mariano dupont
Poeta fiel al portal
YOLANDA (FINAL)
Un pensionista del hotel que observaba a la negra con gesto de chanza aparente y con curiosidad y miedo profundos dijo que iba a realizar la narración de un experimento ejecutado por el mismo.
...primero le arranco dos patas a una araña y le digo...¡Araña camina!... y con seis patas camina...y después con cuatro patas lo mismo, contaba el hombre, concluyendo con una nerviosa risotada.
Esto produjo una fuerte reacción en el fanatismo y la superstición.
La negra Yolanda cambio la expresión, se puso rígida y se mordió profundamente los labios...y su terrible y enorme mascota que llegó con las bananas, se puso en marcha lentamente...dirigiéndose por los oscuros pasillos a la habitación del imprudente y desalmado pensionista cuya crueldad surgía de su rechazo irracional a lo que suponía que lo amenazaba...
Esa noche el temeroso huésped estaba en su cama con dos profundas incisiones en su garganta y el colchón empapado goteaba lentamente en el piso mientras la horrible araña se retiraba con lentitud, tambaleándose con la barriga pesada y repleta de sangre. Y chorreando las fauces y los colmillos.
La negra Yolanda había estado toda la noche entonando su tétrica y aterradora letanía.
Se puso muy seria y estuvo realizando varios rituales en su habitación.
Y como hacían ancestralmente sus mayores, a la luz de la Luna, cumplió con el viejo rito basado en la creencia de que al comerse alguna criatura viva se adquieren las virtudes del animal comido.
La honesta y firme Yolanda no tenia muchas dudas hamletianas, decidía pronto y actuaba en consecuencia, mas rápido aun.
Se encontraba satisfecha por haber hecho lo debido y muy feliz digiriendo un montón de virtudes con su ritual de arácnida gastronomía.
La sangre bañaba sus labios y su mandíbula tensa y corría suavemente sobre su piel en una corriente leve que empapaba su cuello y ponía rojos igual que el ocaso a los turgentes y morenos pechos de la negra.
...por esos días nadie comió bananas...
...pero se siguieron escuchando por las noches...para quien quisiera oírlas...leves roces de patas por la habitación de la muerte...
Y algunos dicen que también se siguen escuchando los lamentos y letanías de la negra Yolanda por los rincones del silencio.
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Un pensionista del hotel que observaba a la negra con gesto de chanza aparente y con curiosidad y miedo profundos dijo que iba a realizar la narración de un experimento ejecutado por el mismo.
...primero le arranco dos patas a una araña y le digo...¡Araña camina!... y con seis patas camina...y después con cuatro patas lo mismo, contaba el hombre, concluyendo con una nerviosa risotada.
Esto produjo una fuerte reacción en el fanatismo y la superstición.
La negra Yolanda cambio la expresión, se puso rígida y se mordió profundamente los labios...y su terrible y enorme mascota que llegó con las bananas, se puso en marcha lentamente...dirigiéndose por los oscuros pasillos a la habitación del imprudente y desalmado pensionista cuya crueldad surgía de su rechazo irracional a lo que suponía que lo amenazaba...
Esa noche el temeroso huésped estaba en su cama con dos profundas incisiones en su garganta y el colchón empapado goteaba lentamente en el piso mientras la horrible araña se retiraba con lentitud, tambaleándose con la barriga pesada y repleta de sangre. Y chorreando las fauces y los colmillos.
La negra Yolanda había estado toda la noche entonando su tétrica y aterradora letanía.
Se puso muy seria y estuvo realizando varios rituales en su habitación.
Y como hacían ancestralmente sus mayores, a la luz de la Luna, cumplió con el viejo rito basado en la creencia de que al comerse alguna criatura viva se adquieren las virtudes del animal comido.
La honesta y firme Yolanda no tenia muchas dudas hamletianas, decidía pronto y actuaba en consecuencia, mas rápido aun.
Se encontraba satisfecha por haber hecho lo debido y muy feliz digiriendo un montón de virtudes con su ritual de arácnida gastronomía.
La sangre bañaba sus labios y su mandíbula tensa y corría suavemente sobre su piel en una corriente leve que empapaba su cuello y ponía rojos igual que el ocaso a los turgentes y morenos pechos de la negra.
...por esos días nadie comió bananas...
...pero se siguieron escuchando por las noches...para quien quisiera oírlas...leves roces de patas por la habitación de la muerte...
Y algunos dicen que también se siguen escuchando los lamentos y letanías de la negra Yolanda por los rincones del silencio.
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