stregoica
Poeta recién llegado
Viví el sur en mi rostro una vez,
cuando la lluvia me quemaba la piel,
y el frío me erizaba los lugares más increíbles de mi cuerpo;
lo viví una vez y me enamoré.
Corrí cerro abajo, huyendo de las sombras,
tan libre y tan mojada... el sur me abrazaba,
sus manos resbalaban en mi cintura,
en mi cuerpo moldeado por sus manos,
de tierra y hermosura,
sus manos de araucaria... su boca de sol y luna.
Viví el sur en mis manos esa vez,
heridas, mi sangre fluía y mojaba las hojas,
esas hojas tan eternas, tan fragantes,
de horas perdidas y recuerdos imborrables,
esas hojas cómplices de momentos de locura.
Viví el sur en mi boca una vez,
cuando besé los labios de una mañana,
unos labios lejanos pero míos,
pintados por la tenue luz de invierno.
Viví el sur en mis días,
y espero que la muerte me encuentre en sus rodillas,
dormida en el calor frío de sus tardes,
en los brazos de otro hijo de su tierra,
y que me entierren bajo manto tan rico,
un día de invierno y hielo,
que sus gusanos se alimenten de mi carne,
y que mi alma vague por sus prados,
entre el campo y los animales,
que acompañen a las vacas en su parto,
y que siga cada milagro en su historia.
cuando la lluvia me quemaba la piel,
y el frío me erizaba los lugares más increíbles de mi cuerpo;
lo viví una vez y me enamoré.
Corrí cerro abajo, huyendo de las sombras,
tan libre y tan mojada... el sur me abrazaba,
sus manos resbalaban en mi cintura,
en mi cuerpo moldeado por sus manos,
de tierra y hermosura,
sus manos de araucaria... su boca de sol y luna.
Viví el sur en mis manos esa vez,
heridas, mi sangre fluía y mojaba las hojas,
esas hojas tan eternas, tan fragantes,
de horas perdidas y recuerdos imborrables,
esas hojas cómplices de momentos de locura.
Viví el sur en mi boca una vez,
cuando besé los labios de una mañana,
unos labios lejanos pero míos,
pintados por la tenue luz de invierno.
Viví el sur en mis días,
y espero que la muerte me encuentre en sus rodillas,
dormida en el calor frío de sus tardes,
en los brazos de otro hijo de su tierra,
y que me entierren bajo manto tan rico,
un día de invierno y hielo,
que sus gusanos se alimenten de mi carne,
y que mi alma vague por sus prados,
entre el campo y los animales,
que acompañen a las vacas en su parto,
y que siga cada milagro en su historia.