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malco malco en El blog de Malco / El solar de la palabra. · · 0 comentarios · ♥ 0
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Claridad Claridad en Claridad Divina, lo que soy · · 4 comentarios · ♥ 1
Pueden tus dedos
pintar a lápiz
mis trazos.
Dibujar en medio del deseo
la esperanza de tus ansias,
que depositas en las líneas blancas
o en tus pretensiones oscuras.

El carboncillo,
sigue la misma señal,
demostrar al unísono
que el cuerpo también es poesía
y esta se escribe en verso
dependiendo del poeta.

Arte y piel en poema,
dibujo y persona en Eva,
los dedos pintan dulzura
mientras en la cama
permanezco
a tu espera.

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Robsalz Robsalz · · 0 comentarios · ♥ 0
- ¿No ha llegado el hombre a quien le lancé el beso?

- No – dije de manera natural.

- Qué raro, debió haber regresado.

- Pues imagino que no es cierto eso de que vienen y van – a Lucrecia pareció sorprenderle que el hombre no hubiera vuelto a la floristería.

- Seguramente es casado y es completamente fiel a sus principios.

- Eso debe ser.

Las flores de mi casa ya se habían marchitado, ni siquiera quedaba el aroma, se había esfumado. Deborah tiró el ramo tan pronto como se secó, no dio tiempo a que me despidiera de aquel detalle tan lindo que habían tenido para mí.

En cuestiones de romance yo no tenía muchas expectativas, después de los años de matrimonio, ya no esperaba que Alejandro fuera detallista, eso simplemente no iba a pasar nunca, a él no le importaba conquistarme, es como todos los hombres, cuando se casan, creen que la mujer debe mantener el interés simplemente porque sí, como si el matrimonio fuera un motivo ideal para que el romance desapareciera del mapa. También estaba pendiente la cena para celebrar los quince años de Gabriel, por fecha cumple el lunes, pero decidimos celebrar la cena el domingo, no invitó a ningún amigo a la cena, dice que eso de invitar gente es para las mujeres. Así que me tocó a mí buscar alguien más aparte de nosotros cuatro para cenar.

De esa manera, le dije a mis padres y a los de Alejandro, a Angélica, Cristina y Lucrecia. Mis padres tenían otro compromiso, la vela de uno de sus amigos, muerto por un paro cardiaco, por lo que pasarían a dejarle un regalo temprano al festejado. Yo luciría mis dotes de cocinera, el menú incluía arroz blanco con maíz dulce y zanahoria; carne de res en salsa, ensalada de lechuga con tomates y aderezo, un postre a base de gelatinas y un queque de chocolate que Deborah se encargó de decorar con crema chantilly y melocotones.

Angélica había estado ayudando con la carne, llegó temprano para evitar que el estrés se adueñara de mi cabeza (como si nunca ocurriera), así aprovechamos para hablar sobre el embarazo de Cristina y otros chismes que estaban a la orden del día.

- Menos mal que ustedes son sus mejores amigas – nos recriminó Alejandro – ¡líbrame, Dios!

- Precisamente por eso – le contesté – porque somos sus mejores amigas, nos preocupamos por ella.

- Yo creo que ya está bastante grande – añadió.

- No, Ale – le dijo Angélica – parece grande, pero es como una niña. Bueno, creo que esta comida está riquísima. Si me permiten voy a robar su ducha por unos minutos para estar presentable para la cena.

Entonces recogió su ropa, la llevó al dormitorio principal y se metió a la ducha, mientras Alejandro y yo terminábamos de preparar la cena. Casi de inmediato tocaron a la puerta, era Cristina, con mejor aspecto que la última vez que la vi en la floristería y detrás de ella, a pocos pasos venían los padres de Alejandro, que saludaron y se sentaron en la sala a ver televisión, luego llegó Lucrecia, para completar la lista de invitados al agasajo.

La cena estaba a pocos minutos de servirse, el queque, esperaba en media mesa, con quince pequeñas velas, Gabriel había ido a su cuarto para ponerse una ropa más decente que la que llevaba puesta (pantaloneta de fútbol y camiseta sin mangas). Angélica se sentía tan cómoda en casa, que dejó su ropa encima de la cama matrimonial, en nuestro dormitorio que está junto al baño. Y eso no habría significado nada, Alejandro estaba conmigo, pero había un pequeño detalle, Gabriel estaba ahí, observando la ropa interior de Angélica, husmeando.

- ¿Qué haces? – preguntó. El muchacho dio un brinco del susto, se quedó callado y sin decir nada, giró hacia donde estaba ella, de pie bajo el marco de la puerta, cubierta con una toalla - ¿qué haces? – y se recostó a la pared.

- Nada – respondió él, dándose cuenta de que había sido pillado.

- Me parece que haces algo.

Y entonces, hizo algo que sacó a Gabriel del guion, algo que el muchacho no preveía como posibilidad. Desvió su mirada hacia el pasillo, todos estaban en la sala o en el comedor, solo ellos dos estaban en el segundo piso de la casa.

- ¿Quieres ver la percha? – le murmuró, y acto seguido dejó caer la toalla. Gabriel estaba inmóvil, como estúpido mirando el cuerpo desnudo de ella, que se giró para que él terminara de conocerla. Sucedió lo obvio, Gabriel tenía la pantaloneta hinchada, era la primera vez que estaba con una mujer desnuda frente a sus ojos.

Entonces Angélica miró al muchacho y advirtió la situación en que él se hallaba, se colocó la toalla, se acercó a él que estaba frío debido a sus emociones y le habló.

- Anda – dijo colocando su mano sobre el hombro del muchacho – ve y te desahogas en tu cuarto, porque eso… - y señaló la pantaloneta – no lo vas a liberar en frente mío.

Gabriel no pudo mirarla a los ojos, estaba ido mirando la toalla que la cubría, ella la entreabrió y volvió a cerrarla, apenas para que él pudiera verla de prisa. Luego se acercó al oído del muchacho y le dijo:

- Feliz cumpleaños.

- Gracias – logró responderle él en medio de tartamudeos. Entonces salió, mientras que ella cerró la puerta para vestirse. Después de ese día, en dos ocasiones intentó Gabriel que se repitiera la escena, pero ella se negó, dijo que aquello había sido su regalo de cumpleaños y en caso de repetirlo, dejaría de ser especial.

También hubo otro detalle, no menor, en esta escena. Deborah estaba en su dormitorio, con la puerta entreabierta y observó todo lo que sucedió, sin perder ningún detalle de lo acontecido. Pero nunca delató a Angélica ni contó lo ocurrido a nadie, lo guardó para sí. Quién sabe, tal vez algún día podría repetir esa escena con el hijo de alguna amiga, ser la amiga sexy de alguna familia, como lo era Angélica. Durante la cena, todo estuvo tranquilo, tan tranquilo que parecería que nada anormal hubiese pasado, todos celebramos con música, algo de baile improvisado y recuerdos sobre el cumpleañero. Estábamos entre familia.
Katia N. Barillas Katia N. Barillas en EfÍmera ilusión · · 0 comentarios · ♥ 0
luna roja luna roja · · 4 comentarios · ♥ 1
La abuela ratona vivía en su cueva,
encerrada casi todo el año, sólo salía de vez en cuando a hacer las compras y ver a sus nietitos Thiago, Mía, Eliel y Fran, así...era casi feliz, porque había un nietito llamado Benjamín que no podía ver, ni abrazar, ni besar, ni contarle cuentos como a los otros porque la mamá del ratoncito no la dejaba acercarse a él.
Entonces una mañana la abuelita Gachy, decidió comenzar a escribir los cuentos para que Benja pudiera leerlos, algún día.

La abuelita Gachy se sentó en su sillita favorita, rodeada de papeles y lápices, y comenzó a escribir. La tinta negra se deslizaba por el papel, creando mundos mágicos y personajes fantásticos. La abuela ratona escribía y escribía, sin parar, mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

Escribió de un reino lejano, donde los ratones volaban en dragones de papel y los árboles daban frutos de chocolate. Escribió de un héroe valiente, que luchaba contra dragones y salvaba a la princesa. Escribió de un amor eterno, que superaba todas las barreras y hacía que el corazón latiera con fuerza.

La abuelita Gachy escribía para Benja, para que algún día pudiera leer sus cuentos y saber que ella lo amaba, aunque no pudiera estar con él. Escribía para que Benja supiera que era especial, que era un ratoncito valiente y fuerte, que podía conquistar el mundo.

Los días pasaban y la abuelita Gachy seguía escribiendo. Llenaba cuaderno tras cuaderno con sus historias, y cada una de ellas era un regalo para Benja. La abuela ratona se sentía feliz, sabiendo que algún día Benja leería sus cuentos y sonreiría.

Pero la mamá de Benja no sabía nada de los cuentos. No sabía que la abuelita Gachy estaba escribiendo para su hijo, no sabía que la abuela ratona lo amaba tanto. Y la abuelita Gachy seguía escribiendo, en secreto, esperando el día en que Benja pudiera leer sus cuentos y saber la verdad.

La abuelita Gachy siguió escribiendo, día tras día, semana tras semana. Los cuentos se acumulaban en su cueva, esperando el día en que Benja pudiera leerlos. La abuela ratona se sentía cada vez más feliz, sabiendo que estaba haciendo algo especial para su nietito.

Un día, la mamá de Benja se enfermó y tuvo que ir al hospital. Benja se quedó solo en la casa, sin nadie que lo cuidara. La abuelita Gachy, que había estado esperando el momento oportuno, decidió que era el momento de actuar.

Se acercó a la casa de Benja, con un gran paquete de cuentos en sus manos. Llamó a la puerta y, cuando Benja abrió, le dijo:

- Benja, soy la abuelita Gachy. He venido a traerte algo.

Benja se sorprendió al ver a la abuela ratona, pero la curiosidad lo llevó a dejarla entrar. La abuelita Gachy le entregó el paquete de cuentos y le dijo:

- Estos son para ti, Benja. Los he escrito especialmente para ti.

Benja abrió el paquete y se encontró con un montón de cuentos hermosos, llenos de ilustraciones y palabras mágicas. Comenzó a leer y se perdió en los mundos fantásticos que la abuelita Gachy había creado para él.

La abuelita Gachy se sentó al lado de Benja y comenzó a leer con él. Juntos, se sumergieron en las aventuras de los personajes y se rieron y se emocionaron juntos.

A partir de ese día, la abuelita Gachy y Benja se convirtieron en los mejores amigos. La abuela ratona le contaba cuentos a Benja y él le contaba sus aventuras. La mamá de Benja, al regresar del hospital, se sorprendió al ver a la abuelita Gachy y a Benja juntos, leyendo y riendo.

- ¿Qué pasa aquí? - preguntó.

La abuelita Gachy sonrió y dijo:

- He estado escribiendo cuentos para Benja. Quería que supiera cuánto lo amo.
La mamá del ratoncito, se enojó mucho al ver a la abuelita Gachy con Benja, leyendo cuentos juntos. Se puso roja de ira y gritó:

- ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Te he dicho que no te acerques a mi hijo!

La abuelita Gachy se sorprendió y se asustó un poco, pero trató de mantener la calma.

- Solo quería darle algunos cuentos que escribí para él - dijo, mostrando los cuadernos.

La mamá del ratoncito se puso aún más furiosa.

- ¡No te atrevas a acercarte a mi hijo! ¡No eres una buena influencia para él!

Benja, que había estado disfrutando de los cuentos, se asustó al ver a su mamá enojada y comenzó a llorar.

- Mamá, no... - dijo, tratando de calmarla.

Pero la mamá del ratoncito no se calmó. Se acercó a la abuelita Gachy y le dijo:

- ¡Vete de aquí! ¡No te quiero ver cerca de mi hijo nunca más!

La abuelita Gachy se sintió herida y triste. Se levantó y se fue, dejando atrás los cuentos y a Benja llorando.

La mamá del ratoncito se quedó con Benja, tratando de calmarlo, pero el daño ya estaba hecho. La abuelita Gachy se fue a su cueva, llorando y pensando en lo que había pasado.

La abuelita Gachy se sentía triste y sola sin su Benja. Sabía que tenía que hacer algo para volver a ver a su nietito, pero no sabía qué.

Después de mucho pensar, decidió escribir una carta a la mamá del ratoncito, explicándole cuánto amaba a Benja y cuánto deseaba estar con él. La carta decía:

"Querida hija,

Lo siento mucho si te he ofendido. Solo quiero que sepas que amo a Benja con todo mi corazón y que solo deseo lo mejor para él. Los cuentos que escribí para él son un regalo de mi corazón, y no tenía intención de hacerte enojar.

Por favor, ¿no podemos hablar de esto? Quiero ver a mi nietito y saber que está bien.

Con amor,
Abuelita Gachy"

La abuelita Gachy envió la carta y esperó ansiosamente la respuesta. Pasaron los días y finalmente recibió una respuesta de la mamá del ratoncito.

La carta decía:

"Abuelita Gachy,

Lo siento también. Me he dado cuenta de que he sido demasiado dura contigo. Sí, puedes ver a Benja, pero por favor, no le digas nada que lo confunda.

Ven a visitarnos mañana a las 3 pm.

Con amor,
Mamá de Benja"

La abuelita Gachy se sintió feliz y agradecida. ¡Podría ver a su Benja al día siguiente! Se pasó el resto del día preparando regalos y cuentos para su nietito.

Al día siguiente, la abuelita Gachy se dirigió a la casa de Sole, la mamá del ratoncito, con el corazón lleno de emoción. Al llegar, Sole la recibió con una sonrisa y la invitó a entrar.

- Pasa, abuelita - dijo Sole. - Benja está en su habitación, jugando con sus juguetes.

La abuelita Gachy se dirigió a la habitación de Benja y lo encontró sentado en el suelo, rodeado de bloques y coches de juguete. Al ver a su abuela, Benja se levantó de un salto y corrió hacia ella, abrazándola con fuerza.

- ¡Abuelita! - gritó Benja, con una sonrisa de oreja a oreja.

La abuelita Gachy se sintió llena de alegría y lo abrazó con fuerza, besándolo en la mejilla.

- ¡Mi querido Benja! - dijo, con lágrimas en los ojos. - Te he echado tanto de menos.

Sole se acercó a ellos y se sentó en el suelo, al lado de su hijo.

- Abuelita, quiero hablar contigo - dijo Sole, con una voz suave. - Me he dado cuenta de que he sido demasiado dura contigo. Quiero que seamos amigas y que Benja pueda verte más a menudo.

La abuelita Gachy se sintió aliviada y feliz.

- Me encantaría, Sole - dijo, sonriendo. - Gracias por entender.

A partir de ese día, la abuelita Gachy y Benja se vieron más a menudo, y Sole y la abuelita Gachy se convirtieron en buenas amigas. La abuelita Gachy siguió escribiendo cuentos para Benja, y él se los leía con entusiasmo, sabiendo que su abuela lo amaba con todo su corazón.

Moraleja

La abuelita Gachy y Benja se merecen ser felices juntos.
La familia es importante, y el amor y la comprensión pueden superar cualquier obstáculo.
Espero te haya gustado esta historia
¡Gracias por leerla !
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