Ya ni recuerdas tu pasado ...

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Mayca

ES EL MOMENTO DE DESPERTAR A LA ESPIRITUALIDAD
Mecenas
Ya ni recuerdas tu pasado. Los días oscuros quedaron atrás, desdibujados por el tiempo, como cicatrices que la piel ya no muestra, aunque el alma lo haya guardado. Parecen derrotados, vencidos por los años, pero también se llevaron consigo el recuerdo de quien fuiste: aquella persona de voluntad inquebrantable, de fuerza serena, de pasos firmes, capaz de mirar de frente cualquier tormenta sin bajar la cabeza.

Hoy caminas de otra manera. Has elegido el silencio del observador, el lugar discreto desde el que contemplas la vida de quienes amas. Les allanas el camino, apartas las piedras antes de que las encuentren, levantas puentes donde tú tuviste que aprender a cruzar ríos embravecidos. Lo haces porque el amor te empuja a evitarles el dolor que un día habitó en ti.

Pero existen noches en las que una duda se sienta a tu lado. ¿Y si al protegerlos tanto les robas la oportunidad de descubrir su propia fortaleza? ¿Y si las heridas que intentas evitar son, precisamente, las que les enseñarían a levantarse con el corazón más sabio y la mirada más limpia?

Sin darte cuenta, has ido cargando sobre tus hombros el peso de todos. Un peso invisible que nadie ve, pero que tus huesos conocen de memoria. Cada amanecer tu cuerpo habla un lenguaje nuevo: el de la fatiga, el del agotamiento que no desaparece con el descanso, el de los años que avanzan sin pedir permiso. Tus manos aún quieren sostener el mundo, aunque tus fuerzas comiencen a quebrarse.

Te gustaría ser eterno. Ser ese refugio al que todos pudieran volver cuando el viento aprieta. Pero incluso los árboles más robustos sienten el paso de las estaciones. Sus ramas se inclinan, su corteza se agrieta, y no por ello dejan de ser árboles; simplemente aprenden que ninguna raíz puede sostener para siempre el peso de todos los inviernos.

Y entonces aparece el miedo. No el miedo a morir, sino el miedo a caer y no encontrar el aliento para volver a levantarte. El miedo a que llegue el día en que ya no puedas estar para ellos... ni siquiera para ti.

Lo sabes. Lo has sentido en el silencio de cada noche y en el cansancio de cada amanecer. Sin embargo, sigues entregándote en cuerpo y alma, porque existen amores que no saben medir lo que dan. Se desbordan, se vacían, se ofrecen hasta el último latido, aunque el corazón les susurre que también necesita ser abrazado.

Quizá la vida no te esté pidiendo que seas invencible. Quizá solo quiera recordarte que el amor más puro no consiste en impedir todas las caídas, sino en sembrar alas donde antes solo había miedo. Porque llegará el día en que tus manos ya no puedan sostener las suyas, pero si les enseñaste a caminar entre la lluvia, seguirán avanzando incluso cuando tú ya no puedas abrirles el camino.

Y tal vez entonces comprendas que nadie deja de cuidar cuando aprende a soltar. Que el verdadero legado no es cargar con la vida de quienes amas, sino dejar en ellos la luz suficiente para que encuentren el sendero cuando tu voz se convierta en un recuerdo y tu amor permanezca, eterno, en cada uno de sus pasos.

Pero ¿qué pasa cuando lo sabes y, aun así, tu propio ser lo ignora? ¿Cuando simplemente no quieres ser de otra manera? Entonces no avanzas; te pones cortapisas y sigues adelante, aun sabiendo que, a pesar de todo, te enseñaron a cuidar hasta extremos inagotables, con todo lo que ello significa.

Y ahí estás, refrenado y angustiado, esperando que un milagro acabe con la desesperación de vivir anclado en los demás, sin tener en cuenta tu propia vida.
 
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Mayca,

Tu prosa se construye sobre una tensión que sostiene todo el texto: la del que se entrega tanto que se olvida de sí. Y lo interesante es que no la resuelves con una moraleja fácil, sino que la dejas abierta, herida, en ese giro final donde el saber no basta para cambiar.

Me detuvo cómo trabajas el cuerpo como testigo de lo que el alma calla. Esa imagen de los huesos que conocen de memoria un peso invisible tiene una verdad física que atraviesa:

Un peso invisible que nadie ve, pero que tus huesos conocen de memoria.

La metáfora del árbol funciona porque no busca consolar de más: sus ramas se inclinan y su corteza se agrieta, y aun así sigue siendo árbol. Ahí evitas la trampa del texto motivacional; hay una aceptación de la finitud que da hondura.

Donde más me sacude tu voz es en el último párrafo. Después de tanta sabiduría ofrecida —"sembrar alas donde antes solo había miedo"—, das la vuelta y confiesas que a veces uno no quiere cambiar. Ese "aun así, tu propio ser lo ignora" desarma toda la lección anterior y la vuelve humana, contradictoria, real.

¿Habrá escritura más honesta que la que sabe la respuesta y admite que no puede seguirla? Gracias por compartir algo tan tuyo.
 
Ya ni recuerdas tu pasado. Los días oscuros quedaron atrás, desdibujados por el tiempo, como cicatrices que la piel ya no muestra, aunque el alma lo haya guardado. Parecen derrotados, vencidos por los años, pero también se llevaron consigo el recuerdo de quien fuiste: aquella persona de voluntad inquebrantable, de fuerza serena, de pasos firmes, capaz de mirar de frente cualquier tormenta sin bajar la cabeza.

Hoy caminas de otra manera. Has elegido el silencio del observador, el lugar discreto desde el que contemplas la vida de quienes amas. Les allanas el camino, apartas las piedras antes de que las encuentren, levantas puentes donde tú tuviste que aprender a cruzar ríos embravecidos. Lo haces porque el amor te empuja a evitarles el dolor que un día habitó en ti.

Pero existen noches en las que una duda se sienta a tu lado. ¿Y si al protegerlos tanto les robas la oportunidad de descubrir su propia fortaleza? ¿Y si las heridas que intentas evitar son, precisamente, las que les enseñarían a levantarse con el corazón más sabio y la mirada más limpia?

Sin darte cuenta, has ido cargando sobre tus hombros el peso de todos. Un peso invisible que nadie ve, pero que tus huesos conocen de memoria. Cada amanecer tu cuerpo habla un lenguaje nuevo: el de la fatiga, el del agotamiento que no desaparece con el descanso, el de los años que avanzan sin pedir permiso. Tus manos aún quieren sostener el mundo, aunque tus fuerzas comiencen a quebrarse.

Te gustaría ser eterno. Ser ese refugio al que todos pudieran volver cuando el viento aprieta. Pero incluso los árboles más robustos sienten el paso de las estaciones. Sus ramas se inclinan, su corteza se agrieta, y no por ello dejan de ser árboles; simplemente aprenden que ninguna raíz puede sostener para siempre el peso de todos los inviernos.

Y entonces aparece el miedo. No el miedo a morir, sino el miedo a caer y no encontrar el aliento para volver a levantarte. El miedo a que llegue el día en que ya no puedas estar para ellos... ni siquiera para ti.

Lo sabes. Lo has sentido en el silencio de cada noche y en el cansancio de cada amanecer. Sin embargo, sigues entregándote en cuerpo y alma, porque existen amores que no saben medir lo que dan. Se desbordan, se vacían, se ofrecen hasta el último latido, aunque el corazón les susurre que también necesita ser abrazado.

Quizá la vida no te esté pidiendo que seas invencible. Quizá solo quiera recordarte que el amor más puro no consiste en impedir todas las caídas, sino en sembrar alas donde antes solo había miedo. Porque llegará el día en que tus manos ya no puedan sostener las suyas, pero si les enseñaste a caminar entre la lluvia, seguirán avanzando incluso cuando tú ya no puedas abrirles el camino.

Y tal vez entonces comprendas que nadie deja de cuidar cuando aprende a soltar. Que el verdadero legado no es cargar con la vida de quienes amas, sino dejar en ellos la luz suficiente para que encuentren el sendero cuando tu voz se convierta en un recuerdo y tu amor permanezca, eterno, en cada uno de sus pasos.

Pero ¿qué pasa cuando lo sabes y, aun así, tu propio ser lo ignora? ¿Cuando simplemente no quieres ser de otra manera? Entonces no avanzas; te pones cortapisas y sigues adelante, aun sabiendo que, a pesar de todo, te enseñaron a cuidar hasta extremos inagotables, con todo lo que ello significa.

Y ahí estás, refrenado y angustiado, esperando que un milagro acabe con la desesperación de vivir anclado en los demás, sin tener en cuenta tu propia vida.

Ya ni recuerdas tu pasado. Los días oscuros quedaron atrás, desdibujados por el tiempo, como cicatrices que la piel ya no muestra, aunque el alma lo haya guardado. Parecen derrotados, vencidos por los años, pero también se llevaron consigo el recuerdo de quien fuiste: aquella persona de voluntad inquebrantable, de fuerza serena, de pasos firmes, capaz de mirar de frente cualquier tormenta sin bajar la cabeza.

Hoy caminas de otra manera. Has elegido el silencio del observador, el lugar discreto desde el que contemplas la vida de quienes amas. Les allanas el camino, apartas las piedras antes de que las encuentren, levantas puentes donde tú tuviste que aprender a cruzar ríos embravecidos. Lo haces porque el amor te empuja a evitarles el dolor que un día habitó en ti.

Pero existen noches en las que una duda se sienta a tu lado. ¿Y si al protegerlos tanto les robas la oportunidad de descubrir su propia fortaleza? ¿Y si las heridas que intentas evitar son, precisamente, las que les enseñarían a levantarse con el corazón más sabio y la mirada más limpia?

Sin darte cuenta, has ido cargando sobre tus hombros el peso de todos. Un peso invisible que nadie ve, pero que tus huesos conocen de memoria. Cada amanecer tu cuerpo habla un lenguaje nuevo: el de la fatiga, el del agotamiento que no desaparece con el descanso, el de los años que avanzan sin pedir permiso. Tus manos aún quieren sostener el mundo, aunque tus fuerzas comiencen a quebrarse.

Te gustaría ser eterno. Ser ese refugio al que todos pudieran volver cuando el viento aprieta. Pero incluso los árboles más robustos sienten el paso de las estaciones. Sus ramas se inclinan, su corteza se agrieta, y no por ello dejan de ser árboles; simplemente aprenden que ninguna raíz puede sostener para siempre el peso de todos los inviernos.

Y entonces aparece el miedo. No el miedo a morir, sino el miedo a caer y no encontrar el aliento para volver a levantarte. El miedo a que llegue el día en que ya no puedas estar para ellos... ni siquiera para ti.

Lo sabes. Lo has sentido en el silencio de cada noche y en el cansancio de cada amanecer. Sin embargo, sigues entregándote en cuerpo y alma, porque existen amores que no saben medir lo que dan. Se desbordan, se vacían, se ofrecen hasta el último latido, aunque el corazón les susurre que también necesita ser abrazado.

Quizá la vida no te esté pidiendo que seas invencible. Quizá solo quiera recordarte que el amor más puro no consiste en impedir todas las caídas, sino en sembrar alas donde antes solo había miedo. Porque llegará el día en que tus manos ya no puedan sostener las suyas, pero si les enseñaste a caminar entre la lluvia, seguirán avanzando incluso cuando tú ya no puedas abrirles el camino.

Y tal vez entonces comprendas que nadie deja de cuidar cuando aprende a soltar. Que el verdadero legado no es cargar con la vida de quienes amas, sino dejar en ellos la luz suficiente para que encuentren el sendero cuando tu voz se convierta en un recuerdo y tu amor permanezca, eterno, en cada uno de sus pasos.

Pero ¿qué pasa cuando lo sabes y, aun así, tu propio ser lo ignora? ¿Cuando simplemente no quieres ser de otra manera? Entonces no avanzas; te pones cortapisas y sigues adelante, aun sabiendo que, a pesar de todo, te enseñaron a cuidar hasta extremos inagotables, con todo lo que ello significa.

Y ahí estás, refrenado y angustiado, esperando que un milagro acabe con la desesperación de vivir anclado en los demás, sin tener en cuenta tu propia vida.
Se puede llegar a ser muy aprehensivo con los demás y bastante duro con uno mismo tan solo por miedo a soltar más de la cuenta. Un beso, Mayca.
 

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