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Y después de todo, poema 55: Pasajes Celestes

Samuel17993

Poeta que considera el portal su segunda casa
05/03/2017

En tierra, en pie.
Olvido pronto los pasajes celestes
que anhela el niño,
y busca sediento el adulto.

Sin pérdida, sin salida,
aunque tampoco encerrado.

Son amplios los márgenes terrestres, inmensos, perdidos.
Ya no hay alturas, ya no hay una mirada alta que otee todo aquél.
No necesito la perspectiva de lo lejano, del amplio e infinito
de las posibilidades, que se respiran cuando vuelas tan alto con alas de cera.

Sólo hay ésta,
no otra.

Podría decir que si el laberinto era perdición,
los nuevos territorios, más allá, no dejan tras de sí menos
agobio, mas agotan, mas recelan, mas pierden, mas ahogan, mas
es como el estar tendido con alfileres en el aire y creyendo caer, pero:

ya caí y ya sentí el cuerpo.

Esa levedad, fue la que me hizo sentir
pesado:

esos bagajes, con los que viajar.

Que los viajes han de ser ligeros lo han sabido hasta los menos letrados.
Yo, que me hice de letras para no perderme en ellos, me he intentado no zancadillear
cuando bailo con la arena que lucha con mis pies con la hilaridad del bufón, repitiéndome
los pasos que suenan como

un día quise.

Me he perdido, y me sigo perdiendo, cual nuevo mercader que busca
una pequeña especulación con la que meter en la boca el deseo y la palabrería.
Me la juego con las inventivas, retozo en las noches con un nuevo desfalco, y me
derriten las palabras en las aguas que nadaría por enriquecer mi mente.

Sigo, aleteando,
alto en lo bajo.

Planeo pies y manos
sobre los surcos
con distintas opciones,
y arranco a la tierra el aire.

Respiro de ese oxígeno.

Cuando llego a mi lugar de siempre, mirando atrás,
una calma triste se abraza con el horizonte,
uniendo norte y sur, confundiendo este y oeste,
y ya no sé qué orientación tiene este lugar y adónde huir.

Mis pies ligeros tropiezan. Mis pies grandes arrancan furibundos,
sin cuidarse de no caer de su propio peso. Mis pies aletean malamente.
Mis manos intentan planear. Mis brazos intentan equilibrar. Mis orejas lo sintonizan
con muy mala fortuna, porque la altura perdida no encuentra nada que compararse

más que mi aleteo.

Oigo ese vuelo en tierra, levito en tierra.
Recuerdo demasiado tarde el mar que me dice que
ya dejé en la infancia, y ya ni puede
tener el adulto.

Aquí, solo,
pero entretenido.​
 
Una confesión digna de Antonio Hurtado. Solo me parece demasiado larga, y algunas partes parecen querer decir lo mismo. Más contundente me parece el final. Me gusta "arranco a la tierra el aire". Y creo recordar una máxima de los místicos que dice:"solo el que se pierde se gana". Lástima que no seamos místicos sino bufones. Por cierto, si te gusta el Árbol de la ciencia de Baroja, supongo que te gustará también La voluntad y Antonio Azorín de Azorín. A mí me parecen lo más. Saludos.
 
Una confesión digna de Antonio Hurtado. Solo me parece demasiado larga, y algunas partes parecen querer decir lo mismo. Más contundente me parece el final. Me gusta "arranco a la tierra el aire". Y creo recordar una máxima de los místicos que dice:"solo el que se pierde se gana". Lástima que no seamos místicos sino bufones. Por cierto, si te gusta el Árbol de la ciencia de Baroja, supongo que te gustará también La voluntad y Antonio Azorín de Azorín. A mí me parecen lo más. Saludos.
Bueno, era mi obra favorita cuando entré, en 2011, era un adolescente... Aunque me es muy preciada, ahora mi obra favorita sería la Trilogía de USA. aunque otras muchas que no podría elegir una principal. No soy, ni era cuando lo escribí un místico; lo fui de niño o de adolescente. La sensibilidad de la mística me ha dejado su influencia, eso sí. Y no he leído esa novela de Azorín, sino la primera parte, La Voluntad, que es buena (con un principio un poco chirriante para mi gusto). De Baroja mi novela favorita es sin dudas hoy Aurora Roja, su trilogía por la supervivencia es maravillosa.

Poeta, nos hacemos lo que sea para sobrevivir,
es un placer dejar mi huella en un abrazo de colores,
Muchas gracias por tu apoyo Guadalupe. Un abrazo y un saludo.
 
05/03/2017

En tierra, en pie.
Olvido pronto los pasajes celestes
que anhela el niño,
y busca sediento el adulto.

Sin pérdida, sin salida,
aunque tampoco encerrado.

Son amplios los márgenes terrestres, inmensos, perdidos.
Ya no hay alturas, ya no hay una mirada alta que otee todo aquél.
No necesito la perspectiva de lo lejano, del amplio e infinito
de las posibilidades, que se respiran cuando vuelas tan alto con alas de cera.

Sólo hay ésta,
no otra.

Podría decir que si el laberinto era perdición,
los nuevos territorios, más allá, no dejan tras de sí menos
agobio, mas agotan, mas recelan, mas pierden, mas ahogan, mas
es como el estar tendido con alfileres en el aire y creyendo caer, pero:

ya caí y ya sentí el cuerpo.

Esa levedad, fue la que me hizo sentir
pesado:

esos bagajes, con los que viajar.

Que los viajes han de ser ligeros lo han sabido hasta los menos letrados.
Yo, que me hice de letras para no perderme en ellos, me he intentado no zancadillear
cuando bailo con la arena que lucha con mis pies con la hilaridad del bufón, repitiéndome
los pasos que suenan como

un día quise.

Me he perdido, y me sigo perdiendo, cual nuevo mercader que busca
una pequeña especulación con la que meter en la boca el deseo y la palabrería.
Me la juego con las inventivas, retozo en las noches con un nuevo desfalco, y me
derriten las palabras en las aguas que nadaría por enriquecer mi mente.

Sigo, aleteando,
alto en lo bajo.

Planeo pies y manos
sobre los surcos
con distintas opciones,
y arranco a la tierra el aire.

Respiro de ese oxígeno.

Cuando llego a mi lugar de siempre, mirando atrás,
una calma triste se abraza con el horizonte,
uniendo norte y sur, confundiendo este y oeste,
y ya no sé qué orientación tiene este lugar y adónde huir.

Mis pies ligeros tropiezan. Mis pies grandes arrancan furibundos,
sin cuidarse de no caer de su propio peso. Mis pies aletean malamente.
Mis manos intentan planear. Mis brazos intentan equilibrar. Mis orejas lo sintonizan
con muy mala fortuna, porque la altura perdida no encuentra nada que compararse

más que mi aleteo.

Oigo ese vuelo en tierra, levito en tierra.
Recuerdo demasiado tarde el mar que me dice que
ya dejé en la infancia, y ya ni puede
tener el adulto.

Aquí, solo,
pero entretenido.​
Recordar en demasia y querer extender esa danza intensa de un vuelo que
al final se conforma con la altura perdida, para prenderse entre los angeles
distraidos de la realidad. bellissimo. saludos con afecto de luzyabsenta
 

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