romaguce
Poeta recién llegado
Porque no puedo cantarle a la alegría,
Decirle entre sonrisas y penas aliviadas,
Que al fin,
Descifré el secreto de mi corazón;
Antes, cada vez que intente musitar una plegaria a la vida,
La sombría mirada del invierno,
Amortajaba mis palabras y las dejaba insepultas a un lado del ocaso,
Tan lejos de la primavera,
Cerca al infierno;
Pero no siempre el silencio encadenó la poca luz que oscurecía con su resplandor,
Las mañanas ásperas después de mirarme al espejo y decidir que todo seguiría igual,
No siempre la felicidad significó un oprobio que amilanaba mi torvo andar,
No siempre la felicidad me fue esquiva…
… Caen con lentitud las horas atrapadas en el tiempo;
Continúo deshojando minutos al viento, esperando, somnoliento al barquero…
Porque no pude cantarle a la alegría una plegaría bajo la luna,
Acompañado del coro desordenado de los insectos y de los espectros que torpemente,
Salían a amamantarse de mis heridas;
Algunas veces, pude escuchar en el vacío, el canto de los caídos, pidiendo perdón tras la derrota,
Otras veces, escuche el sublime canto de la aurora, curándonos de una noche insulsa;
Hoy te escuche a ti…
No huiste, acariciaste mi mustia cabellera y me enseñaste a pasear por el infierno, sin que mi alma extenuada, se marchite sobre las brasas…
Hoy puedo cantarle a la vida, una plegaría de alegría… y recibir el perdón de las noches estrelladas… y continuar tomados de la mano, en busca de la felicidad…
Decirle entre sonrisas y penas aliviadas,
Que al fin,
Descifré el secreto de mi corazón;
Antes, cada vez que intente musitar una plegaria a la vida,
La sombría mirada del invierno,
Amortajaba mis palabras y las dejaba insepultas a un lado del ocaso,
Tan lejos de la primavera,
Cerca al infierno;
Pero no siempre el silencio encadenó la poca luz que oscurecía con su resplandor,
Las mañanas ásperas después de mirarme al espejo y decidir que todo seguiría igual,
No siempre la felicidad significó un oprobio que amilanaba mi torvo andar,
No siempre la felicidad me fue esquiva…
… Caen con lentitud las horas atrapadas en el tiempo;
Continúo deshojando minutos al viento, esperando, somnoliento al barquero…
Porque no pude cantarle a la alegría una plegaría bajo la luna,
Acompañado del coro desordenado de los insectos y de los espectros que torpemente,
Salían a amamantarse de mis heridas;
Algunas veces, pude escuchar en el vacío, el canto de los caídos, pidiendo perdón tras la derrota,
Otras veces, escuche el sublime canto de la aurora, curándonos de una noche insulsa;
Hoy te escuche a ti…
No huiste, acariciaste mi mustia cabellera y me enseñaste a pasear por el infierno, sin que mi alma extenuada, se marchite sobre las brasas…
Hoy puedo cantarle a la vida, una plegaría de alegría… y recibir el perdón de las noches estrelladas… y continuar tomados de la mano, en busca de la felicidad…