquen siempre atajos...
Cuando la pasión de ese amor pudra
en tu alma peruana
y añores a una virgen que suda
desnuda y lejana...

Puede que te recuerdes, tan mía,
pero, en realidad, tan ajena:
a la hora que comías
yo estaba con la cena.
Por el mero placer
jugábamos a ser
hombre y mujer,
José con María,
el Cid con Jimena,
y me parece que te quería
porque, si no, no entiendo esta pena.

Puede que me recuerdes, te habría
amado casi igual que cualquiera,
de siete en siete días
y de aquella manera.
Por el mero placer
a veces juego a ser
el que era ayer:
tu imagen vacía
hoy aún me llena,
más ya nunca será "todavía",
aunque siga sintiendo esta pena.

Puede que me recuerdes, solía
mojarte en baños de luna llena...

(En el libro "Incluso la verdad", de Benjamín Prado, se propone continuar una canción a partir de la primera estrofa. Esta es mi aportación, muy personal, por cierto).
 
Me has dejado así como quedó Felipe IV tras ver la hermosa desnudez de la prostituta Marfisa que solo cubría sus piernas con unas medias rojas, según cuenta Torrente Ballester en su crónica de "El rey pasmado", o sea pasmado me has dejado, Efrejota, con este poema que se sale de lo que creo que son tus registros habituales para internarte en territorios de poesía de muchos quilates, y ojo, que no quiero decir con esto que otras cosas que te he leído no sean buenas o muy buenas, pero, amigo mí, aquí te has salido a la estratosfera.

Mi más sincera felicitación y un abrazo, poeta.

Eso quería haber dicho yo.
Saludos.
 

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