Estás utilizando un navegador obsoleto. Puede que este u otros sitios no se muestren correctamente. Debes actualizarlo o utilizar un navegador alternativo.
No llames vida a esa llama fría que simulas prevalecer.
Oscura, vacía y perdida;
que se desvanece en el viento andante,
y carece de travesía segura,
tan solo un itinerario errante,
que permanece en atadura.
Es mentira decir que no le extraño.
Es más me duele el saber que no está,
pero que injusto sería de mi parte no dejarlo ir.
Murmuraba esa madrugada de invierno,
dónde la lluvia interrumpía esos fríos pensamientos
al tocar por su ventana.
Desperté, con la costumbre de cada día,
tomé una ducha, cogí el mismo suéter,
preparé un café, me senté en el sofá al lado de la ventana,
era la misma rutina, lo único que alegraba mi día es que al cruzar por la puerta, estarías a mi lado.
Valiente hombre de alma pura,
aquel que ríe, aquel que llora,
que sus sueños e inquietudes
se reflejan en la lucha de sus tinieblas.
Ese hombre con cicatrices profundas,
dejando huellas de sus cruzadas,
que mantiene viva la esperanza,
y el porvenir es su único anhelo.
Si, tú, valiente hombre...
Su mirada solía cautivarme,
él era perfecto, cada día al ver sus ojos
algo despertaba en mí, no sé, algo extraño,
como un sorbo de vida que creía haber perdido.
Cambié con la esperanza de tenerte,
cambié con la esperanza de abrazarte,
cambié con la esperanza que me amaras.
Cambié tanto, que al verme en el espejo
no me pude reconocer,
y desde ese instante ya no supe ni quién era.