1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el tercer número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación
Color
Color de fondo
Imagen de fondo
Color del borde
Fuente
Tamaño
  1. Hay agua azul en el arranque

    un sistema contraído de pedales

    un lago inmenso de motores corroídos,

    una luz diminuta infinitamente parpadeando,

    en los talleres donde el cielo y la tierra

    se encuentran y se hallan, astutos y venerables.

    Algo que permanece, quizás una roca de cuarzo,

    un inventario de piezas sueltas dinamitadas,

    esparcidas por el suelo, resplandece a lo lejos,

    intentando disimular su hedor a putrefacción.

    La grasa imperdible, como en un charco,

    o en botes herméticos, de cierres sutiles,

    la goma básica cimentando posibles muestras

    de algodón sintético. Ebriedad de polímeros inflamables:

    caparazones de cuerda metálica rotos.

    Guitarras emergidas de la penumbra empeñándose,

    acicalándose, para tamaña oscuridad: proezas

    del viento arañando los árboles, distribución

    del invierno entre esporas y poleas destrozadas.

    ©
  2. Son rostros que van dejando atrás

    lágrimas, enfoques, tristezas esparcidas

    por pozos insondables de aguas frías

    y quietas. Son insomnes peces cuyas

    escamas perciben la gélida atmósfera:

    trituradas espinas, rancios esqueletos,

    racimos impresionistas de bodegones

    antiguos. Todo, se deja llevar hacia su fin.

    Razones que fueron todo y ahora son nada,

    lágrimas envueltas en amonestaciones diversas,

    no intentes esto, no lo hagas, rectificaciones

    acumuladas que conquistan espacio y peso

    en el cuerpo. Demolidas las expansiones hermosas,

    de antes de los detalles higiénicos,

    de las cinturas abandonadamente ágiles y elásticas.



    ©
  3. Odio al venerable anciano

    de tan vetusta longevidad

    hastiado del vértigo celebrado,

    antes, cansado de la vulgaridad.

    Desprecio al decrépito juez,

    con lentitud de algoritmo ilógico,

    hasta quebrar las rodillas atónitas,

    dispuestas a rebelarse contra la humedad.

    Es aquí el silencio, la marmita oriunda,

    donde se proyectan las sombras del agua

    ante del fin de los pálidos planetas.

    Es aquí lo elemental, el frío de las raíces,

    la dentadura bellamente acorralada, el cáliz

    contradictorio de ausentes testimonios.



    ©
    A Francisca Avaria Muñoz le gusta esto.
  4. El corazón busca salvaje otras palabras, lejos de esas palabras, de todos los días. Busca la esencia mezclada distante en la observación de un horizonte indefinido. La escalada glacial, el ímpetu incomprensible, la metafísica envuelta en ritmos tribales. El corazón desincentivado busca lo inaprensible, alejado de esas búsquedas rutinarias, de números de teléfonos y persianas cerradas alrededor. De encomios insufribles a los ejércitos. Lejos, el corazón busca.
  5. Estoy tan acostumbrado a vivir

    de cualquier manera, y a ser nocturno

    entre jardines de malas hierbas, que

    procuro no vivir de día, aconteciendo

    de noche, el escueto símbolo de mi alma

    y de mi carne. Mi cuerpo es un saco

    al que los hostales de mala muerte,

    le han tomado la medida. Mi espíritu,

    una biblioteca en movimiento,

    que discute sin dudarlo con cualquier

    camarero. Mientras las víboras de mi ciudad

    alardean de su hijo ingeniero, yo escucho

    el rugir metálico de las aguas de alcantarilla.

    Así que, dispara si me ves, y sal corriendo:
    soy la venganza.



    ©
  6. Es febril en su anarquía.

    Tristes, los gatos meriendan valentía.

    La agonía pretendida salió de sus zarpas

    como un dolmen o una odalisca.

    Tristes, los ánades fabrican melancolía.

    A altas horas de la madrugada, un cansancio

    de ideas visita los hornos preferidos de las panaderías.

    Tristes, los gatos emulan su cuello impávido, de cisne.

    Las merendolas, los altos chopos altivos, de la ribera

    y de los ríos que flotan, con sus aguas protegidas.

    Tristes, los gatos lloran su próspera mancebía.

    Las algarabías y los pescuezos rumiantes

    celebran su aproximación a la inmortalidad.

    Un cesto de insectos produce la eternidad de una mosca.

    El sensato oligarca transmuta los peces en ríos fluviales.

    Bajo palio se esconden los rosáceos animales vertebrados.

    Tristes, los gallos aúllan tras el graznido del último lagarto.

    Las consejeras del alba, apoyan los latidos con grandes alharacas.

    Laúdes herméticos forman arrecifes de recuerdos y memorias.

    Lúgubres matemáticos asesinan la última posibilidad de los idiomas.

    Ahora, los poetas comen del imperio, hay un paseo por las rondas

    con macetas de cansancio.

    Antes, había muros con polvo blancuzco orinado con leche de galaxias.

    Tristes mármoles inundan los armarios con sus muslos y esqueletos de sangre.

    Dormitan a la orilla, patos grávidos de atmósferas ideales.

    Tristes, las aves mueren para que sus madres les den trocitos de cuarzo y ron.





    (Algunos cadáveres murmuran muerte para los urogallos.

    La saliva que gastan en meditar junto a la eterna calavera,

    les da para dar limosna o propina.

    Alguien tan esbelta como usted, no debería pisar

    una sola hoja de hierba.

    Las tráqueas están para ser solicitadas por correo)



    ©
  7. Hay allí un orificio

    la luna entromete sus largos perfiles

    como en avanzada simultánea

    los cabellos tejen su hilo delgado

    a la luz de la luna.

    Hay perfiles de hojas quietas

    como en un bálsamo las horas insisten

    instantes exactos que pasaron, como

    suele hacerlo una voz o un eco.

    Allí miro y existe poco

    poco de todo aquello que dibujé

    en un completo abordaje

    de tentativas hiladas o hilarantes.

    Las tejedoras del martirio

    las acémilas blancas como muros enyesados

    rinden su cuello oscuro

    en estas noches de terraplenes de arena, altos.

    (En los labios llevo siempre

    tu hoja altiva de yerbabuena.)

    ©
  8. Tenemos miedo

    la sombra siempre está ahí

    los tenedores forman marchas fúnebres

    con el pequeño corazón socrático

    que les queda, el resto, es una humillación

    constante. Mil diatribas, para qué todo esto?

    Visito una vez más

    las tumbas de anémonas

    de mis abuelos paternos, una vez más.

    Inventario de suicidios.

    ©
  9. A quién importa mi voz?

    Esta noche de multitud de estrellas

    copando el cielo con la lentitud

    de su osadía, estrenando la paralela

    de las ciudades, con su eternidad

    mezclada de luces sobre garajes harapientos,

    me instan los ecos indefinidos de otras

    voces ya desvanecidas, como un ulular

    polvoriento de voces en multitud derribada.

    Tanto me he perdido, que

    cómo voy a encontrarme?

    Ahora, mientras observo en la página,

    cómo ésta mezcla letras y lágrimas,

    la vieja canalla busca el aliento en mis

    besos. Sí, la vieja canalla....©
  10. Hermano de la noche

    en su arrebatada forma perpetua

    donde convergen polvo milenario

    sobre ataúdes de forma dispersa,

    con ojos sin velos

    fornico junto al fuego del lago

    suspendido de empleo y sueldo

    patrono agrimensor de las cópulas

    indecentes.

    Con ojos veo la noche

    atrapada en su cuenco universo

    reciente forma contenida

    en su mano adolescente y enjuta

    lunas adversas se posan

    con su soledad bien empapada

    en vida o en muerte.

    Y otros ojos me vigilan

    en la llanura o en la meseta

    calculadores de un cuerpo que descubren

    en mitad de un descampado virulento.

    No es sólo espesura lo que ven

    estos ojos a lo ancho de los manantiales

    también ven lo molesto del llano

    las hebras del heno incinerado

    lo que promueve el invierno

    como una novia que se excita.



    ©
  11. Mi sueño inconfesable es llevar al altar a mi hijo...
  12. Sometiendo imperios diversos

    en la luz establecida por desacato

    testimonio el enardecimiento exiguo

    la materia viril de mi propio nombre

    indigente y esquelético. Soy un hombre

    entre más. Procedo a desmantelar

    mi ira versátil y expresarme en signos

    herméticos. La lluvia de estos días,

    precede al instinto, y dulcifica mi existencia,

    cuya esencia no deja de ser la del castigo.

    La gente bromea, escupe al abismo de los ceniceros, o rompe su mamotreto ridículo

    por las alcantarillas sombrías llenas de agua.

    Yo dudo, y falsifico mi vida en remotas

    frases inasibles, descalifico a los dioses

    y me liberto de las trenzas que recubren

    mis tobillos, entrelazándolos.

    A qué puedo llegar, Dios mío, si estoy

    tan triste que apenas saco tiempo

    para acordarme de quien fui?



    ©
  13. Era la noche

    un cuerpo reciente y humano,

    templo oxidado, de repente,

    triste, solidariamente recuperado.

    Era la animosidad de los vestigios,

    la celebración imposible de los mitos,

    un naufragio como de voces y de ecos.

    Eran las noches

    suaves brisas adormecidas,

    ese cuerpo blando de las cosas dinámicas,

    esa leve majestad de los días ordinarios

    pero felices.

    Ahora, de noche, todo su martirio

    antiguo, abre sus piernas y prostituye

    ecos, voces, trampas, estrategias, que dominan

    su pureza de antaño.

    ©
  14. Tarde, muy tarde se me está haciendo

    para

    esperar algo de mí. Algo que no esté

    suciamente contaminado, o dormido, o

    avasallado. Tarde, muy tarde para todo eso.

    Como tarde se me hizo para escapar de la escuela

    que odiaba

    y darte un beso.

    Tarde, definitivamente tarde, respiro y humillo

    pidiendo

    certeza tras certeza, aire ardiente, colmena a colmena,

    el paso triste y ciego de lo indubitable.

    Pues se hizo tarde para enumerar las capacidades,

    para albergar esperanzas o renovar enseres, facultarse

    de propiedades, y dormir junto al cuerpo amado.

    Ahora queda el escorpión de las tardes,

    el incalculable deseo de los días, pasando tarde

    por las calles, por los coches, por las radios.

    Tarde, tarde, se me hizo para esperar

    algo de mí.

    ©
  15. Hay tobillos sacrificados al desdén hermético de la lluvia, una apaciguada mirada de carbón eléctrico que funciona a medias bajo la eterna combustión de un pez marmóreo, existen diminutas formas oblicuas cuyo dedal ignominioso profiere los más graves insultos, y propiedades acuáticas de orden secular. Hay materiales grabados a fuego como serpientes efímeras en el cuello de las calles sangrientas, un millar de desaparecidos cadáveres que penden de sus hilos magnéticos, trituradoras imparciales, vestigios de amantes que esconden su sanción al crepúsculo. Una nube de alcohol y un dibujo sublime estereotipado, la fortaleza de una canción susurrada en murmullo, y un vetusto armario que empotra las esperanzas tras sus secuestros supremos. Los espíritus indolentes fabrican sus ocultos desprecios antes de las amarillentas temperaturas, mientras la fiebre, responde a los iris con sus mayúsculas dilatadas. En lugar de un roble cansado, de un cielo pernicioso, latitudes somníferos y distancias inasibles buscan el terciopelo terrestre cuando el cuello de las disnea ha quebrado sus documentos tardíos. Los asesinos clementes venden a sus mujeres por un litro de absenta, y la mayoría de los astros elige ver el canal de televisión más próximo a su vecindad. La escuela desdice lo afirmado por los progenitores y el espacio licuado de una nevera exige tributos peculiares al pez que escucha y radia sus alabanzas. Los niños ocultan su sombría eyaculación de pana y agua, y sus muslos apenas reciben órdenes cuando el sol ha apagado sus tristezas diáfanas. Hay un recelo insomne en las catedrales atestadas, donde duermen un millón de dentistas próximos a los violadores destronados de sus hijas y herederas, un calor de sótano invaden los dientes del moro que vende sus flores imantadas de perfume.

    Escuchen, escuchen, lágrimas del mono más fiel a sus aposentos, un circular emético que provoca la emancipación del oficio, y una recta testigo que elude hablar de la percepción de su felino. Perspectivas y solteras, halagos y vaivenes, cubatas y pérfidos de estantería colectiva; un radio de hojas secas que penetra el oído con sus filamentos de oro, con sus fibras mortuorias, y una placa de finas sedimentaciones opacas que resguardan un ámbito más bien profano.

    Hay la cordura enajenada y el palacio de las altas hierbas dormidas

    un segundo de ternura y un pecio que embarranca distante

    las termitas adeptas a Moctezuma, un río de balsas agresivas.

    Están los altivos montes y las escopetas bien cargadas

    avisando su pólvora de dientes color azufre.

    ©