XXXIV
Con un afán
mas grande que la fe
procure alcanzar
lo que ningún pretencioso
pudo jamás.
Quise encontrar un tesoro
que ni el propio oro
pudiera igualar.
Con inmenso ahínco
me embarque en un camino
que ningún caminante
podría caminar.
Atravesé montañas, ríos,
recorrí continentes
y nade por el mar.
Caminando y buscando
los años empezaron a pasar,
y cada día que transitaba
me cansaba un poco mas.
A medida que ganaba años
Perdia voluntad.
Y así, poco a poco,
se fue consumiendo
la llama de mi afán.
Después de mucho tiempo
fatigado por la travesía
volví al lugar
en donde mi ambición
fue concebida
y en ese sitio;
en donde, con un beso,
te di la despedida,
con un gesto cansado,
te volví a encontrar.
Y a pesar que tu cuerpo,
tanto como el mío,
había sufrido los años
a diferencia de mi afán,
la vela de tu esperanza,
intacta habia quedado.
Y al mirarme con tus luceros,
que eran mas grandes
que cualquier montaña
que haya podido cruzar,
mas vastos que la tierra misma
en la que un tesoro
no encontrare jamás,
y aún mas transparentes
que el agua de cualquier río,
de cualquier mar...
Ante esos dos cristales,
que como la primera vez,
me volvieron a mirar,
en mi naturaleza de hombre
descubrí la ironía
en la que mi vida supe basar.
La de un viaje codicioso
que nadie podría terminar
porque quise encontrar algo
que ni con sólo uno de tus ojos
se podía comparar.
Viernes 12 de Agosto del 2011.
Con un afán
mas grande que la fe
procure alcanzar
lo que ningún pretencioso
pudo jamás.
Quise encontrar un tesoro
que ni el propio oro
pudiera igualar.
Con inmenso ahínco
me embarque en un camino
que ningún caminante
podría caminar.
Atravesé montañas, ríos,
recorrí continentes
y nade por el mar.
Caminando y buscando
los años empezaron a pasar,
y cada día que transitaba
me cansaba un poco mas.
A medida que ganaba años
Perdia voluntad.
Y así, poco a poco,
se fue consumiendo
la llama de mi afán.
Después de mucho tiempo
fatigado por la travesía
volví al lugar
en donde mi ambición
fue concebida
y en ese sitio;
en donde, con un beso,
te di la despedida,
con un gesto cansado,
te volví a encontrar.
Y a pesar que tu cuerpo,
tanto como el mío,
había sufrido los años
a diferencia de mi afán,
la vela de tu esperanza,
intacta habia quedado.
Y al mirarme con tus luceros,
que eran mas grandes
que cualquier montaña
que haya podido cruzar,
mas vastos que la tierra misma
en la que un tesoro
no encontrare jamás,
y aún mas transparentes
que el agua de cualquier río,
de cualquier mar...
Ante esos dos cristales,
que como la primera vez,
me volvieron a mirar,
en mi naturaleza de hombre
descubrí la ironía
en la que mi vida supe basar.
La de un viaje codicioso
que nadie podría terminar
porque quise encontrar algo
que ni con sólo uno de tus ojos
se podía comparar.
Viernes 12 de Agosto del 2011.
Última edición: