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  1. Gwener y Tommy


    Tommy subió hasta el monte Swan, más bien un promontorio boreal de tierra firme, muy cerca de las ruinas de Barnakeil Church que miraba hacia el círculo polar ártico. En realidad, no tiene nombre oficial, pero la gente lo llama así, donde se hallaba el observatorio astronómico Galileo, con la esperanza de conseguir un empleo. Apenas había terminado sus estudios en la escuela elemental del maestro Marshall, y sus padres no disponían de dinero como para enviarlo a ninguna escuela superior. Así que decidió que comenzaría a trabajar, en el único lugar posible, el observatorio astronómico que patrocinaba lord John Laurie, dirigía el Dr. Carl Linkshaw y donde su lugarteniente el ingeniero Albert Blacksmith, trabajaba sin descanso. Más bien, sin que nadie lo haya visto dormir, nunca, ya que ni cama tiene.

    La madre de Tommy confiaba en que tres hombres solos necesitarían de alguien que les hiciera los recados. No se equivocó en lo de los recados ya que ese mismo día le pusieron unas cuantas libras en el bolsillo, y le entregaron las riendas de la burra Clotilde para que bajara y caminara la legua y media hasta el pueblito con una larguísima lista de compras. Pero se equivocó al pensar que eran tres y que estaban solos. Lord Laurie sólo se aparecía una vez cada tres meses, el Dr. Linkshaw sólo los primeros lunes de cada mes, de modo que quien se ocupaba de todo era Albert, quien no sólo disfrutaba de esa libertad, sino que lo hacía en compañía de Björk, una núbil doncella con quien ya tenía una hija, Margaret y con quien cuando su padre lo autorizara, se casaría.

    Desde la invención de la máquina a vapor, como bien sabemos, Inglaterra fue invadida por todo tipo de ingenios mecánicos. Y si los grandes barcos y locomotoras eran proyectados y fabricados por las nuevas y enormes empresas, otras empresas no menos ingeniosas, como la relojería, ahora tan de moda y precisa desde el mismo inicio de la revolución industrial, estaban a cargo de personas que más que mecánicos eran orfebres. Esa fiebre aún no había llegado tan al norte de las islas.

    Tommy no creyó quedar tan fascinado como cuando entró a la sala de máquinas del observatorio. El mecanismo se movía por una serie de precisos engranajes movidos en su etapa inicial por una clepsidra, un preciso reloj de agua que con sus gotas esféricas y regulares movía por gravedad un diminuto cuenco que al inclinarse por su peso le daba lugar al siguiente, detrás de una gran pecera de vidrio que lo protegía del congelamiento. Allí aún no había llegado ni el vapor ni el alumbrado a gas, de modo que se mezclaban el pasado y el futuro en una misma medida. Esa noche la gran lente refractaria de 40 pulgadas de diámetro apuntaría a un lejano punto de la nebulosa de Andrómeda. Y Albert, borrador y carbonillas de 24 colores en mano, dibujaría con su pulso firme y elástico, propio de un gran pintor del renacimiento todo lo que vería. La noche se presentaba larga y muy fría. Allí, fuera de la sala de máquinas no había posibilidades de calefacción alguna, unos pocos grados de cambio de la temperatura podría rajar la gran lente que había costado muchos miles de libras, adquirida en la única fábrica de lentes que había en toda Inglaterra. Albert, en las noches de tertulia en la posada, luego de algunas, mejor dicho, muchas copas, decía que Andrómeda era el producto de una de las iras de su padre y la Vía Láctea de una noche de amor de su madre. Como nadie sabía de qué hablaba sólo quedaba reírse de su alcoholizada imaginación.

    Las mejores noches para la observación eran las invernales que comenzaban muy temprano en la tarde y acababan a media mañana. Es que al estar el pequeño monte Swan tan al norte de Escocia, no muy lejos del Círculo Polar Ártico, la noche invernal comenzaba en la primera semana de octubre y terminaba en la primera semana de marzo. Es decir, meses completos para la observación que, si el clima ayudaba, o sea que no tuvieran esas nevadas que duraban semanas, el registro, para alguien que estuviera dispuesto a congelarse era cuantioso. Pero en verano cuando los días eran más largos y la neblina llegaba hasta el mismo monte, o bien cuando el calor producía el característico titilar de las estrellas, lo cual significa una mala observación, Albert se dedicaba a sus otros menesteres.

    Albert no era un oscuro ingeniero como pretendía decir su suegro. Ya que nadie sabe si alguna vez estudió o lo sabe por su propia sabiduría. Toda la parafernalia, viejos trastos de bronce heredados de 6 generaciones de astrónomos, fue modificada y mejorada por él. Tenía un don para la mecánica y su biblioteca ajustada como su salario, rebozaba de libros de física, matemática, pero sobre todo mecánica. Y como siempre hacía, hablar sin que nadie lo entienda, llamaba a Newton un buen hijo y a Kepler un gran entenado Eso le hacía decir a la chusma que ese hombre no sólo no era de este país, quizá fuera de un continente lejano y como la ignorancia geográfica que confundía a Brasil con la India, digamos por la densidad de sus selvas, cualquier lugar era adecuado para su nacimiento.

    Tenía publicada una mejora para las locomotoras que implicaba un ahorro de combustible. Pero quien la haya leído la repatentó con una nimia mejora y se quedó con la autoría. Tuvo mejor suerte con el velocípedo cuando argumentó que si las ruedas eran algo más pesadas mejoraría la estabilidad, por eso de la conservación del momento angular. Incluso jugó un papel clave cuando otro ingeniero patentó el uso de la tracción a cadena. Que luego fue usada en grandes barcos en reemplazo de los grandes engranajes.

    Así que, como no paraba de inventar sin que le preocupara quien cobraba las patentes, volvía a hacer que la gente se preguntara quien era ese hombre.

    Sin embargo, su más preciado proyecto se activaba lejos de la vista de sus patrones.

    Cuando apenas era un niño, si es que, según los borrachines de la posada, alguna vez lo fue, porque algunos bromeaban que era eterno, había descubierto en sus paseos por los pedregosos montes de su país natal, una roca azul que no sólo brillaba en la oscuridad, sino que era tibia al tacto y luego de estudiarla mucho tiempo logró descubrir que emitía una especie de energía, algo por entonces poco estudiado, claro. No era algo como para mover a un barco, ni siquiera a una locomotora, pero quizá algo más pequeño. Ahora, había logrado, trabajando en secreto, que ese ingenio le diera vida al más esperado de sus sueños.

    No se trataba de lograr que la materia orgánica resucitara, sino que tal cual lo hace el músculo de una rana al ser pinchado o pasándole electricidad, él había inventado, hacía muchos años, un material que tenía las mismas propiedades. Nadie sabe cuántos años tardó, pero un asiduo y muy bebedor concurrente a la taberna dice que fue hace miles de años. Estudiando los elementos que le eran tan afines como le era la propia metalurgia, para lograr un material que tenía el aspecto de músculo y piel. No creyó que fuera una maravilla que un esqueleto de la altura de un muchacho de 12 años pudiera ser recubierto por esa masa moldeable. De modo que moldeó el esqueleto metálico, con materiales nunca logrados por nadie, le agregó esa clase de piel y obviamente un cerebro de un material que, si alguien le preguntaba, decía era cuerpo de medusa. Un enjambre de diminutas fibras que, según él, en las noches de taberna de puro vino, poseía los atributos de la memoria y la razón, algo que él consideraba obvios, pero, más aún, sentimientos. Un viejo borracho le decía que ya era difícil creerle la invención de memoria e inteligencia artificiales, ¿cómo pretendía ufanarse de una máquina con sentimientos? Su invento, su hijo, tenía, como todos, pulmones, corazón, estómago, etc., incluso sexo. Pero no quería arrogarse el atributo de crear bellezas inauditas como un tío, según decía, suyo.

    Así que su máquina tenía todos los sentidos del ser humano, no sólo los regulares que existen en cualquier libro de escuela, sino otros como el equilibrio, la sensación del transcurso del tiempo, por ejemplo. Pero además uno que le sería propio, la capacidad de crear atracción y rechazo, ya que necesitaba que su máquina no fuera estudiada en demasía y para eso, la propia máquina elegiría con quien intimar. Ahora bien, ¿cómo presentaría a su máquina sin causar la repulsa general, habida cuenta que no hace mucho a Galileo la Inquisición por poco lo mandan a la hoguera por decir que la tierra no es el centro del universo?, ¿Cómo decirles que su máquina podía ver, oír y pensar? No, eso había que dejárselo a los dioses. Lo que hizo debía ser pensado como algo que tuvo y si bien la palabra engendrar no estaba mal dicha, eligió llamarla hija, o mejor Gwener, un nombre como cualquier otro. Pero a veces, cuando de tanto beber caía en la angustia la llamaba hija de la nacida de la espuma, buena para la marca de un jabón, opinaban sus compañeros de taberna.

    El viejo borracho, siempre alegre, mordaz y curiosamente sano, aunque sabía que a los borrachos y a los locos nunca les creen, pero luego terminan haciéndolo, dejó planteada la duda de cuantos años tenía. Sólo cuando pagaba alguien le preguntaba de qué vivía, de dónde sacaba sus siempre presentes monedas de oro y plata. Y él le decía que donde él estuviera el vino y el dinero para pagarlo nunca faltarían. Hombre extraño.

    Así que una tarde, antes que la taberna se llenara de mentes embotadas por el alcohol. Alguien postuló que Albert no tenía la edad que decía tener, sino algo más, y se atrevió a decir, muchos más, porque, que el recuerde, cuando llegó alegó tener la misma edad que dice tener ahora y eso fue, según decía, hace más de 40 años. Pero otro le dijo que estaba chiflado porque no hacía más que dos años que había llegado, el tiempo suficiente para seducir a la niña y traer a alguien más a este mundo. Otro, desde el piso, arrastrándose sobre su propio vómito, dedujo que bien podía ser el dueño del tiempo. Lo cual encrespó al único ebrio con título, el reverendo Mc Cloud, que respondió que sólo a Dios le corresponde el control del tiempo. Y como el whisky, el vodka, el gin y la cerveza habían comenzado a circular haciendo que las inferencias lógicas se apagasen, todos se callaron la boca y nadie volvió a hablar del asunto, ni eso ni en las noches, meses, años siguientes.

    Cuando Albert, con un chasquido de sus dedos, puso en funcionamiento a Gwener, ella ya tenía, sin haberlos vivido, 12 años, con sus travesuras, recuerdos, cambios de dientes, cortes de cabello y lastimaduras de rodilla incluidas. Si alguien le preguntaba “He, tú, ¿quién eres?” Ella sabría decirles que se llamaba Gwener y era la sobrina, hija de la hermana de su padre, otras veces su antigua esposa una tal Marcela que vivía del otro lado del continente, o algo así. No solían, cuando así lo deseaban, ser claros padre e hija.

    Por eso, una mañana, todo el pueblo vio llegar una carreta, tirada por dos bueyes, de donde, con dos pesadas valijas en la mano, bajó Gwener, que decía venir desde muy lejos, y si alguien quería saber más, les decía, de Grecia, y como su aspecto cuajaba, las preguntas acababan.

    Así que pronto, se hizo amiga de Björk y mimaba a su hija natural, Margaret. Y su aparición trajo nuevas tertulias en la taberna del viejo Mark, que lo agradecía ya que cuanta más polémica hubiera, él más alcohol vendía.

    Cuando Tommy la vio, sin que ella lo registre, le pasaron dos cosas por la mente, que, si la sobrina de Albert había llegado, él que se tendría que ir sería él, y la otra, obviamente, que hermosa que era Gwener. Porque Albert la hizo según recordaba que era, otros dicen, el borracho dice, que es, su más larga y amada esposa y amante, es decir, la única más bella que la propia Elena de Troya.

    Albert no se ahorraba riesgos y si Tommy se quedó suspendido en el aire, todos y cada uno en la taberna lo mismo, lo cual incluía a la mujer de Mark y sus tres jóvenes hijas. Gwener, se podía ver, no era ni islandesa, escocesa, noruega, sueca, danesa, inglesa o alemana, pero tenía algo de todos esos pueblos. Su cuerpo parecía torneado por Fidias, su cabello largo y muy trenzado, de un rubio extraño y espeso, le llegaba hasta los tobillos. Su cara recordaba los cuadros de zurcidoras, costureras holandesas, redonda, llena de pecas, con unos ojos enormes y profundamente azules. La forma de sus manos, pies, caderas, torso y pechos se correspondían a alguien de su edad, aunque Victoria, la mujer de Mark, opinaba que nunca había visto a una niña de 12 años tan bella y a la vez tan mujer. Y si cuando habló su voz era melodiosa, cuando la hicieron cantar y ella no se negó, lloraron hasta las palomas. Pero quien más lo hizo fue ese rollizo borracho, cuando ella cantó en un idioma que nadie conocía, salvo, al parecer, él y Albert. Dijo “maldito algo” y ese algo parecía consonar con el canto de la ninfa. Quedó en el misterio a quien había maldecido porque cuando se lo preguntaron se excusó diciendo que en su pueblo se dice así cuando algo los supera. No todos le creyeron.

    Estaba claro que muchos rompieron sus alcancías para hacerle llegar sus regalos, así fueran muchachos de su edad, jóvenes, adultos, hombres maduros y viejos a los que parecía no importarles el mote de baboso. El viejo borracho, muy jocoso, decía que sólo faltaban Ulises, Ajax y Aquiles. Así que, ante tanta competencia, Tommy, que no tenía alcancía ni ahorro alguno se sintió menoscabado. ¿Cómo haría él para competir con tantos caballeros?

    Lo que Tommy no se había preguntado era lo que Gwener sentía, ya fuera por él o por quien fuera. Y estando una tarde de julio, uno de los pocos días templados, mirando romper las olas, al norte de la isla, Gwener pasó a su lado, ya sin su habitual vestido rosa y cinturón de trenzas de oro, regalo, según decía de su madre. No, Lucía se metió al mar, desnuda. Tommy miró a todos lados y le gritó “que te pueden ver”. Pero ella ignorando sus palabras lo invitó a internarse con ella. Por un impulso Tommy así lo hizo, pero apenas puso un pie en el agua notó lo fría que estaba, lo cual parecía no importarle a Gwener. De modo que se quedó mordiéndose el labio inferior de deseos y frustración. Cuando la vio venir al no tener con que secarla se quitó la campera que ella rechazó diciendo no tener frío. Cuando pasó a su lado reprimió sus ganas de tocarla, tocarla y tocarla. Y cuando ella estuvo distante se dio vuelta para gritarle “pacato, cobarde”.

    Como eso ocurría a diario, primero uno, luego dos y por fin una docena de muchachos escondidos entre las rocas fueron para expiarla y aunque a ella más que molestarle le gustaba, para evitarle más problemas a Albert dejó de hacerlo. Y cuando al pasar comentó que este año el agua estaba un poco más cálida que los anteriores, no hubo uno solo que no comentara que no solo ella apareció de golpe en el pueblo, sino que nadie recordaba haberla visto nunca antes de esa tarde de la taberna.

    Ya por entonces, Tommy no estaba enamorado, estaba ardiente, irremisible y locamente enamorado. Tanto que, si le dijeran estar con ella, por tan sólo cinco minutos y luego ser arrojado a la hoguera lo haría. Sí, por cinco minutos. Y cuando, al fin, le preguntó porque hacía lo que hacía. Ella le contestó con una frase incomprensible: “Soy como mi madre, fui hecha para enloquecer de pasión a los hombres”

    Tommy pensó, si Gwener era así y su madre era tan bella como para enloquecer como ella a los hombres, como se pudo enamorar de un hombre como Albert que era tan feo, algo jorobado y encima rengo.

    Pero llegó octubre y con él el tiempo de observación telescópica, nadie volvió a ver a Gwener y cuando le preguntaron, Albert respondió que se había vuelto con su madre en Escocia, pero a otro le dijo que, a Alemania, y a otro a la India, Italia, España, Brasil e Incluso China. Nadie entendió que Gwener era hija de todas y de cada una de las mujeres del mundo. Albert sólo la desactivó por los 9 meses del largo invierno.

    Para entonces Tommy ya había cumplido sus 14 años, de modo que pasaba largas horas llorando y añorándola.

    Cuando el verano volvió, Gwener reapareció y con ella la pasión de Tommy, quien por sentirse hombre se sintió con derecho a reclamarla para sí. Ella le dijo si creía estar a su altura. Tommy algo molesto le preguntó si ella creía ser la hija de una diosa como para rechazarlo como lo hacía y ella le respondió que ninguna y ambas cosas. Que sí era hija de una diosa, porque así la había hecho su padre, pero por otro que no era humana. Tommy, ya fuera de sí, le pregunta cómo podía ser que no fuera humana, ¿Acaso era una autentica diosa? Y Gwener con la calma que le correspondía le dijo, en forma indirecta: “¿Estás dispuesto a ser el hombre de una máquina?” “Maquina, ¿Qué Máquina?” Respondió él. Y ella en un idioma que él no conocía, castellano, le dice con tono irónico: “Hombres necios” Y cómo Tommy seguía sin entender o no quería hacerlo, Gwener volvió a decírselo nuevamente. “Tommy soy lo más sincera que alguien puede ser, yo soy una máquina creada por mi padre, si estás dispuesto a vivir con alguien o algo que nunca envejecerá y, a lo sumo, se gastará, pues bien, aquí estoy, toda tuya”

    Tommy volvió a preguntarle, ¿Cómo que nunca envejecerás? Y ella le responde: “Que dentro de varias décadas cuando seas viejo y senil yo seguiré teniendo la edad que mi padre me asignó, 12 años, pero mi cerebro artificial no cesará de aprender cosas nuevas. Pero, por otro lado, ¿no esperó 20 años Penélope a Ulises, conservándose casta y tan joven como cuando él partió? Pues bien, yo nunca partiré mientras vivas y cuando te entierre, quizá le pida a mi padre que me desactive para dormir el sueño de la nada contigo.”

    Tommy, sin poder entenderlo cabalmente, aceptó lo que sería parte pasión y aventura, pero también rechazo, riesgo y persecución. Porque al paso del tiempo se hizo evidente que mientras él crecía en altura y pelo en pecho, ella seguía siendo una ninfa de 12 años y así comenzó su largo peregrinaje por tierras remotas donde no podían recalar más que una docena de años sin ser nuevamente perseguidos.

    Dicen que cuando, llegado su tiempo, muy anciano, Tommy murió, Alberto cumplió el deseo de Gwener, y hombre y máquina descansan en un promontorio de una tierra y nunca declarada por él.

    Que Tommy un chico, luego hombre, fuera un simple mortal que gozó de la más bella de las mujeres, aunque fuera una máquina, era su revancha por haber amado tanto a Afrodita y ella nunca le correspondió.

    En una nueva taberna aún conversan y discuten, Dionisos, ese viejo borracho con el gran metalúrgico y orfebre de inventos humanos, Hefestos, el oscuro patizambo.
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  2. Simetría
    No es la vida tan simétrica como pretendés tozudamente, infundir a ese diseño. Hace días que te veo, atiborrada de café y despeinada, tratando de encontrar un punto de escape de los vientos del este entre las torres. Para mí dos tontas torres enfrentadas como dos amantes embelesados, aunque hoy más bien, parecen suegra y nuera.

    Mirá los puños de tu camisa, siempre impecables, manchados de negros y sepias. Es como si hubieras descubierto un mapa del Dorado. Sólo sueños y frustración.
    No es demanda lo sabés. Aun cuado sepa que cuando logres entregarlas y tendré que salir por esa puerta.

    No simetriza un tonto músico de bar, con la exitosa arquitecta que pudo quebrar la dicotomía espacio o naturaleza. Aunque quizá debas prestarme un poco de atención, si siguieras atentamente mis melodías, te darías cuenta que la belleza no es sólo simetría, ni duplicados, ni fotocopias. ¿Dónde está la simetría en Mozart o en el Río de la Plata? Uno tiene sus orillas, una con pibes, la otra con botijas, el otro lleno de arreglos y guirnaldas, donde a nadie le importaba.

    La simetría sólo es íntima, interior, cercana, sensible. Cierto que no es lo mismo Mozart con un solo oído, como no es lo mismo ver caer la espuma de champú de sólo uno de tus pechos. Que no es lo mismo mirarte con un solo ojo que al amparo de la luna.

    Hacele caso a tu mano izquierda, que siempre está quitándote los mechones rubios que ocultan el valle de tus dos simétricos ojos, ella no se angustia de no dibujar, ni trazar como su hermana, porque sabe que en la redención de sábanas, sabrá buscar éxtasis y clavarse en mi espalda, tan sabia y mágicamente como su simétrica.

    O como esa taza de café abandonada que no le importa ser la única sobreviviente de tus codos torpes, ella disfruta darte calor. Como yo, que sé, que mañana tendré que salir por es puerta impar y poco simétrica, para no frenar tu vuelo.

    Si al menos me hablaras, si al menos te distrajeras un minuto, reconocerías que el viento no se escapa por un punto de fuga, como si fuera un punto imaginario del infinito. Las cosas tienen su orden y su desorden, un punto de energía y menor esfuerzo, su Cosmos y su Caos. Sus sonidos y sus silencios, su hembra y su macho. Su vela y su timón.

    Como mis barriletes infantiles, siempre enormes y vistosos que nunca volaban, porque no les dejaba lugar para la fragilidad, y un barrilete es eso, una fragilidad de ángeles que necesita, sin embargo, un punto de amarre.

    No. En realidad, esas torres son como mis pesadas zapatillas diarias, que nunca me saco, que están siempre dispuestas a la carrera, o la abulia, la huída cobarde o la defensa heroica. Están siempre allí, abajo, en mis pies, hasta que, de tanto estar allí, me olvido de ellas y sólo cargan mis decepciones. Y suele ocurrir que cuando ando de ceremonia detrás de mi oboe, mi piano o mi violonchello, con cuellos duros y zapatos lustrados, me acuerdo de las dulces melodías de Vivaldi, los riffs de Blackmore y mis viejas zapatillas gastadas. Es allí, cuando descubro sus cordones desatados y su cuero desgajado.

    ¿Que tiene de simétrico el Aconcagua? Que es gloria y tumba de sus retadores. O los frisos del Partenón o las manos de Altamira. En realidad creo que es todo un arbitrio. Un absurdo protocolo. Como las vocales y las consonante, rojo y verde, pentagrama y clave de sol, los vinos blancos y el pescado, el saco y la corbata, fronteras y banderas, el afeitarse cada mañana. ¡Quién se libraría de ellos!

    No. Vos no. ¡La simetría es belleza! Repetís. Y yo no lo creo.

    A mí me parece tan dulce tu mejilla roja y marcada de almohada, como tu otro ojo que se fuerza por abrir. Me seduce menos tu trajecito de pana, que tus medias caídas de bostezo. No me dice nada tu rush caoba y me fascina tu lencería arrugada, de recién despierta.

    Nuestras tazas de café con leche, son tan distintas y sin embargo, tienen la loza cuarteada de cientos de amaneceres. Ellas son el Caos como tus piernas son el Cosmos.

    Ahora temo seguir mañana aquí.

    Porque tu triunfo será mi adiós. Y mañana me gustaría pasar, en verdad, por las lajas octogonales de las torres gemelas en arco, que reverberan las aguas ocres de un Paraná cansado, y me sentaría justo entre medio de ellas, a la sombra del sauce que preservaste, y miraría hacia el nornordeste o al sudsudoeste y no sabría en los duros mediodías de enero hacia donde apunta la brújula, porque los pasillos trapeciales terminarán en simétricas orlas de mármol. Sin embargo, yo, y sólo yo, conoceré una trampa, como la palabra secreta que nos arroja a las camas gemelas. Sé que sólo en una de ellas, casi desapercibida, como si fuera una firma del Bosco, escribirás tu nombre, Analía Martínez, Arquitecta U.B.A. Entonces no serán simétricas, porque sé que tu mano izquierda no sabe dibujar o escribir en espejo, aunque sepa cosas mejores, y yo podré, a pesar de tu esfuerzo, distinguir la diestra de la siniestra.

    En cambio si mañana sigo aquí. Será al lado de la que no pudo ser la gran o la primera mujer del diseño ecológico. Y no creo que por falta de méritos, sino porque te evaluarán hombres de saco y corbata, que sólo comen pescado con vino blanco, y se afeitan y se manicuran todas las mañanas. Y quizá ellos escondan tus torres, como las Nereidas de Lola Mora, o exhiban tu fracaso como la cabeza del Chacho Peñaloza.

    ¿Y que me va a quedar a mí, tu aprobador? Ver como nacen una a una las arrugas de tus párpados y crecen las venas de tus sienes. Y me repetirás, en cada orgasmo, no tu expiración de éxtasis, sino que buscarás por donde se escapa el viento, entre los cristales espejados de tus torres doradas.

    Me voy a quedar aquí sentado. Como señal de protesta. No voy a hacer zapping para matar los minutos. Te voy a contemplar la cintura cansada de taburete, escuchar una y otra vez los sonidos de tu cuello contracturado, oler el histérico humo de tu cigarrillo mal fumado. No voy a gustar tus dedos sabor a Pizzini, ni tocar, aunque me muera, tus codos hartos del filo del tablero.

    Te voy a proponer simplemente que te rías de mí. Juguemos por un rato a la simetría de los apareamientos, la asimetría de la soledad y la antisimetría de las traiciones. Digo que, en lugar de hacer torres simétricas, las hagas antisimétricas. Que si una tenga proa al viento, la otra sea de popa, que si una tenga cocheras al norte, la otra las tenga al sur, que si una recibe al sol, la otra lo despida. Entonces cuando el viento charrua venga, la izquierda lo corte, una parte siga hacia el Hernandarias y la otra, entre los pasillos compartidos, acaricie las hojas del sauce y luego, en una espiral voluptuosa, se junte por la derecha y empujen limo y naranjales.

    Por fin veo elevar tus ojos de mar del gris metálico del papel de plano y esbozarme una sonrisa, algo ocurrió. No puedo saber que, si una luz de inspiración fluorescente o deseos de entregarme tus hombros y tus caderas. En algo te veo feliz, no sé si son ojos de As de Espada o si recordaste que te amo. Si vas a firmar al pie o me vas a arrojar la camisola a la cara. O quizá ambas cosas.

    ¡Caramba! Acabo de recordar que no compré esas copas que querías para brindar, en cuanto termines. Mi negación es más fuerte. Hoy quisiera tenerte. Porque mañana, amor, no estaré.
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  3. Sobre roto

    Pudo haberle dicho simplemente adiós. Pero era una palabra imposible en el diccionario de las hadas.

    No es lo mismo – pensó – una niebla que una tormenta.

    Él sabía de los ojos silenciosos que caminaban las paredes de las catedrales. Sabía que ella no llegaba a la oficina por las puertas giratorias, ni marcaba tarjeta, sino que se aparecía a través de los balcones. Que ella se perfumaba de una rosa distinta cada día, sólo para verlo pasar.

    Decirle “Adios”, sin haberle dicho “Bienvenida”, no parecía una palabra adecuada para conjugar en una letanía de lágrimas.

    Entonces ensayó aproximaciones. Como quien acostumbra la rodilla al esfuerzo de la montaña. No eran la única forma de decir adiós, pero como no eran suyas las podría recitar, como quien mira las profundas cavernas de Yorik, mientras el apuntador fuma su cigarrillo ciego.

    Meditó en la angustia desmedida que le provocaban los labios que él nunca había deseado besar, maldiciendo las trazas genéticas de las palabras. Cosas extrañas que fluyen en los vientos de las cavernas congeladas. En la circunstancia de no verse nunca más.

    Aquella mañana entró despacio. Subió los espejos de cera. Golpeó la puerta. Escuchó: “Adelante”. Giró el bronce. Chirrió la bisagra. Vio su rostro iluminado por la negación de un cálculo. Ella alzó los ojos lila. Y él, que nunca había penado por su sonrisa sintió una rebeldía de calandrias caminándole la garganta con sus patas haciendo nidos en la lengua. Tomo el aire perfumado por un jazmín, una menta indefinida y un ajeno pucho apagado. Miró la junta mal acabada entre dos mosaicos. Pasó la punta del zapato para ver si era una mancha. Dejó de pensar en el sobre vacío que quedó clavado por el abrecartas en la puerta del ropero, y comenzó con la primer mentira.

    ¿Puedo sacar una fotocopia? Dijo. Como si fuera el chico cadete de ojos azules que había entrado la semana pasada.

    Ella permaneció en silencio de éxtasis, mirándolo como cuando el príncipe pide agua para su caballo. Se tragó sin querer el chicle. Se levantó, cayéndosele de nuca la silla por el peso de un paraguas. Se le enganchó la pulsera al espiral del cuaderno.

    Pretendió decir: “Por supuesto, ya está encendida. ¿Sabés usarla?”; cuando en realidad pensaba: “Pero claro, mi Señor, el aljibe es todo tuyo”, por lo que en realidad dijo: “Veo luces en el fondo del foso”.

    Él no pudo entender, después de todos esos años, como era posible que una cintura escapada le prohibieron la belleza de esos ojos. Pensó en tantas modelos de almanaque de piel exacta, que se dibujan los ojos para ocultar alcoholes, que nunca habían aprendido a usar su diestra lengua para hablar, que tenía que despegar de su sábana como panqueque quemado. Y ninguna, jamás, le había entregado esa mirada de miel.

    Ella pensó, ¿que habrá ocurrido en palacio que las cortesanas permitieron que la capa azul bajara al valle, con la boca sedienta, en busca del agua de una aldeana?

    Él apoyó la hoja sobre el cristal, bajó la tapa plástica, pulso el botón. Una luz lateral le escaneaba la camisa blanca, descubriendo un rojo hilo agónico que descendía de la corbata. Y sin mirarla, le dijo: “Este fin de semana salgo de vacaciones. Me voy pescar con un amigo”.

    Él puso punto final a la oración pero ella escuchó tres puntos, se quedó suspensa del hilo de la araña esperando que la completara con “¿...querés venir?”. Sin embargo él no lo dijo, sino que la miró serio esperando la primer respuesta.

    “Ah... a... así... que suerte... –contestó ella, confundiéndosele las películas - los arroyos de mi valle están poblados de pejerreyes y mis playas cubiertas de gaviotas...”

    Él sintió que el ombligo se le partía. Se tentó a entregarle una fotocopia. Pero se le clavaron arpones en la espalda, un viento de sangre salpicó de arena la agenda de madera. La miró a las manos, le cruzó la boca de verdes y se arrojó por las escaleras en busca de oxigeno.

    La primer mentira había fallado.

    Volvió a su casa, releyendo una y otra vez el renglón 14. No supo porque las suaves cascadas de los sauces que acariciaban hasta ayer las ventanillas del interno 23, le parecían hoy uñas de hiena queriendo abrirle el pecho.

    Se preguntó una y otra vez, fingiendo la voz delante del espejo: “A que tantas consideraciones con esta mina, ¿Quien es, al fin y al cabo?. Solo una mujer que me ama en silencio. Simple. Nada más. Ni siquiera tengo caña de pescar.”

    Recordaba la filosofía de servilleta de su amigo. Ese que sí sabía pescar. Ese que vivió abrazado a su gorda durante 30 años. Ese al que le bastaban las mantas, los mates y los sanguches de milanesa que su negra le hacía. Ese que jamás habría dicho "me voy", sino "¿que te parece si vamos?". Ese amigo una vez, hacía mucho tiempo, cuando aún “la gorda” era “mi negrita”, le dijo:.

    “Mirá que debe ser jodido tener alguien que te quiera, he. Jodido no poder compartir con la otra parte la misma mirada. Creo que eso es peor que lo que te está pasando”.

    Como corresponde, lo puteó soberanamente. Él le estaba confesando su amor no correspondido por Mariana y el otro contestando con espejos. Tardó años en saber como crece la sabiduría al costado de los juncos.

    Mentira numero dos.

    Lo más difícil era buscar una excusa. Le habían arreglado la fotocopiadora. Música de Mozart. Eso, música de Mozart. Le robó, con permiso de ojos, un sobre a la recepcionista.

    El ascensor tardaba en llegar al séptimo cielo. Huelga de querubines según parece. Abrió la puerta. Señales de alarmas rojas convierten los mosaicos en piedras informes con yuyos de alpiste, combatiendo por la gota de agua a la avena de los carruajes. Quitó una antorcha para espantar tres dragones, entró a la celda donde permanecía encadenada la bruja de la ciénaga, quien no advirtió su espada, ni su sello, pues estaba graznando a través de un cuerno. Problemas de comarcas. Arrojó el cuerno contra la bola de cristal.

    “Me parece que rompiste el teléfono” Le dijo él.

    “¡Ay, hijos adolescentes!... ¡hijos adolescentes...!” Contestó ella.

    Fue el momento en que lo reconoció. Las varas mágicas se desplegaron para convertir la bruja represora en un hada de calabaza, vestida de uniforme reglamentario con la tarjeta de identificación prendida al revés.

    “Abajo, como sabían que subía, me dieron esto” Mintió él.

    “Así... claro... tenés un pelo en el cuello de la camisa... ah, si el Mozarteum... linda gente... dejame que te lo saque... trae entradas para el próximo jueves... ¿serán platea o paraíso?... No, sin duda paraíso, los ángeles hacen sonar sus trompas... ¿Los ángeles también tendrán ojos verdes?... ahhhh... volvamos toquemos tierra... gracias mi ángel mensajero...”

    Ella se quedó con las ganas de tener un pelo entre los dedos. El nunca le había escuchado tantas palabras juntas. El sol de la mañana cambiaba de columna mientras los globos aerostáticos levitaban sobre el piso 7 de las espejadas ventanas de la multinacional. Mientras Mozart seguía encerrado en el celofán sin haber pasado de manos.

    Ella pronunció el conjuro reanimador: ¿Me querías decir algo?

    “No, nada – dijo él - recién vengo de verlo al jony. Parece que me trasladan a New Jersey”

    “Ah... ¡qué suerte... que sss suerte! –balbuceó ella-... van a... van a... ay, perdón... es que estoy con alergia... hay días en los que respirar se hace tan difícil... disculpame... debo… dejarte... dejame la revista sobre el escritorio...”

    Él se quedó con la mentira a medio decir. Bajó las lagunas, saltando las piedras. Esquivando los cascos de los caballos y las furias de los jabalís. Él que había intercambiado pieles con tantas serpientes. Que había consumido los vientres fríos de tantas arañas. Él, el zorro, el halcón, el padrillo, que siempre volvía en mañanas de ansiolíticos a su piel verde y su charco mugroso, sólo era príncipe es esa aldea de 9 metros cuadrados.

    Segundo intento fallido.


    El renglón catorce no decía nada especial. Sólo hablaba del adiós. A él no le importaba demasiado. Pero sabía que a ella sí. Quizá fuese una muestra de su propia crueldad, consigo mismo, con el mundo, con ella. Para que empecinarse con un adiós que le dolería. Quizá para dejar un pañuelo en la dársena.

    Tercer mentira.

    Estaba decidido, subiría a esa maldita oficina y lo diría. Empujó el vidrio con tanta fuerza que casi vuelve a la vereda. No escuchó al nuevo guardia que le exigía la tarjeta de identificación. Pasó furiosamente la tarjeta magnética varias veces y la puerta del ascensor no se abría.

    “Es que está al revés…” - escuchó.

    El ojo del dinosaurio se abrió. Un vórtice los precipitó al abismo ingrávido, donde reposaban las babas de algún dios sobre la letra vencida de un tanque de combustible sólido de CCCP. Ella le chocó el vidrio de su escafandra, en su lejanía de piel levitada. Le pudo ver la etiqueta de vapores congelados, a través de los tubos de animación suspendida. Tomó una piel de mamut para limpiarle la niebla de los ojos. Se calentó los dedos de amianto en un volcán que pasaba y quiso alimentarle el corazón. Solos, en ese espacio metálico. Hasta que ella alzó su vista de Jedi, expulsó una manada de Triceratops en celo con una piedra de Júpiter. Para poder contemplarlo, horadarlo, adorarlo. Y él no pudo defenderse. La fuerza de la magia salía de ella con cada parpadeo. Primero estallaron los cristales, la nuca y el aluminio. Se destrozaban los abrojos, los cierres, las cápsulas, las roscas, disipándose de ácidos hacia las rocas levógiras. Hasta quedarle la piel mansamente pulcra y reverenciada. El aún tenía el poder de cortar los hilos de plata, pero no lo hizo. Ella permanecía despojada de su piel y él podía ver, sin embargo, que le brotaba ambrosia de la boca y no vapores de la hendidura. Meditó sin respirar, hasta que sacó su Láser

    “Me voy a vivir con Miriam” Dijo él, esperando un choque de planetas.

    “¡Ah! - dijo ella, mientras se abría la puerta del ascensor - este es tu piso. ¡Buenos días!”

    Cruzó el umbral y quedó a la deriva entre las dunas, con la boca seca, y el sol apuntándole a los ojos. Si al menos tuviera la dicha de ser asaltado por los beduinos, para ser enterrado vivo, luego de cortarle las manos, la lengua y ser sodomizado. Esas manos que no tenían ningún deseo de Miriam, esa lengua sin ambrosia que contaba mentiras inútiles, ese cuerpo fálico que nunca había entendido hasta ahora el poder de los seres etéreos. Y ese sol, sí, ¡ya va!, ¡ya va!


    Esa noche mientras ESPN dividía pantallas. Él volvió a su deporte de estudiante. Cuando sus retinas pedían pausa de estructuras, de puentes ajenos, de cálculos de factibilidades, de tensores parabólicos, tomaba su caja de dardos alados. Encendía la radio. Dejaba que el chabón hablara boludeces y apuntaba al centro. Cosas que le pasan a uno. Decidir un día del poder del centro. Que el mundo es tan frágil como el corcho. Que una idea puede ser ese misil aguja, perforando los cráneos de los ineptos. Que las pieles femeninas no son mas que cartón corrugado, aptas sólo para ser arrugadas, rotas. Sus centros dulces sólo aptos para ser perforados de puñales para que entreguen azúcares de higos.

    Y estar equivocado.

    Como el equivocarse al doblar una esquina. Y entrar en callejones donde las agujas convierten a los niños en topos. Que las niñitas te ofrezcan una estampita numerada o sexo a cambio de un pancho. Que el viejo mendigo, borracho de alcoholes y pegamentos, abrochando su camisa hedionda y rota, no sabe como espantar las moscas de sus piernas podridas. Que Dios no pasó por aquí.

    Será por eso que el dardo rojo pegaba una y otra vez sobre el membrete verde del sobre blanco vacío.

    ¡A quien carajo le importa!



    No se pudo despedir.

    Aún le quedaban media docena de mentiras. Pero el renglón 14 era demasiado explícito.

    Tuvo que cambiar de edificio. Cambió su exclusivo traje de pana escocesa por el celeste ambo con un bordado en el bolsillo. Y a casi nadie le importó. La negra viuda de un pescador filósofo le traía milanesas de contrabando. “Son muchas”, le decía él. La negra siempre le contestaba: “Son para llevar”

    Aquella tarde en que entraría en coma. Pudo ver un ángel que le soplaba dentro de los pulmones. Le cortaba las gomas de buzo agónico. Los ángeles nunca lloran, sólo aman. Le pasaba nubes para limpiarle los pecados de los ojos verdes. Recogía los cabellos de cobalto en una caja. Levantaba la sábana para besar el pecho de ese cuerpo que tan blancamente había deseado. Las torpes manos de la enfermera que inyectaban ampolla tras ampolla en el plástico del suero, ignoraban que estos amantes nunca habían conocido los gozos de las penetraciones.

    Y ella que lo amaba sin la nostalgia de los orgasmos. Le cerró los ojos con sus mágicos dedos. Le impregnó la frente de ambrosía. Le abrigo el pecho con sus pechos. Al fin fue suyo.


    Cierto a quien le importaba lo que pudiera decir del adiós el renglón 14.
  4. A tu sombra vendré un día,
    en una cómoda caja,
    que habrá sido savia como vos.

    Y me entregaré a tus quietos pies,
    que me llevarán a la torreta de tus ramas,
    para sentir el viento sobre mis disueltos líquidos,
    y al fin,
    podré conversar con los pájaros.
    A hunnie le gusta esto.
  5. Guagüeto



    Estaba Guagüeto tirado sobre el césped del fondo, a la sombra del paraíso. Era un día precioso y aprovecho para hacerse una buena siesta; después de todo su persona lo había agasajado con el resto del asado y una buena morcilla; y la modorra hacia que baje las orejas y cierre los ojos.

    En eso desde la pared del fondo una alondra lo llama.

    - Psst psst. Con sonido de alondra, claro.

    Guagüeto en duermevela, sólo movió la oreja izquierda con un intento de espantarse una mosca con la cola.

    - Psst, psst. Insiste la pájara.

    Por fin, con un bostezo de león número 19, Guagüeto le dice:

    - ¿Qué hay?

    - ¿Cómo que hay?

    - Sí, ¿Qué hay?

    - ¿Usted es Guagüeto?

    - Sí, así me llama mi persona, más bien personita, Braulio se llama.

    - Ajá.

    - ¿Ajá qué?

    - ¿Usted piensa que yo hice más kilómetros que una migración de primavera para llegar hasta acá, para que usted diga “aja qué”?

    - Bueno, está bien, disculpe señora viajadora, ¿Qué pasa?

    - Paso a explicarle. Resulta que tengo una prima que no es alondra sino gaviota que vive en Islandia, un lugar requetefresquito, que me cuenta que al cormorán alfa se le perdió la medalla de plata.

    - ¿Y usted vino hasta acá por una simple medalla de plata?

    - A no señor, esa no es una medalla cualquiera, ni una medalla olímpica tiene más valor en Islandia. Se la regaló la mismísima Björk por haber avisado que una ballena había encallado. Y no cualquier ballena, una ballena blanca, tataratataratatara nieta de Moby Dick y no sólo eso, luego le puso el cuerpo a un barco ballenero que quería arponearla. Por suerte, allí estaban Björk, Sting, Bono y Yoko Ono para evitarlo. ¿Los conoce?

    - Hum, sí, pero no se lo diga a Braulio, todavía está en la etapa de Trompita y Manuelita, va a salita de cuatro.

    - Bueno señor, resulta que, en uno de sus vuelos de reconocimiento, porque como Usted sabe, una medalla trae grandes responsabilidades, esta se le cayó al volcán Eyjafjallajökull, que ahora está calmo y su cráter ahora congelado. No sé si lo conoce.

    - Sí, lo ví en Nat geo, pero…Y yo, ¿Qué tengo que ver en todo esto?

    - Mire señor, le preguntamos a los cormoranes que les preguntaron a las gaviotas que les preguntaron a los delfines que les preguntaron a los pulpos que les preguntaron a las ballenas australes que les preguntaron a las ovejas del sur. Y en todos lados nos dieron la misma respuesta, que usted es el mejor buscador de todo el orbe, llamado por las personas planeta tierra.

    Guagüeto ufano ante semejante reconocimiento casi se rompe el cuello de tanto estirarlo,

    - Psé, eso dicen. Como esa ballena blanca yo desciendo de un perro alsaciano cuyo dueño fue el mismísimo Sherlock Holmes.

    - ¡Faaa!, mirá vos.

    - ¿Entonces?

    - ¿Cómo entonces? Que nos ayude a buscarla. No me va a decir que su personita no lo va dejar.

    Guagüeto lo pensó un rato y dejando un hueso sobre otro, al estilo pirata, que era la señal cada vez que salía de misión, acompañó a la alondra saliendo por entre las rejas de entrada.

    Caminaron, mejor dicho, él caminó, ella volaba de rama en rama. Hasta que llegaron a la estación de ferrocarril, se subieron a un tren de carga que los llevó hasta el puerto de Buenos Aires. Y allí, la alondra, que era una gran políglota de gorjeos, le señaló un barco que tenía una gran inscripción, un nombre que no sabía que decía y debajo dos palabras una decía Iceland y la otra Island, con su bandera azul cruzada por una cruz roja y blanca.

    Era un carguero que traía carbón y se llevaba cebollas y papas, porque dicen los islandeses que las papas argentinas son tan buenas como el carbón islandés, que justo estaba por zarpar.

    Guagüeto se apuró a subir por la larga explanada de madera y sin necesidad de esconderse, ya que los recibió un sonriente marinero Senegalés, que habiendo visitado a unos parientes en Buenos Aires, volvía a su trabajo. Y que sorpresa fue saber que el marinero hablaba castellano, más bien rioplatense para más datos, como le había enseñado su primo. De modo que, aunque ni alondra ni perro lo hablaran sí lo entendían, porque a diferencia de la plurilingüe alada, Guagüeto ni jota de islandés.

    Comenzado el viaje, Guagüeto notó que la convivencia entre marineros de variopintos lugares era alegre, lo cual aliviaba el trabajo. Porque en un barco no es sólo cargar y viajar.

    Pasaron unos días, quizá 7, y cuando estaban cruzando la línea del Ecuador, ¡zas!, una tormenta, que Guagüeto ya había sufrido en otras de sus misiones, pero esta se llevaba la palma. Por suerte el barco con tan formidable manga y eslora, se meneó de lo lindo, pero superó la tormenta luego de cuatro movidísimas horas.

    Llegaron a Reykjavík un sábado por la mañana, de modo que ni cortos ni perezosos pájara y perro, luego de saludar a su ahora amigo marinero que los tuvo bien cobijados y alimentados, bajaron por la larga explanada de madera.

    La distancia entre la capital y el volcán era, a ojo de buen cubero, de unos 200km, de modo que no habiendo ningún camión que fuera hacia el mismo, a Guagüeto se le ocurrió usar el mismo medio de transporte de Walter Mitty, una patineta. Pero como el camino en una parte se hizo de subida y no avanzaba fueron divisados por un tal Nigel, un pelícano australiano con aire vanidoso, por haber trabajado, según dijo, en Buscando a Nemo, cosa que Guagüeto no cree salvo que los pelicanos vivan tantos años. Pues bien, la gran ave con alma de socorrista le tiró una cuerda y llegaron volando, mejor dicho, alondra y pelícano, que a Guagüeto sobre la patineta las orejas le flameaban y parecía que se le saldrían. La cosa que llegaron en un periquete.

    Pues bien, allí estaban todos, gaviotas, osos, renos, lobos, cormoranes, etc. tantos que Guagüeto no había visto tantos ni siquiera en Nat Geo.

    Pero lo que vino a verlo lo hizo caer de cola, la mismísima Bjork, que nada que ver con eso de que no veía una vaca dentro de un baño como en Bailando en la oscuridad, acompañada por Isadora.

    El problema era que como el volcán era tan escarpado era difícil llegar hasta donde se suponía había caído la medalla, lugar aproximado ya que entre la altura el viento y una fumarola pudo haber sido arrastrada lejos. De todos modos, Plaft, el cormorán, dice que cayó dentro del cráter de unos 4km de diámetro.

    La pregunta obligada fue

    - ¿Y cuál es el diámetro de la medalla?

    - Cuatro centímetros. Le dijeron

    Guagüeto comenzó a gruñir que en lenguaje de persona sería un

    - ¡Ah, bueno!… ¡ah, bueno!”

    Para colmo no podía usar su finísimo olfato, no tanto porque la medalla fuera de plata sino por el olor a azufre que despedía la fumarola.

    Pero se le ocurrió una solución, pasearse por la superficie del lago congelado, con la misma patineta en que había llegado y con la misma ayuda. El vanidoso australiano, que Guagüeto se guardó la pregunta, ¿Qué hacía un australiano en Islandia? Cosa que le mismo Nigel le respondíó.

    - Si Marlin pudo recorrer todo un arrecife en busca de su hijo, él lo hizo siguiendo a una pelícana paseandera.

    La idea era simple, era mediodía y primavera, y si bien los rayos del sol en esa latitud no caen a plomo, es decir como desde el techo, igual esperaba distinguir el brillo metálico de la medalla que, según le habían dicho, no era labrada sino por su nombre; moviéndose en espiral desde el centro hacia las paredes del cráter. Así, mientras todo el mundo miraba desde los bordes escarpados del cráter, las aves con su vuelo, las personas con máscaras de oxígeno debido a la altura casi dos kilómetros, comenzaron el periplo espiral dejando unos 10 metros entre línea y línea, o sea la distancia entre punta de ala y ala de Nigel y los cuatro compañeros que lo secundaban, entre vuelta y vuelta lo cual, las personas que miraban con calculadora en mano decían que serían unas 20 vueltas que se hacían cada vez más largas a medida que se alejaban del centro.

    La cuestión fue que, luego de la última vuelta, y a pesar de los 6 pares de ojos, de la medalla ni noticia. Tanto que Nigel que era quien tiraba de la patineta, y por lo tanto el más cansado, estiró sus alas hacia atrás como forma de desperezarse, tocando la rígida pared del cráter y quedándosele enganchada el ala derecha en una rama de alerce que afloraba como árbol loco de la misma pared. Tiró para destrabarse y se escuchó un sonido raro que no era a rama ni pluma. Y como, por lejos el que mejor oído tenia era Guagüeto lo identificó de inmediato. Metálico. Así que pegó un ladrido que traducido a persona era “¡quietos nadie se mueva!” Luego de esas dos horas las sombras habían avanzado bastante, así que si era la medalla o cualquier cosa metálica había que buscarla al tanteo. Pero como algunos saben, los ojos de los cormoranes no sólo distinguen las líneas magnéticas terrestres sino sus alteraciones por los metales, de manera que Plaft, tomó altura y se dejó llevar por el instinto y aterrizó a unos pocos metros de allí, donde había caído el objeto. Pero no dijo nada. Le chistaron tres veces y tampoco. Así que Guagüeto fue hasta donde estaba. Y no era que no hablara, sino que lloraba de emoción. La había encontrado. Unas personas al darse cuenta de la algarabía que se expresaba en ladridos y graznidos, comenzaron a arrojar bengalas para iluminar la escena.

    Ahora todos a comer, unos sobrevolando un barco pesquero que regresaba de su tarea diaria, otros con una ración de carne, a sabiendas de que uno era de la Pampa, que para un islandés común, decir Buenos Aires, Pampa, Patagonia o el Amazonas era lo mismo.

    Luego a dormir, cada uno en su nido, madriguera, a falta de su lejana cucha, para Guagüeto la casa de una persona.

    Por la mañana la sorpresa fue mayúscula, Guagüeto no volvería en barco sino en un avión de Greenpeace, gratis por supuesto.

    El regreso fue con la misma compañía que la ida, la alondra que lo dejó en la puerta de su casa.

    Había faltado sólo 15 días y la mamá de Braulio, que no sabía dónde había podido estar, lo recibió con un plato fideos con tuco y en la sala vieron un documental de Islandia.
  6. Por culpa de Silvio Rodríguez,
    no pude trabajar,
    no pude pensar,
    no pude respirar.

    Absurda rima de mañana nublada.

    Memoria asociativa musical,
    eso dicen en Villa Freud.

    Sí escuchaba su amor por Nicaragua,
    recordaba sus observaciones gramaticales,
    sus correcciones de estilo,
    sus apuntes de capítulo.

    Si le engullía una serpiente,
    (vaya causalidad)
    escuchaveía sus relatos de amor por Ja,
    (amor simple de corazón ingenuo)
    su pantalón verde de entrecasa,
    (fotos trucadas de su Ja pidiendo recompensa)
    su regado de las plantas del patio interior.
    (Enredadera, jazmines, pies descalzos)

    Unicornio perdido.
    (Flores sin rescate)
    ¿Cuál? ¿Éste?
    Tangible imposible.
    (Flores sin rescate)
    su forma de cortar la lechuga.

    Sus indicaciones de alacena,
    (teléfono, cuchillas, penitencia,
    hombro contraído, dedo de nuca)
    para que su amigo loco,
    invitado a cenar,
    (trrrremenda lucha para aceptar)
    pueda cocinar.
    (qué no sabía, despiste de varón,
    del teflón de la plancha,
    y le ha venido una alucinación,
    de dos décadas atrás).

    ¿Qué sabrá La Maza, de finales abiertos,
    hamburguesas caseras,
    acertijo de trama,
    huevos salados,
    proyectos editoriales,
    aceite de soja sobre zanahoria rayada?

    Ni fumar un cigarrillo tranquilo,
    me ha dejado este cubano.

    Salir a mi patio,
    (pequeño como el suyo)
    y creer escuchar por la ventana,
    sus poemas cantados por otra voz.

    (Que me perdone Silvio,
    me gusta más la voz de ella)

    Caramba,
    lo tuve que quitar,
    digo, a ese CD prestado,
    vaya tontería.

    ¿Tendrán razón los burgueses?
    Los poetas nos dominan,
    a través del corazón.

    Sí, mejor cambio, mejor Björk,
    para pensar en otra voz.
    Otro azúcar,
    ojos esquimales.

    ¡Y minga que le devuelvo el Unicornio!
  7. Ahora funciona.
    No sé a quien le debo dar las gracias, pero gracias por arreglarlo.
  8. Nombres
    A Gala

    Te llamaré con todos tus nombres.
    Rastrearé desde el curso del tiempo, tu hado
    Buscaré la inscripción de tu casa celestial.
    Cruzaré los océanos de mis abismos.
    Arriesgaré mis tesoros de cristales quebrados.

    Serás soberana,
    de este territorio rico y desolado.
    Tengo aguas dulces debajo del lodo,
    cielos abiertos detrás de las nubes negras,
    miel de ángeles, entre la sangre de hiel.

    Serás la maga de mis conjuros,
    plegando la niebla con tu sonrisa
    destrozando fantasmas con tus susurros.
    pintando arabescos sobre mis telarañas,
    construyendo puentes en mis ciénagas.

    Entonces sí, te nombraré.
    Diré tu nombre de este tiempo, de agua, aceite y ceniza.
    El de tus ciclos de soles pasados, de boca de los tronos.
    El de tu futuro al fin de la galaxia, de núcleos diabatizados.
    Los infinitos de mi embeleso, en fiebres de espera.

    2000
    A bristy y hunnie les gusta esto.
  9. Desamparame de tus ojos

    A Gala

    Desamparame de tus ojos.
    Nublan mi entendimiento y mi cordura.
    Haceme entender que nada puedo esperar de tus huesos,
    Que el tiempo y la miseria carcomieron mi piel amarga.

    Pero, si veo tus ojos vivos.
    Inocentes de mi pena.
    El mundo desaparece mágica e inexorablemente,
    viniéndome palabras reblandecidas,
    pulsos irregulares, garganta seca
    y razonamientos idiotas.

    ¿A donde se va el universo, cuando afloran tus ojos?
    Enojaré a la más dulce de las brujas, por mi falta oído.
    Sólo por estar distraído y distante, mirando tus ojos.

    No le hagas caso a estos versos;
    mal conformados,
    Es que estaba pensando en tus ojos.

    2000
    A hunnie le gusta esto.
  10. Acepciones

    ¿Cuál es la diferencia?
    No es mejor decir;.
    cuanta diferencia.

    Cuando pronunciamos cópula.

    Vos que me has pedido ser atravesada,
    partida, enajenada, sometida.
    Para que emerjan todas tus bestias.

    Yo tenderme sobre tu piel,
    para sentirte aleteos de pájaros.
    Besarte uno a unos los dedos,
    rodear de espirales los pezones,
    despegarte suavemente el alma,
    de tu cuerpo enredando mi boca,
    de tu clítoris.

    Yo pretendiendo la suavidad del Cyrano,
    vos el avasallamiento del Caballero Negro.
    Yo un leve acoplamiento de naves,
    en el espacio ingrávido.
    Vos un choque de planetas,
    contra tu superficie polvorienta.

    Y preguntarme, ahora,
    si todas las lunas,
    tendrán tu misma definición de palabras.

    Porque quizá
    no sepa que mi diccionario esta obciso,
    quizá haya nacido con las definiciones cambiadas,
    y esté escribiéndote,
    que es escribirle al pasado de horrendas marcas;
    cuando no me puedo quitar otra mariposa de las manos,
    que quizá tenga tus mismas definiciones.
  11. Contingencia
    Título caprichosamente extraído de "La contingencia del lenguaje", Richard Rorty

    A Gala


    Niña, dejame nombrarte.

    La ventana me llevará lejos a las espumas de mar...
    y seguiré viendo gusanos en la tersura de las rosas.

    La luna me acariciará,
    levitándome en los cuartos crecientes.
    Pero le entregaré mi pecho, a los cuervos.

    Tendré tu sonrisa amiga,
    tu voz, tu cuaderno...
    tus mates...
    pero me arrastraré de arpones.

    Si embargo... (mariposilla) dejame nombrarte.

    Dejame decir(te)le a un espejo (que guardo para esta magia)
    ... amor... (se ríe de cristal y me da un caramelo)

    Si sabés que no te reclamo.
    ¿Para que explicar los rumbos de tu corazón?
    Si soy yo el que ha gastado tardes sin sol.
    No vengas a visitar mis lápidas.
    Si ya me mostraste la luz, (que había olvidado),
    no quieras adelantar mis relojes.

    Niña, no me regales de tus dulces excusas.
    (que avergüenzan mis libros)
    No confundas mis celos con ansias de pertenencia.

    Sabemos es cierto,
    que sos primavera y yo otoño.
    Tus caminos blancos,
    mis sendas cadenas.
    Tu mañana, luminoso,
    mi noche, telarañas amargas.
    Y eso sí es simple contingencia.

    Pero, ya sabés,
    (nunca lo he ocultado),
    que otra me ciño a esta roca.
    Y deberé arrastrarla marcando mis desiertos,
    hasta que la muerte nos separe.
    Y esto, el cielo lo sabe, no es contingencia.

    Viste que no tengo poesía, fuera de tus ojos.
    (Me vienen estos ataques cuando no te veo).
    ¿Acaso son bellas estas absurdas articulaciones?

    Entonces, dejame nombrarte,
    (es una mentira de uso privado)

    Ya que nunca serás mi amor,
    dejame soñar,
    tontamente,
    con el mejor de los nombres.
    A hunnie le gusta esto.
  12. ¡Quién me habrá mandado!

    Yo no sé para que abro
    a la luna mi ventana
    estas noches otoñales
    melancólicas y blancas.
    Juan Ramón Jiménez

    A Gala


    ¡Quién me habrá mandado a mí mirarte a los ojos!
    Si estaba gozando las navajas de mis muertes.
    Hundido de traiciones en los fríos abisales.

    Pero se me ocurrió,
    ¡estúpido!,
    escuchar tus poemas.
    Que no eran para mí,
    pero que me importa.

    ¿Cómo hago ahora
    para quitarme este resplandor de luna inútil?
    Que se destila como veneno en mis vapores,
    se me escapa como víbora de las comisuras,
    y me muerden escorpiones la garganta.

    Si hasta me fui buscando juicio.
    Declarando a cada testigo lo indeclinable del adiós.
    Nadie me creyó.

    Y volví sin bellotas ni reinos extraños.
    Y aquí estoy, esclavo de tu frescura.
    Esperando que encuentres tu príncipe astronauta;
    mientras sigo cayendo en llamas al mar.

    2001
  13. una la

    Women is the nigger of the world. (Jhon Winston Ono Lennon)


    Ella, Eva, la culpable.

    (Digo, eso dijo, el jovato,
    que vino de arriba con un broli
    firmado por el diretó.
    Pero yo el garfio no lo ví.
    Mucha soldadura halógena, vea)

    Culpa de madera.
    De manzana, de zarza, de olivos.
    El serrucho dejado por una luz.
    Y ella allí.
    Llorar al crío.

    Culpa de piedra.
    Pies ligeros acabando con el honor.
    (Silencio señó que la yegua está montando
    versos alejandrinos).
    y la Ifi dando vientos.

    Culpa republicana.
    La Lucre, la pura, la bol... la intacta.
    Esta, la que no envenena,
    ni cuida las artes.
    (Y el bruto ese, bah.)

    Culpa roja.
    Uno, que vino de vasijas.
    Y la pequeña vagina romana
    conquistó la furia.
    (Ma no te preocupei:
    fuel verso del alfil.)

    Culpa culta.
    Hypatia, bonita y sabia.
    Pagan Baby
    Escándalo a la sinrazón.
    Quemen sus papiros con ella.
    Sólo un libro.
    (Todavía matamos por cual)

    Culpa campesina.
    Asadito a la Juana.
    Buena idea.
    Otra que se la creyó.
    Hombres necios.

    Culpa diferente.
    Hocus Pocus.
    (Salem con fritas.)

    Culpa llana.
    María pensaba en el que no tenía brain.
    Virtud por vida,
    rechazo por el que dirán.
    (Ma sí, dejalo que se haga el pajonal.)

    Culpa punzó.
    Moño rojo sin brea.
    Isidora baila refalosa.
    Camila paga las Alianzas.

    Culpa rubia.
    Mis grasitas,
    ¿Podrian decirme
    donde está mi cuerpo?
    Don´t cry for my, Madonna.

    You, Daddy, bastard.
    Haceme lugar debajo de tu zapato.
    Boys don´t cry, Brandon,
    hacete hombre.
  14. Hypatia

    La vi pasar
    con su habitual cadencia al caminar,
    sin prestar atención al mundo,
    midiendo a Vespera
    con su astrolabio.
    Mientras, quizá,
    planea una de sus clases.

    Algo ha cambiado en ella,
    ya no sonríe como antes,
    ¿Qué le preocupa?
    No lo dice.

    Quizá esa guerra desatada,
    entre la razón y la oscuridad,
    allí en las calles,
    entre luminosos filósofos paganos y
    esas escuadras violentas de cristianos.
    Ya hubo sangre en las fuentes
    y fuego en las hogueras.

    Pero ella,
    se mantiene firme,
    mientras lee a Ptolomeo de un papiro.
    Su ojos se llenan de fuego y mar,
    ¿Quién quemaría a Euclides, Platón y Eratóstenes?

    Pero ya lo han hecho.

    El sol se ha puesto,
    Véspera ilumina los patios de la Biblioteca.
    Las hordas de Cirilo han entrado.
    Ha ordenado la muerte de la pagana.

    Pero, ¿por qué?
    No arrodillarse ante los nuevos dioses,
    o por envidia de su inteligencia,
    o la lujuria desatada en él,
    a causa de su otoñal belleza.

    Mi ojos se nublan por mi maestra,
    oigo sus desgarradores gritos,
    mientras la desollan viva.

    Voy hacia ella,
    aunque sé,
    correré su misma suerte.

    2019

    Pd: El 8 de marzo de 415 dc, Hypatia fue desollada viva, descuartizada, partes de su cuerpo incinerados. Pero no con honra sino con oprobio. Un hecho que para muchos inició el período más oscuro la Edad Media. Es considerada una de las primeras científicas de la historia.
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  15. Disculpeme niña
    A Gala

    Discúlpeme niña,
    yo sé que esto no es poesía,
    no hay estructura,
    ni desestructura,
    no hay novedad, ni desafío,
    en mis ojos cansados,
    mirando su sonrisa fresca.

    Discúlpeme preciosa, hoy... no, ya ayer,
    me deleité mirando sus dedos de mano izquierda,
    apoyados como patas de modulo lunar,
    sosteniendo el sol de su rostro,
    mientras su blanca mano derecha,
    articulaba un flash de agujero negro.

    Que extraño es esto,
    yo tecleando mi insomnio,
    de la lejanía de sus hojas verdes,
    para convertirlo en documento,
    que subirá a los satélites,
    teniéndola, hace minutos apenas,
    a cuarenta centímetros de mi cuaderno.

    Usted estará, ahora, descansando fatigas,
    soñando, quizá, otro poema,
    mientras yo bailo como títere de barro,
    atado a los hilos intangibles de sus yemas,
    envidiando a las teclas de su piano.

    Yo sé que no le sucede como a mí,
    de pensar usted en mí como yo en usted,
    para dibujar sus versos contundentes de tareas inconclusas,
    antes que suene la campana de cualquier round,
    y se terminen los granos del más pequeño de los relojes,
    mientras yo, vampiro embelesado,
    beso la bombilla que usted ha besado.

    No trate de explicar lo que yo no me explico,
    de poder conocer los motivos de este amor irredento,
    déjeme con este tozudo dulce dolor,
    déjeme disfrutar mi éxtasis de ciento veinte minutos,
    sabe, usted, que no pude alejarme de sus ojos.

    Mis celos son genuinos,
    no del que posee y conserva desconfiado,
    sino del que sabe lo indeclinable del destino,
    que alguna vez, usted se irá, como ya fue, prestando cintura,
    y yo volveré, en algún otro solsticio,
    a morderme los labios bajo el limonero.

    No se haga cargo,
    (sé que no lo hará, pero por las dudas)
    de este sentimiento de otoño.

    Es que a mí sí,
    me ha pasado la vida por encima,
    por mis culpas de silencios,
    por mis miedos de palabras.

    Y me arrebatan sus inocencias;
    sus cabellos en todas las medidas,
    sus romances de piel, ilusión y papel,
    sus pájaros, su niño judío y sus zapatos.

    Sólo le pido una cosa;
    (no le haga caso, en mis ansias
    a todo lo que pide mi mirada)
    regáleme un poema,
    con lo peor de sus palabras,
    que aún así será eterno.

    Lo enmarcaré, lo enalteceré, lo conservaré.
    Junto a la foto de mis hijos,
    que me sonríen como ya no me sonríen.
    Junto a otro poema de niña adolescente,
    y su foto de psicóloga haciendo flan.
    Junto a mi pulsar, mi baobab, y leones.

    Y pediré llevármelo,
    si alguna vez tengo quien me escuche,
    entre mis manos,
    junto al blanco de mi mortaja.

    2001
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