necros73
Poeta que considera el portal su segunda casa
Voz
El mundo en el que vivo,
es un mundo que se nutre de contradicciones
de injusticias,
de mentiras que se venden cual verdades,
mientras que las verdades descansan en una tumba clandestina
con un tiro en la nuca.
Este mundo civilizado
ha hecho del deseo,
negocio de impotentes y espejismo de enamorados,
vendiendo en revistas y en esquinas al objeto- mercancía,
ya sean niñas vestidas con piel de teflón,
o hombres vestidos de quimeras,
ansiosos ambos por el veneno que sus mentes necesita
para abrirse paso cada día.
En este mundo en el que vivo,
se castiga la piedad y se fomenta la ignominia.
Los niños ya no sueñan
solos, abandonados,
arrullados por las imágenes televisivas
van anestesiando sus sentidos,
deformándose adaptándose
al destino que sus ancestros
tan laboriosamente han construido.
En este mundo en el que vivo,
que niega el cielo y afirman el infierno en cada violación,
en cada hipocresía,
vivimos angustiados,
enfrascados en la cotidiana monotonía
de sabernos culpables de estar vivos
y desperdiciar con cada acto la oportunidad
de cambiar el rumbo de este mundo en que vivimos
El mundo en el que vivo,
es un mundo que se nutre de contradicciones
de injusticias,
de mentiras que se venden cual verdades,
mientras que las verdades descansan en una tumba clandestina
con un tiro en la nuca.
Este mundo civilizado
ha hecho del deseo,
negocio de impotentes y espejismo de enamorados,
vendiendo en revistas y en esquinas al objeto- mercancía,
ya sean niñas vestidas con piel de teflón,
o hombres vestidos de quimeras,
ansiosos ambos por el veneno que sus mentes necesita
para abrirse paso cada día.
En este mundo en el que vivo,
se castiga la piedad y se fomenta la ignominia.
Los niños ya no sueñan
solos, abandonados,
arrullados por las imágenes televisivas
van anestesiando sus sentidos,
deformándose adaptándose
al destino que sus ancestros
tan laboriosamente han construido.
En este mundo en el que vivo,
que niega el cielo y afirman el infierno en cada violación,
en cada hipocresía,
vivimos angustiados,
enfrascados en la cotidiana monotonía
de sabernos culpables de estar vivos
y desperdiciar con cada acto la oportunidad
de cambiar el rumbo de este mundo en que vivimos