Y qué te llega?
Qué complicidad existe entre tu interior y el exterior?
Disfrutas de cada momento
a pesar de los obstáculos,
las molestias, las incomodidades
y las exigencias que tú mismo te impones.
Y, aun así,
existen instantes que parecen divinos:
efímeros, pero intensos;
fugaces, pero capaces de colmar el alma
con esa paz que siempre ha habitado en ti.
Sin embargo, no siempre logras
sentirla en el exterior.
Debes lidiar con la constante lucha
de ser quien eres mientras los ríos
de inquietud que llegan desde fuera
intentan arrastrar la calma
que guardas en tu interior.
Una serenidad que permanece,
aunque navegue entre aguas inciertas.
Así transcurre tu vida:
entre olas inmensas que amenazan
con arrebatarte el aliento,
otras que te acunan como un bálsamo,
aliviando las tensiones
y acariciando cada rincón de tu cuerpo
hasta dejarte reposar plácidamente,
entregado al instante que la vida te ofrece.
Es ley de vida.
Una contemplación constante,
incluso cuando el griterío exterior irrumpe
y pretende silenciar la quietud
de ese encuentro contigo mismo.
Cielo y tierra se abrazan
bajo la brisa fresca de la mañana,
mientras voces alteradas
intentan quebrar la armonía
de ese destello que nace al alba.
Pero el alba siempre regresa.
Y con ella,
la certeza de que ninguna tormenta
puede borrar por completo
la paz que habita en tu esencia.
Qué complicidad existe entre tu interior y el exterior?
Disfrutas de cada momento
a pesar de los obstáculos,
las molestias, las incomodidades
y las exigencias que tú mismo te impones.
Y, aun así,
existen instantes que parecen divinos:
efímeros, pero intensos;
fugaces, pero capaces de colmar el alma
con esa paz que siempre ha habitado en ti.
Sin embargo, no siempre logras
sentirla en el exterior.
Debes lidiar con la constante lucha
de ser quien eres mientras los ríos
de inquietud que llegan desde fuera
intentan arrastrar la calma
que guardas en tu interior.
Una serenidad que permanece,
aunque navegue entre aguas inciertas.
Así transcurre tu vida:
entre olas inmensas que amenazan
con arrebatarte el aliento,
otras que te acunan como un bálsamo,
aliviando las tensiones
y acariciando cada rincón de tu cuerpo
hasta dejarte reposar plácidamente,
entregado al instante que la vida te ofrece.
Es ley de vida.
Una contemplación constante,
incluso cuando el griterío exterior irrumpe
y pretende silenciar la quietud
de ese encuentro contigo mismo.
Cielo y tierra se abrazan
bajo la brisa fresca de la mañana,
mientras voces alteradas
intentan quebrar la armonía
de ese destello que nace al alba.
Pero el alba siempre regresa.
Y con ella,
la certeza de que ninguna tormenta
puede borrar por completo
la paz que habita en tu esencia.