1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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Donde doy cabida a otros poemas de carácter menos exigente. Un enorme abrazo a todos los que están por ser!!
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  1. Yo diré en voz alta

    aquello que me persigue

    y apenas deja tregua mientras,

    su llama infernal, conquista

    cada gota impura de mi oasis.

    Es este original baile de disfraces

    continuo

    el que arremete contra mí y mi pecho

    otrora

    indiferente. Son los puentes

    destinados al comienzo de la vida,

    los que peligran, los que están en juego.

    Son los sagrados hilos de los que pende

    la vida

    los que aparentan ruina.

    Diré de la vida y su apariencia siniestra.

    Diré de la voz que surge de mi propia voz, enamorada,

    celestina.

    Matrimonio más alto no se ha visto sobre la tierra.

    Almohada contra almohada desalojo con desalojo.

    Y llanto tras llanto, rodar de dientes en eterna disputa.

    Oh consuélame, buen hombre, dígnate a mostrar

    tu figura errante y errática por las noches oscuras y dinámicas.

    Yo diré que sangre me insta a palidecer ante los colores.

    Hermosos ángeles tropezadores que veis mis pies desde los llanos.

    Contratadores de manos de cal y viento.

    Rosales ardiendo en mitad del desierto, incombustibles.

    Este sereno arder de las lecciones de la violencia.

    Esta cosecha inmemorial de los cereales vomitivos.

    Yo diré por qué mi pecho arde y se lastima

    como un enebro solitario que buscara compañía.

    Yo diré por qué arde mi voz en clara contradicción.

    Y los vientos conquistados, y las secretas calmas

    de la noche embrujada.



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  2. Será ya que los poemas duros

    y furiosos, me dejan frío y anodino.

    Pues marco mi territorio, como el

    pis de los canes, marca el suyo propio.

    No es que vaya a usar semejante líquido

    para adueñarme de mi nebuloso existir;

    mucho me temo que, de hacerlo,

    sería para no convivir, con el arpa

    licuada de tantos poetas al uso.

    Mucho grito por aquí, mucha estampa

    de fino caballero por allá, poca chicha,

    poca limoná.

    Y es que el grito, en poesía, lo debieron

    de poner de moda, los asistentes al banquete

    de la boda de Platón.

    Son poetas de cejas bien fruncidas y rugosas,

    de pancartas comprometidas, y de luces

    poco consolidadas.

    Y es que con tantas novias intemperantes,

    algún chirrido se les escapa, sin querer.



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  3. No me pongo objetos ni objetivos,

    ni cometo adulterio con los dioses

    del Parnaso, ni fabrico armamento

    pesado para las divinidades del Olimpo.

    Por eso, es preciso que aclare que nunca

    entiendo lo que digo, y menos, digo lo que

    entiendo. Así, con asas por orejas, y con

    tubos metidos hasta en los ganglios,

    les dirijo mi último poema. No es un grito,

    como habitúo, ni tampoco, un serio problema

    para los amantes del conflicto. No soy

    tan gilipollas como para ofender al cielo

    con mis aullidos, ni tan humilde para

    darme por muerto o por desaparecido.

    El caso es que me voy con viento fresco

    a otra parte, quizás

    a la única que debiera. Chao amigos!



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  4. Tengo la noche

    que es toda mía.

    Es una raja de sandía

    que se abre cual navaja,

    sobre la mesa de la cocina.

    Depende, depende mucho

    de la luz del día, que la noche

    sea morada o rubia.

    Depende de la luz

    de la luna, que mi niña

    tenga los ojos azules o verdes,

    llenos de amor, llenos de ira.

    Se le ciegan los ojos de envidia,

    cuando miro pasar a otras chicas.

    Se le abren con dulzura, si ve

    los molinillos de viento y los algodones

    de azúcar.

    En las mejillas se le acumula el aire,

    que sube del mar, con aroma a salitre

    y a paseo nocturno.

    ¡Cómo me gustaría ser un muro

    para, así, preservarla siempre entre mis costillas!



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  5. Necesito respirar
    un trago de mala cerveza
    dispensada en cualquier bar,
    tirada con mala prensa
    por alguna camarera
    de un pub de carretera.
    Y que esas luces envolventes
    me suenen liberadoras.
    Necesito respirar
    y alzar las torres caídas,
    que, donde supo a gloria
    la vida, se mantenga cuerda,
    todavía.
  6. El hombre es el único animal

    que se inventa su territorio-.





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  7. Contra tu pecho

    contra mi pecho

    no ya un mar, con

    sus azules líneas previstas.

    No ya un océano

    de remisibles impaciencias,

    en tu pecho y sobre el mío.

    Perdimos los anillos

    las secuencias efímeras

    de rayos débiles y ofuscados.

    Trituramos la imaginación

    buscando la memoria del río.

    Junto a mi pecho, junto al tuyo,

    no ya un río: sólo una luna

    con sus viejos testigos-.





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  8. Trigos y manteles descompuestos

    y azucenas variadas y exámenes anatómicos

    brillantes, reinados de católicos monarcas,

    sucesivos estratos de pazguatas indolencias.

    Oh, lóbrego lobo, cómo destilas la vida

    entre mis medias de azul acetileno! Oh,

    cómo desbocas el perfume de tus harapientos

    sedimentos! Pensabas en un lugar predilecto;

    en una mayoría huracanada, los vientos glaciares,

    el ocaso de una nación malograda. Tu fracaso

    te enorgullece, ciego de piedras, monedas de papel

    en el cenicero escondido. Y esa matanza

    de los relámpagos reducidos a escombros, a marmitas

    indolentes, a sacos vestidos de bruma ineficaz.

    Disfraces, máscaras, apoyos de un subterfugio

    que dura demasiado, que enmascara escasamente.

    Y luces y albornoces de claridad esencial, y duchas

    correderas de puertas estridentes, y materiales indigeribles

    decomisados a los polis. Son marcas, extravíos,

    sustentos apenas de un neumático aproximado y voraz-.



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  9. Tenía diez años

    y ya me dolían las piernas,

    las escuetas sangrías destinadas

    a empequeñecer la enfermedad

    y detener la fiebre. Eran miradas

    de observadores inquietantes, de conversadores

    minúsculos, que fabricaban venenos

    con paciencia, contenedores de óxido

    en las venas, aquellas que veían

    mi nacimiento escaso. Tenía casi veinte años,

    y la mirada en paz, turbia, la frente,

    marchitada, los besos partidos, los labios

    tan pálidos como una exangüe sanguijuela.

    Oh besos! Tan oscuros y diezmados hoy!

    La vida era un beso y un pasadizo lleno

    de incrementos y de túneles y de huesos

    que guardaban polvo y azules testarudos.

    Besos en las palmas, en los dedos, en los

    tentáculos inciertos, la gama policroma

    de anocheceres que titubeaban entre girasoles

    de bruma.

    ¡Cómo me gustaban tus besos!



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  10. Hay un dolor tan íntimo

    como el de ser hombre

    y no fanático ni persuasivo

    emitiendo siempre su palabra

    anodina o calcinando su pecho

    como en una laguna de asfalto

    inquebrantable. Hay ese dolor

    íntimo, ser hombre, quizás

    con sabor añejo a lluvia, sí,

    empapado e insobornable bajo ella-.





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  11. Letra minúscula

    para este amor de diseño.

    Enfrentados en el acorde

    siniestro de una noche avanzada.

    Madrugada suave como el terciopelo.

    Naturaleza desbordada que incita

    al extravío.

    Fijémonos en lo estricto de lo escrito:

    figuras remotas, andan calibrando

    su procedencia o improcedencia.

    Las lagunas que me habitan, y los solsticios

    que vendrán, frecuentan las tabernas

    del mal agüero, oráculos desfasados

    por la impertinencia de la indigestión.

    Cobardías, secuaces arrogantes,

    el millar de 'tierra trágame', del día.



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  12. Mientras los viejos aman

    su enésima copa de cristal

    y los labios se sumergen en

    lagos empapados de asfalto,

    y las credenciales del ciego

    presentan su número de paloma extraviada,

    y la piel depauperada exige tributos

    sin afecto, con rencor, y se besan

    con rozaduras las encías incisivas;

    es allí donde mi cuerpo busca

    la razón de un sufrimiento que evoca

    bebidas artificiales y espumas agotadoras.

    Es quizás el álamo calcinado que resiste

    o el clamor mutilado de una fábrica de coches,

    serpientes invasoras de labios carcomidos,

    o esas fuentes inauditas que sacrifican y permiten.

    Oh, me conmueven las flores de los océanos

    iguales y distintas, flores de todos los barros

    que atravesaron barcazas e ídolos supremos.

    La cara del albañil que inaugura una mañana

    y el afán de moscas que cagan la misma rutina.

    Me gustan los bosques y la piedra talada

    el olor a muerte de la pintura de mi cuarto

    y el óxido que imprime en mi nariz fragancias de naranjo.

    Y así pasa mi tiempo, rodeado de azoteas y axilas,

    viejas, vestigios de un tiempo remoto, buscando

    la brisa que azota los mares y recubre el alquitrán

    de las piernas rotas.



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  13. Virulentos oleajes impregnados

    suciedades mustias que invaden

    pulmones agrietados por cansancios

    multiplicaciones revestidas de asfalto

    vientos que emergen de superficies subterráneas

    hasta limar el cabello de las vírgenes destruidas

    vestales inocentes de tanta belleza inconsecuente

    rocíos secundarios que plasman dormitorios rebeldes

    donde duermen amantes sin labios que frío tras frío

    acuden al hospital de turno a ocupar su silenciosa manta

    de urgencias. Un racimo de suculentas granadas escarlatas

    donde el reino de los vencidos obtuvo su militar gracia

    su absolución terrible de besos duros como la escarcha y el hábito.

    Nosotros, los mismos dirigidos al altar, murmuramos la canción

    del cansancio, el agotado tránsito de obligaciones perturbadas,

    hasta que el silencio domina y ausculta todos los pechos estériles.

    La risa duerme y el frío envanece la mejilla dorada

    el pecho se ausenta de tomar pastillas decadentes

    la perla de los días aumenta su diablura y los termómetros

    ocupan su periódica invencibilidad.

    Ah hasta aquí llegaron tus hipócritas manías

    tus hipopótamos dormidos, los lagartos tendidos

    que escapaban a las lagunas fangosas de los cables eléctricos

    de tu cabeza con filtros.





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  14. Yo y la noche

    bodegones inciertos

    rumbos inquietos titubeantes

    yo la noche

    certidumbres magnéticas

    crece el cabello con colas irrisorias

    en las plateas de los caballos locos

    las mareas funden sus terciopelos nocturnos

    y grávidos. Oh materiales de tristeza,

    hombrías disecadas, masculinidades deterioradas

    y un sinfín de rosas opulentas que mastican

    el pene desorientado entre los matorrales.

    Yo y la noche jugadores inciertos

    vidas aproximadas que el aire acaricia

    se sirven de prolijas aventuras carnales

    incipientes ojos de pez sobre un plato

    de sostenida porcelana, aquella penumbra

    en la que solías violarme.

    Laúdes sonaban

    como el río Etna fumigado por los costados

    y sonaban tan hermosos

    como caballos elementales mantenidos por fuerza.

    No soportabas al hombre

    quizás tampoco a la mujer,

    de qué te sirve entonces vivir?



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  15. Sobre la misma noche

    acantilada y sometida,

    sobre la misma piel de serpiente,

    con relámpagos cruzados admitidos

    desde lejos, y con vestidos de amatista

    frugal, río, sombra o anillo,

    me visten, a mí, quizás el más huérfano,

    los dientes fugitivos de las rosas

    con que empaño mi cristal.

    Con círculos concéntricos, animados

    desde alturas tales como depósitos

    de agua, sales minerales, granuladas

    metamorfosis del alba, a mí, el recién

    llegado que se instala en cada habitación

    y conserva el anillo redentor en su mano

    nocturna.

    Yo llevo dejándome la sangre a litros,

    desde tiempos inmemoriales, guardando

    mis convicciones u ofensas, a través

    de los aullidos del sueño, no me molestan

    tráficos ni ausencias desmedidas.

    Y guardo en mi navaja, sombras de otros

    días, como cáscaras de plátano

    que alguien, en el camino se dejó, adormecido.

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