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  • Herramienta de Métrica Española mejorada

    Hemos renovado por completo nuestro analizador de métrica: ahora analiza poemas enteros con detección de sinalefas, sinéresis, esquema rímico, tipo de estrofa y mucho más. Además, incluye dos nuevas herramientas: Rimas — busca rimas consonantes y asonantes filtradas por sílabas — y Sinónimos — encuentra palabras alternativas que encajen en tu verso. Está en fase de pruebas — tu opinión nos ayuda a perfeccionarlo. Si encuentras algún error o tienes sugerencias, escríbenos a info@mundopoesia.com. Probar la nueva versión →

Vivir todavía

Para mí, y por razones personales, decirme policía es uno de los peores insultos, sí. En la Argentina en general no tanto, aunque sigue siendo cierto que tienen muy mala fama, de delincuentes, y merecidamente. Investigador lo soy, en matemáticas (o más bien lo fui, estoy jubilado). Es curioso el portugués, en el que a los investigadores científicos les dicen pesquisantes, que para nosotros sería detectives...
Claro que el hecho de que «más» (o cualquier otra palabra) sea ripio depende del contexto, estimada, nadie ha dicho lo contrario. En mi verso, eliminar el «más» es posible, cambiando solo ligeramente su significado, es decir que podría ser visto como una muletilla métrica.
abrazo
Pesquisante... , me gusta esa palabra. Yo también he sido pesquisante.
No quiero molestarte, musador.
Es lo que tiene la comunicación intercontinental a veces.
Un abrazo.
Jazmín
 
Jajaja, es hermoso tirarse del bote en aguas profundas, pero a la hora de volver a subir...

Te regalo, querido Andreas, un cuentito que explica mi segundo verso. Recién salidito del horno, así que seguramente vendré a corregirlo:

La cumbrera:

El techo de mi casa de la isla es un excelente techo de chapa de zinc clavada, de la década de 1940, cuando las chapas eran buenas. La eficiencia de estos techos depende mucho de la pendiente: si es escasa y el agua se acumula, hay goteras por los clavos. La pendiente hace, por supuesto, que sea difícil transitarlos.
Hace algunos años compramos un decodificador para poder aprovechar la señal de televisión digital. Para captar esta señal necesitábamos una antena que sobresaliera a cierta altura sobre el techo. La primera que puse la instalé en un caño que até a la cruz, al final de una cumbrera. Para llegar allí subí por la canaleta de encuentro de las dos alas, y luego recorrí los seis metros de cumbrera sentado, con las dos piernas de un mismo lado de la cumbrera, y trasladándome con las manos. Esto fue hace algunos años. La antena está sometida a los vientos, pero también al peso de algunos pajarracos como pavas de monte o caranchos, que tienen lo suyo: se desclavó un día la cruz, se cayó la antena y se hizo añicos. Compramos una nueva antena. Esta la puso Pedro, un hombre que contratamos para algunas obras: es difícil conseguir gente que trabaje en la isla, los de tierra firme no quieren ir; Pedro vivía en la isla: ahora se fue con una novia, pero esa es otra historia. La puso en el mismo lugar donde yo la había puesto, pero sostenida en un caño que clavó en tierra; el caño tenía dos tramos: uno de cuatro metros que sobresalía medio metro por encima de la cumbrera, y otro de tres que se adosaba a este, roscado. Cuatro cables a modo de vientos sostenían el caño evitando vaivenes. Quedó más alta que la primera vez, se veían más canales y mejor. Un sobrino de veinte años lo ayudó a Pedro en esto: ¡cómo caminaba por la cumbrera!
Años hacía que quería tener una Ipomea indica, con esas hermosas campanas azules... En la zona no semillan, y mis intentos de hacer una de gajo fracasaron muchas veces... Al fin un día lo logré: creció de gajo, cerca de la base de la antena... Ya se sabe como son las ipomeas: donde ven por donde subir, suben. Creció trepando por el caño, y también desde el techo llegó a uno de los cables que sostenían la antena. Dio multitud de hermosas flores, contenta de estar ahí arriba. Reconozco que adiviné las consecuencias, pero no me decidí a apagar su manifiesta alegría. Un pampero embistió en la fronda de la ipomea y el caño de la antena se quebró. Otra vez sin antena...
Le encargamos a Leo, un vecino de la isla, que pintara el techo y fijara algunos clavos. Lo hizo con un par de asistentes. Cuando estaba terminando la obra, le pedimos que recolocara la antena. Se fue olvidando...: cobró la obra y se siguió olvidando... Así es Leo: excelente tipo. El trabajo era menudo, poco lo podía cobrar: más vale olvidarse. Los meses pasaron, y la antena seguía caída.
Este fin de semana recoloqué la antena. Rehuyendo el camino de la cumbrera, traté de reinstalarla desde el piso. Tras abundantes peripecias, sorteando los cables de la luz que entorpecían todo, logramos reempalmar los dos caños, usando tres abrazaderas: quedaría un poco más baja, pero quedaría... Al tratar de erguirla en su sitio, resultó demasiado pesada y el caño se dobló... Decidí finalmente enfrentarme de nuevo con la cumbrera: la recorrí con prestancia (sentado, por supuesto), y manipular la antena desde arriba, mientras Inés clavaba la base, fue sencillo. Todavía...

abrazote
Jorge

Te regalo, querido Andreas, un cuentito que explica mi segundo verso. Recién salidito del horno, así que seguramente vendré a corregirlo:

La cumbrera:

El techo de mi casa de la isla es un excelente techo de chapa de zinc clavada, de la década de 1940, cuando las chapas eran buenas. La eficiencia de estos techos depende mucho de la pendiente: si es escasa y el agua se acumula, hay goteras por los clavos. La pendiente hace, por supuesto, que sea difícil transitarlos.
Hace algunos años compramos un decodificador para poder aprovechar la señal de televisión digital. Para captar esta señal necesitábamos una antena que sobresaliera a cierta altura sobre el techo. La primera que puse la instalé en un caño que até a la cruz, al final de una cumbrera. Para llegar allí subí por la canaleta de encuentro de las dos alas, y luego recorrí los seis metros de cumbrera sentado, con las dos piernas de un mismo lado de la cumbrera, y trasladándome con las manos. Esto fue hace algunos años. La antena está sometida a los vientos, pero también al peso de algunos pajarracos como pavas de monte o caranchos, que tienen lo suyo: se desclavó un día la cruz, se cayó la antena y se hizo añicos. Compramos una nueva antena. Esta la puso Pedro, un hombre que contratamos para algunas obras: es difícil conseguir gente que trabaje en la isla, los de tierra firme no quieren ir; Pedro vivía en la isla: ahora se fue con una novia, pero esa es otra historia. La puso en el mismo lugar donde yo la había puesto, pero sostenida en un caño que clavó en tierra; el caño tenía dos tramos: uno de cuatro metros que sobresalía medio metro por encima de la cumbrera, y otro de tres que se adosaba a este, roscado. Cuatro cables a modo de vientos sostenían el caño evitando vaivenes. Quedó más alta que la primera vez, se veían más canales y mejor. Un sobrino de veinte años lo ayudó a Pedro en esto: ¡cómo caminaba por la cumbrera!
Años hacía que quería tener una Ipomea indica, con esas hermosas campanas azules... En la zona no semillan, y mis intentos de hacer una de gajo fracasaron muchas veces... Al fin un día lo logré: creció de gajo, cerca de la base de la antena... Ya se sabe como son las ipomeas: donde ven por donde subir, suben. Creció trepando por el caño, y también desde el techo llegó a uno de los cables que sostenían la antena. Dio multitud de hermosas flores, contenta de estar ahí arriba. Reconozco que adiviné las consecuencias, pero no me decidí a apagar su manifiesta alegría. Un pampero embistió en la fronda de la ipomea y el caño de la antena se quebró. Otra vez sin antena...
Le encargamos a Leo, un vecino de la isla, que pintara el techo y fijara algunos clavos. Lo hizo con un par de asistentes. Cuando estaba terminando la obra, le pedimos que recolocara la antena. Se fue olvidando...: cobró la obra y se siguió olvidando... Así es Leo: excelente tipo. El trabajo era menudo, poco lo podía cobrar: más vale olvidarse. Los meses pasaron, y la antena seguía caída.
Este fin de semana recoloqué la antena. Rehuyendo el camino de la cumbrera, traté de reinstalarla desde el piso. Tras abundantes peripecias, sorteando los cables de la luz que entorpecían todo, logramos reempalmar los dos caños, usando tres abrazaderas: quedaría un poco más baja, pero quedaría... Al tratar de erguirla en su sitio, resultó demasiado pesada y el caño se dobló... Decidí finalmente enfrentarme de nuevo con la cumbrera: la recorrí con prestancia (sentado, por supuesto), y manipular la antena desde arriba, mientras Inés clavaba la base, fue sencillo. Todavía...

abrazote
Jorge[/QUOTE]

¡Qué maravilla de relato, compañero! Ahora el que me hizo recordar al abuelo fuiste tú, Jorge, con esa bella audacia testaruda. Él -mi abuelo- cuando terminaba asuntos como los de la «cumbrera», se sentaba en la veranda de su isla, se servía un whisky, y con la mirada clavada en la mar, arqueando su sonrisa más allá del recato de las tierras del norte, me decía: “Andreitas, no hay nada como merecerse el placer”.
Este cuento que me brindas sí que es un regalo de navidad...
Gracias, mi amigo.
 
Última edición:
¡Qué maravilla de relato, compañero! Ahora el que me hizo recordar al abuelo fuiste tú, Jorge, con esa bella audacia testaruda. Él -mi abuelo- cuando terminaba asuntos como los de la «cumbrera», se sentaba en la veranda de su isla, se servía un whisky, y con la mirada clavada en la mar, arqueando su sonrisa más allá del recato de las tierras del norte, me decía: “Andreitas, no hay nada como merecerse el placer”.
Este cuento que me brindas sí que es un regalo de navidad...
Gracias, mi amigo.
Yo, me tomo un vino en el porch de mi isla, mirando el río Abra Vieja, y digo: «Andreitas, no hay nada como merecerse el placer». Así es, Andreas. Gran tipo debió ser tu abuelo, por la marca que te dejó, tan poética. Yo tengo mi sangre gallega para compensar eso del recato del norte... Me alegro de que te gustara este cuentito.
abrazote
 
Última edición:
Me gusta mucho este soneto Jorge porque nos haces reflexionar el paso de los años y ver donde nos encontramos y pensar como nos sentimos hoy y hasta un poco como nos encontraremos mañana aunque mi política de vida es vivir el día a día y lo que venga pues a hacerle frente de la mejor manera.

Me gusta mucho el cuarto verso, subir la pendiente " de la vida"

Mis saludos cordiales Jorge
Gracias, estimado Luis. No había pensado en interpretar en clave metafórica ese cuarto verso, o el primer cuarteto en general, pero bien vale, por supuesto. Hay una edad, que imagino que es distinta para cada uno, en la que uno cuando hace estas cosas se pregunta si podrá hacerlas la próxima vez. A cada rato se siente todavía...
abrazo
Jorge
 

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