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Puertas

27 entradas
Princesa ciega · · 1 comentarios Puertas Verso
Caracas I

Caracas es una bestia en los ojos de los indigentes
son graffitis cinéticos bajo los puentes de nadie
la embestida es la noche
los estampa contra los muros
los he visto amanecer del color del concreto
grisáceo, sempiternos
como la osamenta de esta odalisca prostituta
surgen de los rincones
vaporosos
hediondos a las esquinas de ella
en las esquinas de sus cuerpos.
Ellos miran el atardecer quebrarse desde el centro
la Torre de David se dibuja como aguja en sus pupilas
se las rompe el recuerdo
corto punzante
de ser como esas ruinas inconclusas en el cielo
como Saturnos de Goya devorando el ocaso
rojo incendio derramado
en sus ojos de cuenca profunda
donde se consumen todas las flores
que jamás crecerán bajo el asfalto.​
Princesa ciega · · 1 comentarios Puertas Verso
Densidad

Mi corazón es una casa pequeña con espacio suficiente para dos
en donde sólo puede habitar uno.​
Princesa ciega · · 1 comentarios Cuento Puertas
La calle de los gatos
De no ser por ti jamás hubiese conocido la calle de los gatos. La bauticé así uno de esos días durante el amanecer, en los que bajábamos de casa en un silencio somnoliento, mientras el indigente y su docena de gatos yacían detenidos bajo las cornisas, solemnemente erguidos como esfinges, cerrados los ojos como Cleopatras reencarnadas.

Caminarla es como soñarla. Se vuelve más y más angosta con cada paso. Las casas altas se van cerrando sobre la cabeza. Al final es poco más que un callejón.
Es una galería, una habitación llena de cuadros viejos donde quedo atrapada dentro, caminando entre los marcos, desapareciendo en uno y reapareciendo en el siguiente, en cada puerta abierta, en cada ventana medio ajustada. La vida de todas las personas que allí habitan no duran más que mi mirada.

A veces paso fugaz cuando los amanecidos, botella en mano, se reúnen en la angostísima acera siguiéndome los pasos con los ojos. Me recuerdan que hay algo de impredecible y fatal en su última curva, mis pies van marcando la incertidumbre, la violencia de La Vega.

Antes me era indiferente, pero ahora que no estas
me inquieta un poco.​

Aún así sigo bajando por la calle de los gatos.
Algo de nosotros quedó escondido en las madrugadas, en el asfalto, en las casas altas con sus jardincitos colgantes; algo quedó esculpido en esos gatos, algo vuelve cuando la camino.

Un instante de nosotros vuelto paisaje.​

Aveces - sólo a veces - hago inverso el recorrido. La subo después del atardecer a pasos rápidos, sintiendo el miedo que me inocula la calle desfigurada por la noche con sus luces citrinas exhaladas por los postes de luz, cuando los amanecidos apenas comienzan su velada y sus pupilas me siguen con la determinación de un lobo.

Nunca me acompañaste a subirla. Nunca lo harías.
No me lo hubieses permitido jamás y lo entiendo.

Lo entiendo cada vez que llego al final, en donde me detengo bajo el último de los bombillos y lanzo la mirada al otro lado de la calle, a la oscuridad del terreno baldío que no deja ver las luces de los edificios más allá, al monte alto, al barranco al lado del camino
al vacío inmenso antes de casa.​

Lo entiendo por lo mucho que se asemeja al punto en el que ya no somos nosotros, por su parecido a la muerte.
Entonces, bajo la última de las luces, me guardo las manos en los bolsillos.
Y echo a andar.
apresurando el paso.​
Princesa ciega · · 2 comentarios Puertas Verso
Méritos

Usted merece ser un secreto,
un silencio cómplice,
un guiño cifrado,
un roce de tobillos bajo la mesa.
Usted merece que discretamente
cruce los dedos
y le rompa las promesas a la vida;
Usted merece que enmudezca
para que se cumpla mi deseo
de nombrarle siempre.
Princesa ciega · · 4 comentarios Puertas Verso
Café y galletas

A mi lado sabes a café quemado
a descuido
a resignación
a trago amargo al final de la taza

A tu lado entiendo a todas las galletas del mundo
olvidadas en la casa
trituradas en el bolso
caídas al piso
Princesa ciega · · 2 comentarios Prosa Puertas
"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres"
-Antoine de Saint-Exupery

Intimidad en peltre

Tu no estabas allí.
Estaba yo rodeada del spam típico del transporte público, con la revista en la mano, imaginándonos en esa cafetería, con la tacitas de peltre sobre la mesa desvencijada, con el centro de Caracas bramando fuera de las puertas, con nosotros dentro, íntimos, como hechizados.
Entonces yo tampoco estaba allí.
Me lo susurraron las puertas del metro después pasarme de largo un par de estaciones
por distraída, por simple felicidad.
Princesa ciega · · 1 comentarios Prosa Puertas
Curioso.
Caracas amaneció oliendo a mierda.
Asumí que simplemente era un pedazo asqueroso de ciudad que dejaría atrás en cuestión de minutos.
Pero no.
El olor se coló por debajo de los árboles, entre los puestos itinerantes de frutas frescas y me acompañó durante todo el viaje hasta el metro. Mientras caminaba quedaba cada vez más confundida e incrédula con su persistencia.
Terminé por revisarme los zapatos por si quién olía a mierda era yo.
Y a pesar de que estaban claramente limpios,
la ciudad estaba clamando,
hedionda,
y no se
ya no estuve tan segura.
Princesa ciega · · 2 comentarios Puertas Verso
Efecto Doopler

Los seres pasan con efecto doopler por nuestras vidas
Su posición con respecto a nosotros hace que percibamos distinto

El acercarse

El estar

El alejarse
No es más que su distancia de nosotros distorsionando
lo que fueron

lo que son

lo que serán.
Princesa ciega · · 3 comentarios Prosa Puertas
Un fragmento de la existencia de otro

Hubo un tiempo en el que me preguntaba cuál era la causa de tanta perfección en las camisas planchadas del profesor. Simplemente no encajaba. No tenía nada que ver con la literatura y su viejo cliché de bohemia.
"Esa camisa oculta algo" - me dije.
Semanas después, entre palabra y palabra durante uno de sus monólogos, destellaron sus ojos. Lo vi.
En el gris de su iris de hombre maduro se asomó, por tan sólo unos segundos, un joven cadete de la escuela naval, detenido, contemplando el mar entre suspiros desde las ventanas del club de literatura. Totalmente desencajado.
Nos vimos.
Y desde entonces compartimos un secreto.
Princesa ciega · · 1 comentarios Prosa Puertas
Misterios II

Por más pequeñas que sean, las preguntas sin respuestas resultan fascinantes. Dan la sensación de que son el medio para atrapar a Dios por la naríz.
Princesa ciega · · 2 comentarios Prosa Puertas
Misterios I

Cada ser humano es un misterio en sí mismo.
Sobre él todo está dicho a medias.
Princesa ciega · · 2 comentarios Puertas Verso
El templo

Soy el templo,
los tres triángulos de concreto ocultos en medio del bosque
Soy el bosque
transformándose en islote al rodearse de neblina
Soy neblina precipitándose en gotitas sobre las flores

Soy todas las flores sin nombre que crecen al rededor del pino muerto
Soy el pino muerto,
el titán caído que demanda la continuidad del silencio
Soy el silencio,
la esfera invisible quebrantada por las aves

Soy todas las aves que custodian los secretos de la tierra
Soy la tierra,
la madre que nutre la longevidad de los árboles
Soy todos los árboles mecidos por la helada brisa

Soy la brisa
que con caricias y escalofríos roza la piel de la mujer
Soy la mujer
que se cura las heridas en profunda soledad
Soy la soledad
que dentro de la mujer se transforma en templo

Soy el templo,
los tres triángulos de concreto
ocultos en medio del bosque
Princesa ciega · · 2 comentarios Prosa Puertas
La gata muerta

La gata muere

y con ella
también nosotros.
Muere el yo que existe en ese instante cuando llego a la casa y no está.
Entonces no vale de nada un lamento, no vale una justificación, no valen los supuestos negados ni los suspiros que miran por las ventanas.

No vale de nada una gata muerta.

Nos transformamos bajo esa ceguera intrínseca de la muerte, de la vida, que no nos deja ver el qué del final y apenas deja vislumbrar el por qué del principio.
Y en el medio viene el cómo: la ausencia exigiendo, aunque sea un poco, reordenar la casa, modificar los hábitos, desconsiderar las consideraciones, olvidar lo que la memoria muscular recuerda, y así, hasta que desaparezcamos a la gata y a sus restos de todos lados, incluyendo el espacio de nosotros mismos. Lo cierto es que somos tontos al pensar que superar significa olvidar, cuando realmente es más parecido a asimilar.
Y no se trata de recordarla. No. No se trata de conservarla en un rosario de memorias porque, inevitablemente, a todos se nos extravía por dentro tarde o temprano.

La gata muerta juega al escondite
en los recodos de la significancia de nuestras vidas.

La gata muerta
da un saltito
y se funde para siempre
en el misterio que somos.
Princesa ciega · · 2 comentarios Cuento Puertas
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S
ueños diurnos

Mi niña era una niña solitaria.

No le molestaba jugar sola, comer sola, dormir sola ni vestirse sola. Le agradaba mucho caminar a solas, imaginar a solas, hacer cosas a solas sin esos adultos que suelen decir que no.
A mi niña le gustaba mucho escuchar a solas en la distancia esos sonidos inexplicables que le hacía entornar los ojitos y preguntarse un por qué que los adultos casi nunca se tomaban el tiempo en contestar.

Mi niña aprendió a observar a los adultos, tan seguros de si mismos y a la vez tan inconsistentes. Siempre diciendo una cosa y haciendo otra. Siempre olvidando lo importante. Le parecían tan desmemorizados que no podía creer que alguna vez habían sido niños como ella.
Mi niña los escuchaba de vez en cuando de todos modos, así logró aprender cosas útiles del mundo de los adultos que servían para evitar molestarlos demasiado.
Mi niña entendió que el mundo de los adultos era igual de absurdo que los adultos mismos. Un buen día notó lo fácil que era viajar lejos de todos con la imaginación y desde entonces lo hizo con frecuencia.

Mi niña también aprendió a observar a otros niños y notó que casi todos tenían grandes deudas de amor colgadas de los ojitos, niños que ya no sabían como ser niños, niños que querían crecer y ser grandes. A mi niña no le agradaba disfrazarse de adulto, no le gustaba jugar a ser adulto.
Mi niña se quedaba jugando con bloquecitos de madera mientras los demás niños jugaban a la casita, se quedaba terminando su castillo mientras todos salían al recreo.
Mi niña tenía amiguitos con los que jugar, pero casi siempre de a uno por vez. Aprendió que en los grupos grandes siempre hay un niño que termina llorando, triste o lastimado, por culpa de los niños que juegan a ser adultos. A mi niña le disgustaban esos niños.

También le disgustaban los protocolos, las cosas fingidas y las mentiras. Le disgustaban en suma los adultos desconocidos que esperaban de ella abrazos y sonrisas porque sí. Le disgustaban los vestidos de domingo con los que no podía ir a jugar con tierra, la iglesia y sus cuentos del Dios invisible que antes hacía cosas todo el tiempo pero que ahora no aparecía en ninguna parte, las caligrafías repetitivas e infinitas con las que no se aprendía nada nuevo, la fila para le himno nacional lleno de palabras raras que nadie sabía que significaban, pero lo que más le disgustaba por sobre todas las cosas era la obligatoriedad de las siestas de las 3 de la tarde, el mayor de los sin sentidos, el momento en que los adultos ya no quieren hacer cosas y obligan a que los niños dejen de hacer cosas y se duerman para ellos poder dormir.

Mi niña sufría de pesadillas. Se esforzaba mucho cada noche para no quedarse dormida. En cama, ocupaba su mente imaginando que el sonido de las manecillas del reloj de la sala eran pasos de un gigante que se aproximaba, causando terremotos pequeños y cortos que hacían temblar toda la casa. Imaginaba hasta el cansancio, sin poder evitar quedarse dormida y despertar después llorando por culpa de los demonios, las brujas o los laberintos en sus pesadillas.

Por eso sólo le gustaba soñar despierta.
Mi niña soñaba que todas las personas del mundo desaparecían y sólo quedaba ella, y podía caminar por las grandes ciudades, entrar a todos los edificios, usar todos los juguetes, todos los colores y todas las tijeras, ir a todos los parques, subirse a todos los árboles - incluso los más altos de todos -. Todo eso por un día, porque no quería ser cruel con los demás niños, que querrían aparecer de nuevo para salir a jugar, ni con los adultos que parecían preocuparse demasiado por el mundo y sus cosas.

Pero mi niña sólo era una niña, una niña sin poderes para desaparecer gente.
Así que se hacía la dormida a las 3 de la tarde y luego se escabullía fuera de la cama mientras todos en el mundo estaban dormidos gracias al protocolo de la siesta.
Entonces buscaba todos sus juguetes, todos sus cuentos, todos sus colores que eran todo su mundo y jugaba a solas como lo hacía en sus sueños diurnos.
Princesa ciega · · 2 comentarios Puertas Verso
Sin perder el tiempo
Háblame del hermoso zig zag de las enredaderas en las rejas de ciclón
del asombroso camuflaje de los escarabajos
del buen trabajo de escultura que hace el mar con los vidrios

Háblame de las nubes cuando son coquetas
y de como la timidez las transforma en neblina,
de cómo disfrutar del estruendo de un trueno
de la agradable sensación de tus pies descalzos sobre el asfalto en la madrugada

Háblame de cómo se siente el bolígrafo perfecto
de la chica desconocida que te acompañó a caminar bajo la lluvia
de la inquietud que te causa la oscuridad de un bosque pintado

de las palabras que te dan cosquillas
de los amigos que te visitan en sueños
de lo cómodo de un silencio compartido

Háblame de cosas importantes.
de quien sos vos.
Princesa ciega · · 2 comentarios Prosa Puertas
Reciclaje

H
ay veces que lo que me dices se me antoja basura. Basura tus verbos, tus adjetivos, tus preguntas retóricas, tus ademanes de irritación, tu tono exasperado, tu reclamo implícito.
Se me va la mirada a ninguna parte mientras aguanto las nauseas que me causa tu corazón descompuesto, de vomitarte todo de vuelta, de ejercer mi libertad de no tolerarte y marchame lejos de tu campo estéril.
Pero me quedo a reciclar, a escarbar dentro de ti hasta encontrarte la fertilidad, tu tierra mojada de lluvia, tu potabilidad, ese oasis reconfortante en el que nos reconciliamos.

Pero como cansa.
Princesa ciega · · 1 comentarios Puertas Verso
Ccs después de las 7

N
octurna,
sucia,
sola.
Cúmulo de tragedias perversas.
Una niña mal querida,
demasiadas veces violada
por todos;
Una cenicienta diurna
transformada en despojos
al ocultarse el sol.
Princesa ciega · · 3 comentarios Puertas Verso
Sin basamentos

-"Aguarda un poco"
Un susurro
que huele a desfiladeros
al final del camino.
Parecido a esa sensación de tomar el paraguas porque el sol, tan luminoso y cálido, se te antoja mitómano
como cuando te abrazas a las sábanas y rehúsas salir de casa en un día de trabajo,
como cuando sostienes el paso justo antes de comenzar a cruzar la calle.

Y luego llueve,
la ciudad amanece enloquecida,
o en milésimas de segundo, aparece un carro bien dispuesto a atropellarte.

Es esta misma sensación
mi corazón se guarda.
Princesa ciega · · 0 comentarios Cuento Puertas
Personas pasatiempo

Ella me gustaba. Iba a la cafetería todas las tardes nada más para tenerle cerca. Desde la distancia, sentada en la mesa junto a la segunda ventana, me enseñó un par de cosas sin siquiera sospecharlo. Una de ellas fue disfrutar del hábito del café, su hábito, con la esperanza de algún día compartirlo con ella.
Yo sufría entonces, al igual que ahora, de este inconveniente de no ser demasiado valiente. Me declaro más del tipo observador, me siento cómodo siendo espectador de la función de la vida.
No me mal entiendan, es una postura común para nosotros los desajustados que no manejamos las dinámicas de nuestra propia época, protocolos y demás tonterías sociales.
Nunca me interesaron esas cosas, excepto por ella. Sin embargo cuando por fin estaba decidido a intentar, resultó que no fui yo quien se le acercó esa tarde, quien ocupó su mesa y le hizo levantar la mirada del libro, quien desperezó sus pestañas mariposa; no fui yo quien le afloró las sonrisas, ni quien le conversó; muy para mi tristeza, no fui yo quien volvió al día siguiente, y el siguiente a ese, ni quien logro permanecer y avanzar.
No fui yo con quien hizo el hábito del café de las cuatro treinta.
No podía ser yo, no sabía como hacerlo.
Vaya que él sí sabía.

Seguí observando, y aprendí lo que llamé "la estrategia pasatiempo": parecía sumamente fácil partir de las afinidades. Noté, desde mi perenne soledad, que compartir une a las personas, las reúne. Según pude observar, comenzar un pasatiempo con alguien resultaba ser una forma orgánica, cómoda y casi imperceptible de formar relaciones.

Tal descubrimiento más que esclarecerme, traía consigo nuevas dudas y la sensación de que la historia me la contaban a medias:
¿qué hay más allá del pasatiempo?
¿qué hay más allá de la compañía?,
¿dónde comienza la intimidad?

Un día su visitante no llegó para la cita tácita de las cuatro treinta. Ella seguía leyendo con fingida indiferencia – Lo notaba en los gestos nerviosos de sus manos y en las miradas rápidas a la puerta -. "Una oportunidad", me dije.
Me costó tres tardes y una batalla con mis nervios lograr acercarme. Esta vez me situé en la mesa de al lado, escondiendo mis miradas furtivas detrás del periódico de turno. Me quedé allí observando, escudriñando su rostro, reconstruyendo sus pensamientos por los movimiento de sus manos, del numero de veces que cruzaba las piernas como un arqueólogo del abstracto femenino, de fracaso inevitable; me quedé allí midiendo si tenía el valor de intentar acompañarla, si era el momento correcto.
Entonces sin previo aviso escuche su voz alzarse a media taza diciéndole al asiento vacío: "¡Oh!, como me hiciste falta".
Y luego, como si nada, la vi tomar otro sorbo del mismo café de todos los días, sentada en la misma mesa de todos los días; su semblante volvió a ser el mismo rostro concentrado y apacible que le había conocido en su soledad. Así estuvo hasta las seis, su hora usual de partida, y así estuvo también los días consiguientes, inmaculada, inmutable.
Su visitante no volvió nunca y nunca intentó traerle de vuelta.
Debí haberme alegrado, pero ocurrió lo contrario. Me ensombreció.
La miré de nuevo entre las arenas de sus gestos, y logré ver su osamenta enterrada, como extinta.
"Ella se acompaña de sus hábitos", decían sus huesos, "su pasatiempo son las personas".
Así fue que tomé mi último sorbo, amargo como lo son los últimos. Desde de ese día, nunca más volví a la cafetería.
Princesa ciega · · 2 comentarios Prosa Puertas
A mi fantasma

No miento cuando digo que no tengo más para ofrecerte. Eres uno de mis pocos lamentos y sin embargo un repertorio de versos dentro de mí llevan tu nombre. Me haces sentir como un ciervo que vuelve a mojar sus labios en la calmada laguna cada vez que te veo. Cruzo nuestros caminos con poca frecuencia y muchísima intención, y pretendo seguir haciéndolo desde la inocencia.

Tu rostro me habla de días hermosos.

Me devuelves
a casa.

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