Crecí al final de una calle larga,
un empedrado viejo de un Rosario,
pero tuve filósofos, y tuve a mi padre,
filósofos de bar y una sed de amarte,
Hetaira temporal, amiga, amante.
La Acrópolis de nuestra oratoria,
el placer de fundarte,
eramos la pandilla de Heracles,
soñadores, desde chicos,
luchadores implacables,
irreventes y desafiantes,
enemigos y tunantes,
de los muchachos de la otra cuadra,
esos que eran los más grandes…
Yo inventaba siempre un nuevo ataque,
una bandera de trapos como estandarte,
proyectiles de semillas, picantes,
tácticas, salidas de otras vidas,
para vencerlos o sólo fugarse…
Alguien dijo eres Leónidas,
después del partido de la tarde,
Y me quedó el apodo de mi compadre…
No nací en Atenas, no vengo de Esparta,
pero hicimos nuestra mitología,
de la vida una feliz alegoría,
Y nos abrazamos como hermanos,
éramos héroes y éramos villanos,
y a veces tomados de las manos,
gritábamos, gritábamos…
Atenas,
Atenas,
Atenas!!!