Marta Rivero
Poeta recién llegado
Viajaba en la ciudad del desprecio intentando descubrir los rostros maquiavélicos de la sociedad
nutrida de angustia, corroída por la insatisfacción
Pude ver a través de los escaparates los semblantes del miedo, y también pude ver aquellos rostros pálidos de inhumana calidad
Entonces pregunté a la inocencia de aquellos infantes que aún contaban la verdad, tras un velo de serena cara en la penumbra de aquella farola
Y vi rostros ancianos, varios cansados por la tan ansiada espera de la enormidad de esa palabra compuesta a saber por quién que sólo los sabios entienden que no existe
¡Cuánta verborrea en aquellas sonoras palabras! Que se pierden en el aire
Giré mi rostro y me encontré con el desengaño ajeno y con miradas de auxilio en manos sueltas cómo quien pide limosna
Y vi el lado oscuro de aquella calle llamada libertad en la que todos nos entendíamos como si viéramos un halo en cada figurante
Entonces cerré mis ojos y sentí la infelicidad de aquellos que viven buscándola de aquellos que viven poniendo tiritas a heridas que necesitan transpirar
Cogí aire, para ver que había paz en otros rostros que paseaban de noche, haciendo una visión nocturna
Pude ver a través de los escaparates los semblantes del miedo, y también pude ver aquellos rostros pálidos de inhumana calidad
Entonces pregunté a la inocencia de aquellos infantes que aún contaban la verdad, tras un velo de serena cara en la penumbra de aquella farola
Y vi rostros ancianos, varios cansados por la tan ansiada espera de la enormidad de esa palabra compuesta a saber por quién que sólo los sabios entienden que no existe
¡Cuánta verborrea en aquellas sonoras palabras! Que se pierden en el aire
Giré mi rostro y me encontré con el desengaño ajeno y con miradas de auxilio en manos sueltas cómo quien pide limosna
Y vi el lado oscuro de aquella calle llamada libertad en la que todos nos entendíamos como si viéramos un halo en cada figurante
Entonces cerré mis ojos y sentí la infelicidad de aquellos que viven buscándola de aquellos que viven poniendo tiritas a heridas que necesitan transpirar
Cogí aire, para ver que había paz en otros rostros que paseaban de noche, haciendo una visión nocturna