Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Y se nos fue la fresca brisa,
y aún esperábamos
toquecitos de primavera;
y se anunciaba el invierno,
pero temíamos perder sus flores.
Y se nos fue Martha Silva,
¡Cuánta soledad,
en los niños,
en los profes,
el corazón de sus niñas!
Caían las primeras
juguetonas lloviznas,
se aproximaba
Semana Santa,
y nadie ocupaba su silla.
¿Dónde estará la profe Martha,
después de veinte años
de acompañar a los sordos,
a los invidentes,
a los que les regaló un presente?
Hoy le vi en la sonrisa de un niño oyente,
en las manos laboriosas de un invidente,
en la curvas de las letras de un cognitivo y un sordo,
en las frases y sonrisas de un niño prudente.
Y me dije susurrando,
nunca un Maestro,
una Maestra mueren,
ellos vivirán para siempre
en el alma de su gente.
y aún esperábamos
toquecitos de primavera;
y se anunciaba el invierno,
pero temíamos perder sus flores.
Y se nos fue Martha Silva,
¡Cuánta soledad,
en los niños,
en los profes,
el corazón de sus niñas!
Caían las primeras
juguetonas lloviznas,
se aproximaba
Semana Santa,
y nadie ocupaba su silla.
¿Dónde estará la profe Martha,
después de veinte años
de acompañar a los sordos,
a los invidentes,
a los que les regaló un presente?
Hoy le vi en la sonrisa de un niño oyente,
en las manos laboriosas de un invidente,
en la curvas de las letras de un cognitivo y un sordo,
en las frases y sonrisas de un niño prudente.
Y me dije susurrando,
nunca un Maestro,
una Maestra mueren,
ellos vivirán para siempre
en el alma de su gente.