wilson yupanqui
Poeta asiduo al portal
Ya es tarde.
Cuando el brillo de tus ojos desvanezca
y el azabache de tu pelo vista de blanco,
desdibujada la sonrisa, la palabra austera
la piel marchita y las manos temblando.
Cuando se haga eterno el camino a tus pasos
y respires profundo para sosegar tu cansancio,
al acordarte de mi a pesar de los años
del manantial de tus ojos, remedo de llanto,
una lágrima mustia te dirá con nostalgia
que fuí yo el loco aquel, quién te quiso tanto.
Y volverás entonces como en el tiempo pasado
a aquel parque tan nuestro de Alamos y Cardos,
te sentarás en la banca, recogerás las flores
que entre risas y abrazos con amor las sembramos.
Pasará el mensajero repartiendo las cartas
el muchacho ya hombre con su paso apurado,
y volando las aves regresarán a sus nidos
cuando la tarde se ponga, cuando canten los grillos.
Y en un instante de ilusión, al asaltarte un sentimiento
preguntarás por mi al viejo jardinero
y el haciendo memoria y la mirada al cielo,
compungido los labios, llorando y gimiendo
con voz apagada y secando su llanto,
te dirá él no está aquí, búscalo allá, en el cementerio.
Cuando el brillo de tus ojos desvanezca
y el azabache de tu pelo vista de blanco,
desdibujada la sonrisa, la palabra austera
la piel marchita y las manos temblando.
Cuando se haga eterno el camino a tus pasos
y respires profundo para sosegar tu cansancio,
al acordarte de mi a pesar de los años
del manantial de tus ojos, remedo de llanto,
una lágrima mustia te dirá con nostalgia
que fuí yo el loco aquel, quién te quiso tanto.
Y volverás entonces como en el tiempo pasado
a aquel parque tan nuestro de Alamos y Cardos,
te sentarás en la banca, recogerás las flores
que entre risas y abrazos con amor las sembramos.
Pasará el mensajero repartiendo las cartas
el muchacho ya hombre con su paso apurado,
y volando las aves regresarán a sus nidos
cuando la tarde se ponga, cuando canten los grillos.
Y en un instante de ilusión, al asaltarte un sentimiento
preguntarás por mi al viejo jardinero
y el haciendo memoria y la mirada al cielo,
compungido los labios, llorando y gimiendo
con voz apagada y secando su llanto,
te dirá él no está aquí, búscalo allá, en el cementerio.
Última edición: