UCRONICO
Poeta recién llegado
Una noche de sólo dos luceros
verdes, quiero dormir sin descansar,
al abrigo de unos brazos hechiceros...
Inconsciente soñar,
como los desdichados navegantes
que perdieron su suerte y sus veleros
y hurtados a las fauces de la mar,
perniciosas amantes,
una ninfa retiene prisioneros.
No quiero que levantes,
Sol, el piadoso manto de mi Aurora,
que cubre mis vergüenzas y mi ser;
como palio de altar,
su dosel jalonado de brillantes
estrellas, apagadas por ahora,
ha visto y ha de ver
infinitos amores empezar,
infinitas pasiones por arder...
Mientras ardas, hoguera redentora,
no quiero despertar,
ni quiero amanecer.
Varado en la ensenada de tu lecho,
este alma pagana y pecadora
hoy deja el cuerpo donde anduvo ayer,
derrotado y maltrecho.
Mi corazón ignora
a veces su imprudente proceder
y se lanza derecho
rumbo al faro que brilla en tu mirada
contra el acantilado de tu pecho.
He querido tener
tu coraza sutil por almohada
y, escuchando, al acecho,
he querido saber
si latía detrás un alma alada.
Como un sonido cierto,
tras el eco infinito de la nada,
presiento tu latido,
y, a corazón abierto,
sabe tú cómo mi alma desangrada
no ve cárcel más vil que tu desierto,
ni destierro más duro que tu olvido.
verdes, quiero dormir sin descansar,
al abrigo de unos brazos hechiceros...
Inconsciente soñar,
como los desdichados navegantes
que perdieron su suerte y sus veleros
y hurtados a las fauces de la mar,
perniciosas amantes,
una ninfa retiene prisioneros.
No quiero que levantes,
Sol, el piadoso manto de mi Aurora,
que cubre mis vergüenzas y mi ser;
como palio de altar,
su dosel jalonado de brillantes
estrellas, apagadas por ahora,
ha visto y ha de ver
infinitos amores empezar,
infinitas pasiones por arder...
Mientras ardas, hoguera redentora,
no quiero despertar,
ni quiero amanecer.
Varado en la ensenada de tu lecho,
este alma pagana y pecadora
hoy deja el cuerpo donde anduvo ayer,
derrotado y maltrecho.
Mi corazón ignora
a veces su imprudente proceder
y se lanza derecho
rumbo al faro que brilla en tu mirada
contra el acantilado de tu pecho.
He querido tener
tu coraza sutil por almohada
y, escuchando, al acecho,
he querido saber
si latía detrás un alma alada.
Como un sonido cierto,
tras el eco infinito de la nada,
presiento tu latido,
y, a corazón abierto,
sabe tú cómo mi alma desangrada
no ve cárcel más vil que tu desierto,
ni destierro más duro que tu olvido.
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