Volví a navegar un domingo
entre el olor del pasillo de mi abuela
y un reloj de pulsera
que marcaba siempre las dos
como por instinto.
Significó poco para las macetas
que se instaurara la guerra
en Oriente Próximo;
una de esas tierras lejanas
más allá del televisor.
El único que parecía darse cuenta
de la situación
era el perro del vecino
que no paraba de ladrar
hacia la puerta.
Del hipnótico anacronismo
de una plazoleta a cuadros
aprendí a leer la lengua de las piedras
cuyo fatídico testimonio
tuve que llevar a cuestas.
entre el olor del pasillo de mi abuela
y un reloj de pulsera
que marcaba siempre las dos
como por instinto.
Significó poco para las macetas
que se instaurara la guerra
en Oriente Próximo;
una de esas tierras lejanas
más allá del televisor.
El único que parecía darse cuenta
de la situación
era el perro del vecino
que no paraba de ladrar
hacia la puerta.
Del hipnótico anacronismo
de una plazoleta a cuadros
aprendí a leer la lengua de las piedras
cuyo fatídico testimonio
tuve que llevar a cuestas.