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  1. Dice la luna

    canta el pájaro en su bruma,

    inquieto perturbado o ebrio

    de fama celebridad o desacierto;

    familias completas te veneran

    oh, pájaro de las indecisiones,

    tu terrible pronóstico alberga

    mi venganza con su patético anillo

    tirado al fondo de un pozo de agua

    amarilla. La incertidumbre

    maneja sus depósitos de angustia

    lejos de los manantiales de recreo

    de mi infancia. Oh, eternidad, tan

    distante, ¿cuánto cuesta meterse

    en tus telas de doncella?

    ©
  2. De pequeño ya apuntaba maneras.

    Fiscalizaba tanto actitudes como aptitudes,

    envidiando torpemente a los que en ello

    se pulían y destacaban.

    Falsos modales de campesino, manos curtidas

    en los más elementales y sucios juegos.

    Mirada vidriosa, de observar lento;

    de caminar pausado, exiguo, austero.

    Su pedantería obvia, su sentido común,

    repulsivo; su sensatez, estrecha y desapacible.

    Elegía invariablemente lugares comunes,

    dinteles que ofrecían una repugnante muestra

    de la calidad de su pensamiento.

    Escoba de ciertos temperamentos disolutos,

    que en poco o en nada se le asemejaban,

    ninguna duda ni cavilación extrema perturbaron

    jamás sus días.

    Fue fraudulento hasta en la profesión elegida:

    falto de coraje, de tesón y de disciplina,

    pronto sintió la llamada a filas

    de la benemérita. Poco más puedo añadir,

    sólo que, a Dios gracias, ya no le veo:

    ni me estimó en lo que era, ni yo

    devalúe un ápice su fútil discurso. Más, no

    nos podemos pedir.



    ©
  3. Esto es lo que soy:

    un trozo de vida permanente y protegida,

    una garra, hercúlea y carcomida, penetrando

    las sombras del mediodía,

    un rectángulo fosforescente que invade

    islotes e islas, un glacial navegando

    inmóvil en un mar vegetativo,

    las sobras de un banquete desesperado,

    el pescuezo iracundo de las olas,

    los fósiles encontrados por una mano amiga.

    Desinventariado, mi consulado de nieblas

    yo practico. Esto es lo que soy:

    carne en apariencia, luz de taberna,

    ciudad desvanecida, fundada en la penumbra,

    centinela en la noche siempre vigilante,

    rocío que quiebra las pestañas, escarcha

    que promete cóleras de amanecida.

    Rectángulo ofensivo que acucia

    llamas encendidas, transcurso, sí,

    con una importancia. ©
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  4. Oh pudren palabras convencidas

    en su prurito natal las alcahuetas

    celestinas, refulgen con sus brillos azarosos

    tristezas omitidas desde el parto, destellos,

    azogues, fogosas mentiras, falaces dicterios:





    en tu hombro sutil y rodeado

    compañero, por amenazas derribadas

    contrariedades pacifistas, la cuerda

    que perturba con su imagen, estalactitas

    de carbunclo diseñado:







    busco, en la perforación inédita,

    un intruso militar, la venérea selva

    constatada en los abrojos incendiados,

    en las destartaladas zonas convulsivas

    donde adolecen mis miserias y las tuyas,

    al fin, reorganizadas:





    Oh, pudren, dignifican la palabra

    profana, el súbdito aquel que mantuvo

    su analfabetismo en perpetuo secreto,

    reyes vociferando sus proclamas y sus ripios

    certeros.





    ©
  5. De rutina llevo el cuerpo lleno.

    De hambre de otra vida y de blasfemias

    a lo lógico. De sótanos de agua

    y de estanques primaverales, mi alma

    no se cansa, aunque sé, que miento.

    Soy como un leño baldío e inflado.

    Soy ese mismo leño cuyo crecimiento

    no vale nada. De monotonía, y de hambre,

    llevo mi cuerpo lleno.





    ©
  6. Golpeas el cuerpo

    y surge el agua, de improviso,

    como un charco de estrellas,

    o como una cesta de diagonales acequias

    que se transmutan y se pierden en lontananza.

    Horizontes que conservo

    en mi vista delicada, sombras

    que ejercitan su memoria de flor

    en mi vida: te llevo, dentro del agua.

    Dentro del agua, te llevo. Madre.



    ©
  7. Como un buda parapetado

    tras grupas fantasmales y

    ruidos de sables incendiarios;

    como un lagarto en el tiempo,

    escurridizo y banal como una

    bodega desamparada. Como

    una loción capilar que de nada

    sirviera, como la calvicie errante

    de algún volado sonado y de bandera.

    Como el mono sabio de mi monopoly,

    como la cárcel antigua de Valencia.

    Como la sonrojada adulación

    de un príncipe a su princesa,

    como el maquinal desparpajo

    con que se visten algunas ninfas

    Ifigenias.

    Como el loco que siempre quiso

    mantener a raya a la tristeza;

    como el baluarte intacto de

    los cráteres en primavera.

    Como los periódicos con que

    desayuna mi portera.

    Del país de mis ardores,

    españoles y españolas, dictadores,

    dictadoras; de economías febriles

    y domésticas, pasadizos y túneles

    de lanzas bien dispuestas.

    Como el segundero de un maniquí,

    como la mano de Fátima de algún marroquí,

    como el islamista suicida que presume de

    sus hazañas en mitad del desierto.

    ©
  8. Si no escribiera este poema

    seguramente estaría vendiendo

    pedos encima de una motocicleta.

    Subido a ella, por ejemplo, daría

    el do de pecho intentando escurrir

    el bulto contagiado de viruela.

    O pretendería la mano de cualquiera,

    de cualquier cualquiera, que estuviera

    en posesión de la santa verdad.

    Deduciría de mis paraísos fiscales,

    la parte tributada del concepto.

    Reinaría en una estufa de hielo o

    convocaría elecciones en una marmita

    de cieno, relamería los ecos

    de tu angustia sin sorber los mocos

    de la tragedia. Sería el druida

    perfecto, la bruja del Norte, conquistada

    a los moros, el final de la odisea

    de un Homero descarriado y pintoresco.

    Si no escribiera este poema, estaría

    seguramente pensando en ti, y esto

    me obligaría a empapar de gasolina

    las cenizas del pasado.

    ©
  9. Siglo de ruinosas tiranías

    de democracias absorbentes,

    de bromuro en las papilas,

    de cansancio en los deberes.

    De la tarde, tres peces

    de colores, de la noche,

    mantas de franela para

    la funda del coche. De

    la mañana, mejor tirar

    de escoba y pala, que

    está el tema para otra cosa.

    Siglo de aburridas disertaciones,

    de constancias inconstantes,

    de planes irreales y combates

    ficticios; siglo de oropeles

    y haraganes, de cornudos,

    pajaritas y rimas rimbombantes.

    Estrenemos, cada día,

    la savia bruta y fría,

    la gélida leña cortada.

    Tengamos en paz la siesta,

    es lo único que nos queda.

    ©
  10. Siglos de ruidosas tiranías

    de esqueléticas hambrunas

    de desidias y molicies

    de documentos partícipes

    de molestas decisiones,

    siglos de ruinosas oligarquías

    de protestas en la calle

    de manifestaciones acaecidas

    en lindas procesiones,

    de millares de voces

    secuestradas a la pureza.

    Siglos de emancipaciones,

    de yugos invertebrados,

    de invisibles apologías,

    de sensateces absortas,

    de conmutaciones de pena,

    de alegrías inexactas.

    De tristezas en la autopista.

    Siglos de invariables promesas,

    de reinados del miedo, de

    sangrías en los hospitales,

    de mesas redondas utilizadas

    como campamentos médicos

    improvisados, siglos de huecos

    en el estómago, de gente inválida,

    sin apariencia de ser.

    Siglos de imperceptibles latigazos,

    de estrellas rodantes, de brazos e hipocampos,

    de retaguardias cubiertas por lazos invencibles.

    De aves guarnecidas por los blasones del campo.

    Siglos, siglos, siglos, de polvo, de ceniza,

    de risas acantonadas en el lodo de las avenidas.

    Y siglos esperando un conato de rebeldía,

    de revolución verdadera, para nada, para nadie.

    ©
  11. Hoy todo me sabe a muerte.

    implacable y voraz. Vendimiando

    con su hoz la lengua y los párpados

    miserables y lánguidos. La muerte

    puede ser un torniquete; también

    la hemorragia definitiva. La maquinaria

    funda sus fachadas en el extravío de la mente;

    yo, me absuelvo de emitir juicios: veo

    demasiado, creo en exceso, vivo por vivir.

    ©
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  12. Exhaustos tanto de belleza

    como de su contrario, el horror,

    a partir de ahora, ¿qué nos espera?

    Habitamos la noche; la incomprendimos.

    Duramos al día, la fastidiamos.

    Uncidos al carro eterno,

    vemos pasar el tiempo que

    nos devora.

    Poco más podemos hacer.

    Sólo maldecirnos y ocuparnos

    de otras cosas.
  13. Ah sí existen los sonidos

    Los maravillosos sonidos

    El ruido interno del exterior

    Lo que acude en salvamento

    De una patria interior hundida.

    Ah sí, son los sonidos característicos

    De la lluvia, del sol, la brisa, el aire,

    La nube concéntrica, el rayo inverosímil,

    Los pétalos rociados de gasóleo, ah, todo

    Esto existe, fuera, lejos de mí, en el trecho

    Que va de mí a mí. Las plegarias pagarán

    Un alto precio por celebrar la miseria que

    Circunda el estanque, para siempre detenido.

    ©
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  14. Y qué tristeza da dejar las cosas

    de lado, cuando sucede el verano

    y las tiendas de enfrente se llenan

    de secuaces militares olvidando

    repentinamente el pasado, de ambulantes

    colegialas que reiteran su pacto insufrible

    con el tiempo, es retirar el vendaje

    de las cosas, las ocultas, verlas

    con melancolía. ©
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  15. Desnudo los ecos de tu voz.

    Frágil amazona despierta lejos

    de las áreas de los instintos dormidos.

    Despojo los ecos de la luz.

    Lejos, en cartesianas amistades,

    en ambientes distinguidos, cerrados

    sobre materias viles de cuerpos

    acariciados y apergaminados.

    Lejos, como la tremenda voz

    del agua sobre los delgados tejados

    sin eco. Lejos, como la materia

    insistente de la luz. De esta frágil

    luz de estrella que firman mis versos,

    esta noche, apaciguado, como siempre.







    II-.







    Llevo el cuerpo con orificios.

    El sacrificio oriundo de las serpientes

    válidas para el goce o el apasionamiento

    nocturno. Llevo los ecos de la voz,

    gastados, entarimados, prometidos,

    sobre las gárgolas adormecidas

    de los pétreos golpes de luz del agua.

    Llevo el cuerpo en sacrificio, más

    allá de las estrellas, más acá de los

    rincones. Escucho tu voz. En los hospitales,

    en las memorias disuasorias

    de los elementos constitutivos de la arena.

    Llevo el cuerpo lleno de martirios.

    Y tu voz se me revela como una porción

    mínima de sol y de agua, de luz y de arenisca

    cálida.





    III-.





    Entonces, los ritmos se acompasaron,

    fluyeron los sueños atroces, las despedidas

    los adioses; se otorgaron miles de fibras

    conquistadas a los dioses, tabernas frecuentaron

    tu espacio de leyenda. Las cartas,

    empapadas de arena, de agua y sol,

    de sólidas materias de cuerpos vírgenes.

    Es entonces, mientras los papagayos

    enuncian sus cometidos bárbaros, cuando

    los latidos buscan sus asperezas por los líquenes

    apaciguados, en tanto los libros se cuelgan

    de los árboles nocturnos. Las ramas bostezan,

    los cables se extasían, y en mayúsculas,

    el hombro llora su protección indefensa.

    Cuando las miradas se buscan, y encuentran

    su propio sólido desecho, es cuando

    los aspersores hallan líquido el cuerpo

    devastado por los goces. Y es entonces,

    en las multitudes apasionadas, en los latidos

    enajenados por las bestias conyugales,

    se miran, y se encuentran

    las carreteras aturdidas de oscuros vencejos.





    IIII-.





    Los latidos siempre me encuentran,

    y hallan su ínfimo cometido, lejos

    de sangres obstruidas, de remansos

    de piel suave y añadida. Siempre

    me encuentro en esta encrucijada,

    voces, ecos calcinados, suspendidas

    materias vírgenes, lociones capilares,

    y ese torpe ensueño de las matemáticas

    y de los vagones de tren vacíos.

    Hallo el margen de silencio propiciatorio,

    la incandescente llama de azules pilas,

    las lámparas ardiendo de insectos o de

    contenidos deseos confusos. Hallo

    la glacial mirada del profesor, su sutil

    amaneramiento, la letanía suicida

    de sus lentes inclinadas.



    ©
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