dragon_ecu
Esporádico permanente
Romance en alejandrinos.
Entre la bruma de los Cárpatos el tiempo se detiene,
cruje el hierro de una estirpe cuya muerte no retiene.
No son moros quienes asedian la muralla del dolor,
sino hordas de consignas, de grisáceo y vil color.
Traen banderas de nivel, de puños e igualdad,
buscando hundir en el fango la antigua majestad.
"¡Todo es de todos!", gritan, con un hambre de metal,
mientras Vlad, en su balcón, reza un salmo de cristal.
Se abre el portón del castillo con un eco de agonía,
y el Príncipe de las Sombras desprecia la utopía.
Su armadura es noche pura, su capa de sangre estancada,
y en sus ojos arde el rayo de una fe amenazada.
No hay reparto de tesoros bajo la garra de azufre,
solo el peso del linaje ante el necio que no sufre.
Uno a uno son fijados en el lecho de la soledad,
pues el coraje del Empalador no entiende de equidad.
La nieve se tiñe de un rubí denso y profundo,
el idealismo se apaga a los pies del viejo mundo.
Transilvania no es de pueblos, ni de planes, ni de masas,
es el feudo del colmillo, de las sombras y las brasas.
Queda el campo mudo, bajo el frío de un lucero,
donde el único final es el filo del acero.
Vlad contempla su jardín con maderos elevados:
"Aquí todos son iguales... porque todos son finados".
Entre la bruma de los Cárpatos el tiempo se detiene,
cruje el hierro de una estirpe cuya muerte no retiene.
No son moros quienes asedian la muralla del dolor,
sino hordas de consignas, de grisáceo y vil color.
Traen banderas de nivel, de puños e igualdad,
buscando hundir en el fango la antigua majestad.
"¡Todo es de todos!", gritan, con un hambre de metal,
mientras Vlad, en su balcón, reza un salmo de cristal.
Se abre el portón del castillo con un eco de agonía,
y el Príncipe de las Sombras desprecia la utopía.
Su armadura es noche pura, su capa de sangre estancada,
y en sus ojos arde el rayo de una fe amenazada.
No hay reparto de tesoros bajo la garra de azufre,
solo el peso del linaje ante el necio que no sufre.
Uno a uno son fijados en el lecho de la soledad,
pues el coraje del Empalador no entiende de equidad.
La nieve se tiñe de un rubí denso y profundo,
el idealismo se apaga a los pies del viejo mundo.
Transilvania no es de pueblos, ni de planes, ni de masas,
es el feudo del colmillo, de las sombras y las brasas.
Queda el campo mudo, bajo el frío de un lucero,
donde el único final es el filo del acero.
Vlad contempla su jardín con maderos elevados:
"Aquí todos son iguales... porque todos son finados".