Regina Bosque
Poeta recién llegado
El látigo de la muerte negra
fustiga mi espalda blanca.
Pobre flaca, no la odio.
Me da tristeza su soledad.
Un día en vida ella respiró.
Y caminó sobre la alfombra
verde, desnudndo las flores
con sus plantas blandas.
Pero en la finitud carnal,
el inminente regreso al
hueso descubierto es prioridad:
Pobrecita muerte, que viene ya.
Y no le temo, pues seré
su espejo al último exhalar.
No es su culpa la amargura,
sino del dulce de la eternidad.
¿Por qué se nos tienta
con un sorbo de feliz permanencia,
si un día llega el ciego oscruro
a extraernos la conciencia?
Muerte, yo te recibo forastera,
y te perdono los desmanes.
Pobrecita niña hambrienta.
Sola y melancólica llegas y vas.
fustiga mi espalda blanca.
Pobre flaca, no la odio.
Me da tristeza su soledad.
Un día en vida ella respiró.
Y caminó sobre la alfombra
verde, desnudndo las flores
con sus plantas blandas.
Pero en la finitud carnal,
el inminente regreso al
hueso descubierto es prioridad:
Pobrecita muerte, que viene ya.
Y no le temo, pues seré
su espejo al último exhalar.
No es su culpa la amargura,
sino del dulce de la eternidad.
¿Por qué se nos tienta
con un sorbo de feliz permanencia,
si un día llega el ciego oscruro
a extraernos la conciencia?
Muerte, yo te recibo forastera,
y te perdono los desmanes.
Pobrecita niña hambrienta.
Sola y melancólica llegas y vas.