Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
No me gusta empezar las historias por el final, pero hoy lo voy a hacer
. Y nos pilló la aurora
.
Todo comenzó una víspera; el día que ella me vio pasar y yo fingí no verla.
¡Dios!, ¡qué manera de mirar durante aquel segundo! Nada fue de repente, el tiempo se tomó la molestia de alterar sus dimensiones y el espacio huyó avergonzado. Yo miré cuando ella cruzaba la calle; ella observó mi reflejo en los coches aparcados en doble fila y al voltear su cuerpo hacia mí fingí no estar mirando, pero en los charcos adiviné su silueta, su cuerpo, ¡wau!
Mi vida ya no fue la misma aquella tarde.
Al día siguiente, es decir hace tres días, en la parada del autobús alguien me pidió fuego y al girarme creí que me encendía; era ella, y yo con estas pintas, que son las que tengo aunque no me acostumbre a verme en los espejos.
Se lo di, vaya si se lo di; le regalé el mechero. Me contestó con un gracias y un "éste no lo tengo". Adiviné su sentido del humor, sentido que siempre agradezco, y ella no pareció apreciar el mío cuando le dije sin pensar que a partir de entonces debería encenderme el mío, y no dije cigarrillo, ¡Dios qué olvido!
Llegó el autobús y nos montamos; ella me habló de su destino, dos paradas más allá del que a mí me esperaba y no pude dejar de escucharla.
Cuando llegué a mi apeadero le dije:
-Bueno, aquí me bajo -y ella contestó:
-Bueno, pues me bajo contigo.
¡Ay, ay, ay, qué apuro! Eso no lo tenía previsto.
Encaminé mis pasos mirando hacia atrás y hacia adelante; no pregunten cómo, ¡pa haberme matao! Ella me seguía.
La acababa de conocer y no le dije que ese no era mi barrio, ni mi ciudad, sólo le dije que iba a casa y que si quería venirse para ocupar la tarde. Tampoco le dije que la casa era de mi tía, y que yo estaba allí de invitado por navidades.
Al llegar llamé; me abrieron. Mi tía permanecía inmóvil delante de la puerta y mirando a mi desconocida dijo:
-¿Y?
-Una amiga -tuve que contestar tajante.
-¿Y? -volvió a insistir.
-Pues eso, una amiga.
Entramos por fin. Ella me siguió, mi amiga, también mi tía. Pasamos al comedor y, viendo que éramos demasiados, le propuse mi habitación prestada en donde, le dije, podríamos ver libros u oír música. Sólo le interesó la música; a mí me interesaba ella.
La tarde se fue durmiendo de pie mientras hablábamos y hablábamos, esta vez los dos, y Janis sonaba en el ambiente cargado de humo, de humo verde y alegre.
Nos destensamos y con ello nuestras ropas se fueron descolgando de sus perchas hasta posarse en el suelo.
De repente, la puerta se abrió y allí estaba ella ocupando todo el quicio con los brazos cruzados. Nos pilló la Aurora, que es mi tía.
Todo comenzó una víspera; el día que ella me vio pasar y yo fingí no verla.
¡Dios!, ¡qué manera de mirar durante aquel segundo! Nada fue de repente, el tiempo se tomó la molestia de alterar sus dimensiones y el espacio huyó avergonzado. Yo miré cuando ella cruzaba la calle; ella observó mi reflejo en los coches aparcados en doble fila y al voltear su cuerpo hacia mí fingí no estar mirando, pero en los charcos adiviné su silueta, su cuerpo, ¡wau!
Mi vida ya no fue la misma aquella tarde.
Al día siguiente, es decir hace tres días, en la parada del autobús alguien me pidió fuego y al girarme creí que me encendía; era ella, y yo con estas pintas, que son las que tengo aunque no me acostumbre a verme en los espejos.
Se lo di, vaya si se lo di; le regalé el mechero. Me contestó con un gracias y un "éste no lo tengo". Adiviné su sentido del humor, sentido que siempre agradezco, y ella no pareció apreciar el mío cuando le dije sin pensar que a partir de entonces debería encenderme el mío, y no dije cigarrillo, ¡Dios qué olvido!
Llegó el autobús y nos montamos; ella me habló de su destino, dos paradas más allá del que a mí me esperaba y no pude dejar de escucharla.
Cuando llegué a mi apeadero le dije:
-Bueno, aquí me bajo -y ella contestó:
-Bueno, pues me bajo contigo.
¡Ay, ay, ay, qué apuro! Eso no lo tenía previsto.
Encaminé mis pasos mirando hacia atrás y hacia adelante; no pregunten cómo, ¡pa haberme matao! Ella me seguía.
La acababa de conocer y no le dije que ese no era mi barrio, ni mi ciudad, sólo le dije que iba a casa y que si quería venirse para ocupar la tarde. Tampoco le dije que la casa era de mi tía, y que yo estaba allí de invitado por navidades.
Al llegar llamé; me abrieron. Mi tía permanecía inmóvil delante de la puerta y mirando a mi desconocida dijo:
-¿Y?
-Una amiga -tuve que contestar tajante.
-¿Y? -volvió a insistir.
-Pues eso, una amiga.
Entramos por fin. Ella me siguió, mi amiga, también mi tía. Pasamos al comedor y, viendo que éramos demasiados, le propuse mi habitación prestada en donde, le dije, podríamos ver libros u oír música. Sólo le interesó la música; a mí me interesaba ella.
La tarde se fue durmiendo de pie mientras hablábamos y hablábamos, esta vez los dos, y Janis sonaba en el ambiente cargado de humo, de humo verde y alegre.
Nos destensamos y con ello nuestras ropas se fueron descolgando de sus perchas hasta posarse en el suelo.
De repente, la puerta se abrió y allí estaba ella ocupando todo el quicio con los brazos cruzados. Nos pilló la Aurora, que es mi tía.
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