1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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Donde doy cabida a otros poemas de carácter menos exigente. Un enorme abrazo a todos los que están por ser!!
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  1. En el último instante-

    quizás en el primero-,

    justo la vida, justo la muerte.

    Pecho a pecho, calcinado,

    ruina durmiente que fabrica

    un colegial ensangrentado.

    Fibras de apósito en el corazón.

    Y el sol que cae de frente, sin soslayo

    posible, elevando la cantidad

    de sangre esparcida sobre la tierra.

    Era el último instante, quizás

    el primero. Arroyo venerable

    de vida y de muerte, ambos ahora,

    pútridos.



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  2. Qué queda

    ahora que todo

    se ha desvanecido?

    La vida por delante:

    ese horror inmenso,

    del que nadie, ha huido

    todavía-.



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  3. Qué será de mi recuerdo

    de ese solitario recuerdo

    que acompaña cada madrugada

    mi insomnio y lo rompe en estrellas

    y lo acumula en densidades opacas.

    Estoy frente al mar, aún

    o soy solitario vigía de un templo

    en ocasiones primaveral, en otras

    sacrificio interno, flora inusual.

    Rotulé por intervalos las edades

    hasta hacerlas profundamente mías

    convoqué su magia hasta deshacerme

    resistí la obtusa materia de la rutina

    el diario pan contaminado por las

    rendijas vecinales.

    Estoy solo frente al río, como

    un poderoso anillo, que busca

    su azul línea de aposentos investigados,

    de neutras amarillentas y vulgares

    zafias promesas amatorias.

    Estoy solo frente a las habitaciones

    frente a los órganos interminables

    de las flores emasculadas, de los pistilos

    o de las coronas escuálidas e insensibles.

    No hay más poema que éste, no hay más

    concreción posible, estilita del desierto,

    parto para no reunirme jamás

    con mis ancestros-.



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  4. Como en tierras sumergidas por el beso,

    así alcanzaba tu cuerpo indefinido, o

    como en la memoria indistinta de un padre

    que halla a su hijo muerto y venerado.

    Como en superficies sin sonido y neutras,

    y llenas de maleza sin propósito;

    como en altivas miradas que concurren

    a través del antifaz de la locura o el delirio.

    Como en copas cristalinas y duras que absorben

    definitivos sacrificios, o en llamas conquistando

    la parte superada del sueño.

    Como en lodazales intermedios que buscan

    la condensación de un brazo amputado, de un

    beso en mitad de la memoria, como en ese

    resultado matemático que nunca llevamos consigo.

    O como en martillos hidráulicos suspendidos

    en la canícula del calor estival.

    Ríos subterráneos, amuletos equidistantes

    de los ejes ecuatoriales, renacer invisible,

    pronóstico cualquiera, selva, fronda, número,

    inasible e impúdico.

    Como en tierras sumergidas por el beso,

    por el beso y la alegría de tener manos,

    o sexo, o locura, o piedad, compasión.

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  5. Mientras, es poderoso el fósil que acuno en mi recipiente de plástico. Reclino mi ortografía en tu ignorancia, pequeño animal de sonrisa radiante. De huellas y golpes de rocas siempre vivas, que auguraban un futuro mayor que aquel antiguo incidente de momias. Y voy, viendo, viéndote. Te veo cuando recuestas tu mirada en el foso esencial del calor, ese espíritu que todavía te mantiene erguido y sin metralla; reclino mi ignorancia en tus errores sintácticos, estremecido cual hoja de sombra llana. En los lagos de los ojos, imbuido de ciertas caricias, mendicidades o imágenes arcaicas, mi carne vacila y ofrece su espectáculo de luces y calcinaciones fétidas, de aire cálido. Siempre circulante de vías estrechas, quemando, la piel que contiene mi cerebro, el aliento que magnifica la cruz de los delantales opuestos a nuestras energías sintomáticas. Como veo el fondo de tus ojos pálidos; en las cenizas de un cigarro recientemente oscurecido, o en las palmas de las manos que ametrallaron los vehículos espaciales. Tú no verás la luna., ni con ella, los planetas, los astros, o a los atroces mendicantes que piden y exigen a las puertas de los templos. No verás la ciencia entorpecerse y enlodarse de tributos, encadenarse de misterios insípidos y moribundos, en angelical anuencia con los monarcas del siglo.



    Veo también a mi carne tropezar, consigo misma tropezarse, inútilmente, casi invisiblemente, desligarse de las leyes corporales, ser toda eremita, apiadarse de cada hijo infecto que cruza las calles con ambiciones de poeta, pidiendo limosna. Veo mi carne fétida colocarse en posición de vestido, de atuendo desolador, de castigo y pijama, de sombría erudición sin planteamiento. Y es hermoso golpear las ramas que descienden de los árboles bajos. Veo mi cuerpo desnudarse, volver a vestirse, causarse en la piel del aire, tomar placebos, sanarse con pastillas y con terapias. Repentinamente, retorno a los rocíos duros de entonces, dentro de los romeros y las manzanillas, aquellas flores antiguas de luz impresionante, de las poleas y de los terrores, abrumándonos de sonidos y de serrines variopintos. Esto es lo que tengo. Recuerdos y más recuerdos, horrores de la galaxia. Siempre me pregunto, qué hice yo para hacer esto.





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  6. Los blancos ataúdes, las blancas líneas, los azules cielos, los roquedales infatigables, los augures delicados, las vastas concentraciones de átomos y partículas, el aire que respiro, la materia gris convencional, los pisos uniformes, las bandejas de plata o de granito, la cubertería fatal con su brillo condensado, las autopistas llenas de mendigos, los geranios en sus floreros, las comprobaciones a destiempo, los sueños inútiles, los adeptos perdidos, las flores bajo la cama, el orinal junto al muérdago; la visita de los familiares, los interrogantes y su claustrofobia, las mafias secuestradas, los racimos sin ramas níveas decorándose. La multitud agazapada en un atroz grito, las serpientes y los truenos, las motocicletas estivales, los lampiños campos sin abedules ni resinas, los herméticos medio fondistas, los paseantes; la anónima casucha donde vivo, el declive de mi vida, la anarquía y sus secuelas, los ladrones con sus capuchas. Vivo en la ignorancia, duermo como Judas, en los trasfondos quietos de las móviles sustancias, donde se estragan las formas de las metalúrgicas factorías. Me desligo de los blancos cementerios, recito de memoria los antiguos versos bíblicos, reniego de mi esencia múltiple, fustigo los lamentos en la erosión de la vida sin mirada. Y miro, lo pálido del día, sin llamas apenas, los cigarros encendidos en materiales adversos, botellas de plástico naufragadas, y observo, lo ecuestre del lienzo que me observa, su suave manía de hacerse periferia de mis ojos secuestrados. Desplazo la mirada, vivo en la mirada, sueño, gozo, pernocto en la mirada, que eleva su crucificada madera, desde los rayos hasta el placer de los enseres. Cimientos desvanecidos, mi casa hecha un pandemónium de etcéteras imposibles y porosos. La sangre que avecina un lugar corriente, la luna con su luz de ascenso portátil, y ese eco de los bosques que penetran los adoquines bulliciosos.





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  7. Ojalá fuera yo tan poeta,

    tan polémico y tan pesimista,

    sin sonar arribista ni cortante

    ni pesado ni afrodita.

    El caso es que yo me las paso

    llorando y sintiéndome una víctima,

    la mayor parte de los días.

    Quise techo y legumbres,

    y pan caliente cada mediodía;

    quise alegría y no contentarme

    con la pobreza del que acomete

    versos desmesurados por sin medida.

    Ojalá fuera yo tan bueno, tan útil,

    tan socialista, o tan ingenuo como el

    vate que aquí es protagonista. Pero

    no puedo, por la sencilla razón,

    de que me tiemblan los pulsos

    antes una mala situación, y no sólo

    de palabra, sino de acción.

    Como a Sócrates, me cuesta un ojo

    de la cara, saber que no sé nada, y sentirme

    así, día tras día, me convierte ante el espejo,

    en un ignorante y en un soplagaitas.

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  8. No adivinaré tu rostro

    entre la maleza suspendida.

    Ni entre los girasoles inundados

    por aguas polinizadas.

    No sabré tu bello rostro, hijo,

    ni mi conocer de la vida, será

    más que generosidad oportunista.

    Seré, hoja baldía, seca estancia,

    reservado apartado de las acacias

    necesarias. Y minaré tu rostro,

    entre acnés e intemperancias,

    cada vez, más desdibujado.

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  9. Se va haciendo de noche, y nadie, clava un cuchillo en mis venas. Mis hijos andarán despacio toda la noche, pensando quizás en por qué no han nacido, estériles. Como en círculos o en vastos territorios, mi vida ha caído en el olvido. Me olvidan las manos que titubearon al recogerme. Los odios sinceros que mantuvieron su compromiso tantos años, tanto tiempo. Yo veo, y veo. Rosales erguidos que sostienen en sus puños un nivel de azufre interminable e insoportable. Misterios inútiles, miembros cercenados, orinales de miseria volcados sobre los omóplatos. Hombres, mujeres, pequeñas manchas pálidas, dentro del día o de la noche. Vástagos de un sueño más azul y omnipotente. Y ese sonido como de campana en lo alto del monte. Y esos baúles que guardan el olor a almizcle de la madrugada desierta. Son sombras, voces, ecos, nocturnos barcos que se deslizan por las extremidades hasta ahogarlas, hasta estremecer los miembros escuálidos que forman un brazo en su sueño. Las difuntas flores conservan el formol del trozo de piedra que les tocó en suerte. Los aerosoles disparan su red ámbar sobre el portalón de entrada. Las maderas huelen a perfume cuando el sol las calienta.





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  10. La noche es un magma denso, donde se ocultan todas las voces. Quedan delineadas por sus antiguos ecos de esperanza o desesperanza, y las aves que gritan su celo por las avenidas, mantienen el corazón preso de una anarquía. Mi corazón ahora se ha cerrado y, aunque lo pusiera a auscultar el asfalto, su sensibilidad le haría caer de bruces contra el pavimento. Es un suceso cotidiano que las leyes de la hermenéutica sufran de agonía irremediable. Su aventura terminó en sus brazos llenos de sirenas. Yo destilo lo profundo de mi propia esencia. Y los cambios, las sanguijuelas del corazón, no obtienen más que sangre codiciosa y marcas en la carne. Yo violento el mundo con un solo manotazo. Y dignamente tiro de las luminosas hojas, hasta alcanzar gorriones en su nido. Mi hermano duerme. No sangraré por decisivos combates de luz ciega. Poblaré los enigmas para descubrirme ante el vacío. Como una roca mi corazón se ausenta ante las adversidades. Y se cubre de egragópilas y de pintura blanca ante el advenimiento de la noche con su luz lechosa. Hay un moribundo precipitándose por todos los recodos de los ríos. Y alguien que abandona su éxtasis por las laderas de los montañas. Un agua que suele bautizarme, demasiado densa como para poblar de nuevo el alma. Se exige que el pecho sea mortificado. Y las piedras de los lechos nuevamente molidas por el viento y sus ruedas. Una oración pequeña determina el golpe en los ojos podridos. La yema de un huevo de cernícalo concluye su etapa y cierra el agua del alma.



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    A Adrián González Diez le gusta esto.
  11. A mí me hubiera gustado

    beberme esa botella, hermano

    y tirar los dados más elementales

    y arrojarlos lejos de mí

    y esquivar las miradas de animales

    y tener los dedos doblados por la perfección

    y ocultar los labios bajo litros de alcohol

    y mantener la saliva caliente apretada junto a mi cuerpo.

    A mí me hubiera gustado también.

    El casco rompiendo contra las paredes

    y los ascos de la cerveza caliente repartidos

    por el suelo. Pero no se prestó la ocasión.

    Tuve que rejuvenecerme y mirar de frente

    la náusea y la rendición sin tregua

    en que consiste ésta y todas las vidas-.



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  12. Yo diré en voz alta

    aquello que me persigue

    y apenas deja tregua mientras,

    su llama infernal, conquista

    cada gota impura de mi oasis.

    Es este original baile de disfraces

    continuo

    el que arremete contra mí y mi pecho

    otrora

    indiferente. Son los puentes

    destinados al comienzo de la vida,

    los que peligran, los que están en juego.

    Son los sagrados hilos de los que pende

    la vida

    los que aparentan ruina.

    Diré de la vida y su apariencia siniestra.

    Diré de la voz que surge de mi propia voz, enamorada,

    celestina.

    Matrimonio más alto no se ha visto sobre la tierra.

    Almohada contra almohada desalojo con desalojo.

    Y llanto tras llanto, rodar de dientes en eterna disputa.

    Oh consuélame, buen hombre, dígnate a mostrar

    tu figura errante y errática por las noches oscuras y dinámicas.

    Yo diré que sangre me insta a palidecer ante los colores.

    Hermosos ángeles tropezadores que veis mis pies desde los llanos.

    Contratadores de manos de cal y viento.

    Rosales ardiendo en mitad del desierto, incombustibles.

    Este sereno arder de las lecciones de la violencia.

    Esta cosecha inmemorial de los cereales vomitivos.

    Yo diré por qué mi pecho arde y se lastima

    como un enebro solitario que buscara compañía.

    Yo diré por qué arde mi voz en clara contradicción.

    Y los vientos conquistados, y las secretas calmas

    de la noche embrujada.



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  13. Será ya que los poemas duros

    y furiosos, me dejan frío y anodino.

    Pues marco mi territorio, como el

    pis de los canes, marca el suyo propio.

    No es que vaya a usar semejante líquido

    para adueñarme de mi nebuloso existir;

    mucho me temo que, de hacerlo,

    sería para no convivir, con el arpa

    licuada de tantos poetas al uso.

    Mucho grito por aquí, mucha estampa

    de fino caballero por allá, poca chicha,

    poca limoná.

    Y es que el grito, en poesía, lo debieron

    de poner de moda, los asistentes al banquete

    de la boda de Platón.

    Son poetas de cejas bien fruncidas y rugosas,

    de pancartas comprometidas, y de luces

    poco consolidadas.

    Y es que con tantas novias intemperantes,

    algún chirrido se les escapa, sin querer.



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  14. No me pongo objetos ni objetivos,

    ni cometo adulterio con los dioses

    del Parnaso, ni fabrico armamento

    pesado para las divinidades del Olimpo.

    Por eso, es preciso que aclare que nunca

    entiendo lo que digo, y menos, digo lo que

    entiendo. Así, con asas por orejas, y con

    tubos metidos hasta en los ganglios,

    les dirijo mi último poema. No es un grito,

    como habitúo, ni tampoco, un serio problema

    para los amantes del conflicto. No soy

    tan gilipollas como para ofender al cielo

    con mis aullidos, ni tan humilde para

    darme por muerto o por desaparecido.

    El caso es que me voy con viento fresco

    a otra parte, quizás

    a la única que debiera. Chao amigos!



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  15. Tengo la noche

    que es toda mía.

    Es una raja de sandía

    que se abre cual navaja,

    sobre la mesa de la cocina.

    Depende, depende mucho

    de la luz del día, que la noche

    sea morada o rubia.

    Depende de la luz

    de la luna, que mi niña

    tenga los ojos azules o verdes,

    llenos de amor, llenos de ira.

    Se le ciegan los ojos de envidia,

    cuando miro pasar a otras chicas.

    Se le abren con dulzura, si ve

    los molinillos de viento y los algodones

    de azúcar.

    En las mejillas se le acumula el aire,

    que sube del mar, con aroma a salitre

    y a paseo nocturno.

    ¡Cómo me gustaría ser un muro

    para, así, preservarla siempre entre mis costillas!



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