1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación
Donde doy cabida a otros poemas de carácter menos exigente. Un enorme abrazo a todos los que están por ser!!
Color
Color de fondo
Imagen de fondo
Color del borde
Fuente
Tamaño
  1. Se va haciendo de noche, y nadie, clava un cuchillo en mis venas. Mis hijos andarán despacio toda la noche, pensando quizás en por qué no han nacido, estériles. Como en círculos o en vastos territorios, mi vida ha caído en el olvido. Me olvidan las manos que titubearon al recogerme. Los odios sinceros que mantuvieron su compromiso tantos años, tanto tiempo. Yo veo, y veo. Rosales erguidos que sostienen en sus puños un nivel de azufre interminable e insoportable. Misterios inútiles, miembros cercenados, orinales de miseria volcados sobre los omóplatos. Hombres, mujeres, pequeñas manchas pálidas, dentro del día o de la noche. Vástagos de un sueño más azul y omnipotente. Y ese sonido como de campana en lo alto del monte. Y esos baúles que guardan el olor a almizcle de la madrugada desierta. Son sombras, voces, ecos, nocturnos barcos que se deslizan por las extremidades hasta ahogarlas, hasta estremecer los miembros escuálidos que forman un brazo en su sueño. Las difuntas flores conservan el formol del trozo de piedra que les tocó en suerte. Los aerosoles disparan su red ámbar sobre el portalón de entrada. Las maderas huelen a perfume cuando el sol las calienta.





    ©
  2. La noche es un magma denso, donde se ocultan todas las voces. Quedan delineadas por sus antiguos ecos de esperanza o desesperanza, y las aves que gritan su celo por las avenidas, mantienen el corazón preso de una anarquía. Mi corazón ahora se ha cerrado y, aunque lo pusiera a auscultar el asfalto, su sensibilidad le haría caer de bruces contra el pavimento. Es un suceso cotidiano que las leyes de la hermenéutica sufran de agonía irremediable. Su aventura terminó en sus brazos llenos de sirenas. Yo destilo lo profundo de mi propia esencia. Y los cambios, las sanguijuelas del corazón, no obtienen más que sangre codiciosa y marcas en la carne. Yo violento el mundo con un solo manotazo. Y dignamente tiro de las luminosas hojas, hasta alcanzar gorriones en su nido. Mi hermano duerme. No sangraré por decisivos combates de luz ciega. Poblaré los enigmas para descubrirme ante el vacío. Como una roca mi corazón se ausenta ante las adversidades. Y se cubre de egragópilas y de pintura blanca ante el advenimiento de la noche con su luz lechosa. Hay un moribundo precipitándose por todos los recodos de los ríos. Y alguien que abandona su éxtasis por las laderas de los montañas. Un agua que suele bautizarme, demasiado densa como para poblar de nuevo el alma. Se exige que el pecho sea mortificado. Y las piedras de los lechos nuevamente molidas por el viento y sus ruedas. Una oración pequeña determina el golpe en los ojos podridos. La yema de un huevo de cernícalo concluye su etapa y cierra el agua del alma.



    ©
    A Adrián González Diez le gusta esto.
  3. A mí me hubiera gustado

    beberme esa botella, hermano

    y tirar los dados más elementales

    y arrojarlos lejos de mí

    y esquivar las miradas de animales

    y tener los dedos doblados por la perfección

    y ocultar los labios bajo litros de alcohol

    y mantener la saliva caliente apretada junto a mi cuerpo.

    A mí me hubiera gustado también.

    El casco rompiendo contra las paredes

    y los ascos de la cerveza caliente repartidos

    por el suelo. Pero no se prestó la ocasión.

    Tuve que rejuvenecerme y mirar de frente

    la náusea y la rendición sin tregua

    en que consiste ésta y todas las vidas-.



    ©
    A Lorelizh Beye le gusta esto.
  4. Yo diré en voz alta

    aquello que me persigue

    y apenas deja tregua mientras,

    su llama infernal, conquista

    cada gota impura de mi oasis.

    Es este original baile de disfraces

    continuo

    el que arremete contra mí y mi pecho

    otrora

    indiferente. Son los puentes

    destinados al comienzo de la vida,

    los que peligran, los que están en juego.

    Son los sagrados hilos de los que pende

    la vida

    los que aparentan ruina.

    Diré de la vida y su apariencia siniestra.

    Diré de la voz que surge de mi propia voz, enamorada,

    celestina.

    Matrimonio más alto no se ha visto sobre la tierra.

    Almohada contra almohada desalojo con desalojo.

    Y llanto tras llanto, rodar de dientes en eterna disputa.

    Oh consuélame, buen hombre, dígnate a mostrar

    tu figura errante y errática por las noches oscuras y dinámicas.

    Yo diré que sangre me insta a palidecer ante los colores.

    Hermosos ángeles tropezadores que veis mis pies desde los llanos.

    Contratadores de manos de cal y viento.

    Rosales ardiendo en mitad del desierto, incombustibles.

    Este sereno arder de las lecciones de la violencia.

    Esta cosecha inmemorial de los cereales vomitivos.

    Yo diré por qué mi pecho arde y se lastima

    como un enebro solitario que buscara compañía.

    Yo diré por qué arde mi voz en clara contradicción.

    Y los vientos conquistados, y las secretas calmas

    de la noche embrujada.



    ©
  5. Será ya que los poemas duros

    y furiosos, me dejan frío y anodino.

    Pues marco mi territorio, como el

    pis de los canes, marca el suyo propio.

    No es que vaya a usar semejante líquido

    para adueñarme de mi nebuloso existir;

    mucho me temo que, de hacerlo,

    sería para no convivir, con el arpa

    licuada de tantos poetas al uso.

    Mucho grito por aquí, mucha estampa

    de fino caballero por allá, poca chicha,

    poca limoná.

    Y es que el grito, en poesía, lo debieron

    de poner de moda, los asistentes al banquete

    de la boda de Platón.

    Son poetas de cejas bien fruncidas y rugosas,

    de pancartas comprometidas, y de luces

    poco consolidadas.

    Y es que con tantas novias intemperantes,

    algún chirrido se les escapa, sin querer.



    ©
    A bristy le gusta esto.
  6. No me pongo objetos ni objetivos,

    ni cometo adulterio con los dioses

    del Parnaso, ni fabrico armamento

    pesado para las divinidades del Olimpo.

    Por eso, es preciso que aclare que nunca

    entiendo lo que digo, y menos, digo lo que

    entiendo. Así, con asas por orejas, y con

    tubos metidos hasta en los ganglios,

    les dirijo mi último poema. No es un grito,

    como habitúo, ni tampoco, un serio problema

    para los amantes del conflicto. No soy

    tan gilipollas como para ofender al cielo

    con mis aullidos, ni tan humilde para

    darme por muerto o por desaparecido.

    El caso es que me voy con viento fresco

    a otra parte, quizás

    a la única que debiera. Chao amigos!



    ©
  7. Tengo la noche

    que es toda mía.

    Es una raja de sandía

    que se abre cual navaja,

    sobre la mesa de la cocina.

    Depende, depende mucho

    de la luz del día, que la noche

    sea morada o rubia.

    Depende de la luz

    de la luna, que mi niña

    tenga los ojos azules o verdes,

    llenos de amor, llenos de ira.

    Se le ciegan los ojos de envidia,

    cuando miro pasar a otras chicas.

    Se le abren con dulzura, si ve

    los molinillos de viento y los algodones

    de azúcar.

    En las mejillas se le acumula el aire,

    que sube del mar, con aroma a salitre

    y a paseo nocturno.

    ¡Cómo me gustaría ser un muro

    para, así, preservarla siempre entre mis costillas!



    ©
  8. Necesito respirar
    un trago de mala cerveza
    dispensada en cualquier bar,
    tirada con mala prensa
    por alguna camarera
    de un pub de carretera.
    Y que esas luces envolventes
    me suenen liberadoras.
    Necesito respirar
    y alzar las torres caídas,
    que, donde supo a gloria
    la vida, se mantenga cuerda,
    todavía.
  9. El hombre es el único animal

    que se inventa su territorio-.





    ©
    A Ligia Calderón Romero y bristy les gusta esto.
  10. Contra tu pecho

    contra mi pecho

    no ya un mar, con

    sus azules líneas previstas.

    No ya un océano

    de remisibles impaciencias,

    en tu pecho y sobre el mío.

    Perdimos los anillos

    las secuencias efímeras

    de rayos débiles y ofuscados.

    Trituramos la imaginación

    buscando la memoria del río.

    Junto a mi pecho, junto al tuyo,

    no ya un río: sólo una luna

    con sus viejos testigos-.





    ©
    A Ligia Calderón Romero y bristy les gusta esto.
  11. Trigos y manteles descompuestos

    y azucenas variadas y exámenes anatómicos

    brillantes, reinados de católicos monarcas,

    sucesivos estratos de pazguatas indolencias.

    Oh, lóbrego lobo, cómo destilas la vida

    entre mis medias de azul acetileno! Oh,

    cómo desbocas el perfume de tus harapientos

    sedimentos! Pensabas en un lugar predilecto;

    en una mayoría huracanada, los vientos glaciares,

    el ocaso de una nación malograda. Tu fracaso

    te enorgullece, ciego de piedras, monedas de papel

    en el cenicero escondido. Y esa matanza

    de los relámpagos reducidos a escombros, a marmitas

    indolentes, a sacos vestidos de bruma ineficaz.

    Disfraces, máscaras, apoyos de un subterfugio

    que dura demasiado, que enmascara escasamente.

    Y luces y albornoces de claridad esencial, y duchas

    correderas de puertas estridentes, y materiales indigeribles

    decomisados a los polis. Son marcas, extravíos,

    sustentos apenas de un neumático aproximado y voraz-.



    ©
    A Ligia Calderón Romero le gusta esto.
  12. Tenía diez años

    y ya me dolían las piernas,

    las escuetas sangrías destinadas

    a empequeñecer la enfermedad

    y detener la fiebre. Eran miradas

    de observadores inquietantes, de conversadores

    minúsculos, que fabricaban venenos

    con paciencia, contenedores de óxido

    en las venas, aquellas que veían

    mi nacimiento escaso. Tenía casi veinte años,

    y la mirada en paz, turbia, la frente,

    marchitada, los besos partidos, los labios

    tan pálidos como una exangüe sanguijuela.

    Oh besos! Tan oscuros y diezmados hoy!

    La vida era un beso y un pasadizo lleno

    de incrementos y de túneles y de huesos

    que guardaban polvo y azules testarudos.

    Besos en las palmas, en los dedos, en los

    tentáculos inciertos, la gama policroma

    de anocheceres que titubeaban entre girasoles

    de bruma.

    ¡Cómo me gustaban tus besos!



    ©
  13. Hay un dolor tan íntimo

    como el de ser hombre

    y no fanático ni persuasivo

    emitiendo siempre su palabra

    anodina o calcinando su pecho

    como en una laguna de asfalto

    inquebrantable. Hay ese dolor

    íntimo, ser hombre, quizás

    con sabor añejo a lluvia, sí,

    empapado e insobornable bajo ella-.





    ©
    A AXEL LLAMOSAS le gusta esto.
  14. Letra minúscula

    para este amor de diseño.

    Enfrentados en el acorde

    siniestro de una noche avanzada.

    Madrugada suave como el terciopelo.

    Naturaleza desbordada que incita

    al extravío.

    Fijémonos en lo estricto de lo escrito:

    figuras remotas, andan calibrando

    su procedencia o improcedencia.

    Las lagunas que me habitan, y los solsticios

    que vendrán, frecuentan las tabernas

    del mal agüero, oráculos desfasados

    por la impertinencia de la indigestión.

    Cobardías, secuaces arrogantes,

    el millar de 'tierra trágame', del día.



    ©
  15. Mientras los viejos aman

    su enésima copa de cristal

    y los labios se sumergen en

    lagos empapados de asfalto,

    y las credenciales del ciego

    presentan su número de paloma extraviada,

    y la piel depauperada exige tributos

    sin afecto, con rencor, y se besan

    con rozaduras las encías incisivas;

    es allí donde mi cuerpo busca

    la razón de un sufrimiento que evoca

    bebidas artificiales y espumas agotadoras.

    Es quizás el álamo calcinado que resiste

    o el clamor mutilado de una fábrica de coches,

    serpientes invasoras de labios carcomidos,

    o esas fuentes inauditas que sacrifican y permiten.

    Oh, me conmueven las flores de los océanos

    iguales y distintas, flores de todos los barros

    que atravesaron barcazas e ídolos supremos.

    La cara del albañil que inaugura una mañana

    y el afán de moscas que cagan la misma rutina.

    Me gustan los bosques y la piedra talada

    el olor a muerte de la pintura de mi cuarto

    y el óxido que imprime en mi nariz fragancias de naranjo.

    Y así pasa mi tiempo, rodeado de azoteas y axilas,

    viejas, vestigios de un tiempo remoto, buscando

    la brisa que azota los mares y recubre el alquitrán

    de las piernas rotas.



    ©