Ania Kupuri
Poeta recién llegado
El centro se replegó helado y constante
a los brazos
a las piernas
a los ojos del dolor entre beso y beso.
Todo aconteció - Ardiente cambio -
Y nada se convirtió en oxígeno.
Ermitaño, sólo con sus soledades
renació de las angustias….
Los muros de la certeza
se derrumbaron aplastando cromáticos
a la vida placentera
y a los “siempres” evocados
como letanía en cada sol de luna.
Sepulcros andantes
que cantan entre las flores
que llaman al Tántalo: ¡Padre, padre!.
Todo se perdió…
El músculo que se aferra palpitante
al hueso que carcome
grita a la manera de los condenados.
¡Todo se perdió¡
Se arrastra la agonía, la fuerza debilita.
Y un rayo de luz emerge…
Nadie sabe de que lado de la aurora…
©
a los brazos
a las piernas
a los ojos del dolor entre beso y beso.
Todo aconteció - Ardiente cambio -
Y nada se convirtió en oxígeno.
Ermitaño, sólo con sus soledades
renació de las angustias….
Los muros de la certeza
se derrumbaron aplastando cromáticos
a la vida placentera
y a los “siempres” evocados
como letanía en cada sol de luna.
Sepulcros andantes
que cantan entre las flores
que llaman al Tántalo: ¡Padre, padre!.
Todo se perdió…
El músculo que se aferra palpitante
al hueso que carcome
grita a la manera de los condenados.
¡Todo se perdió¡
Se arrastra la agonía, la fuerza debilita.
Y un rayo de luz emerge…
Nadie sabe de que lado de la aurora…
©
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