1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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  1. En aquel otoño
    tu recuerdo galante y enamorado
    no cayó
    con las últimas hojas del viejo olmo

    ni en las horas del té de tilo
    de las largas tardes


    es que tampoco se acercó
    como ardidas cenizas
    apunto de encender el fuego de tu nombre


    en aquel otoño
    la sombra de tu antigua lejanía
    entumeció hasta la nieve del contiguo invierno


    y los acaecimientos de la carne
    sudaron la helada brisa
    del postremo beso
    silente
    del ángel.
  2. Իմտատիկը (A mi abuela)​



    En la noche extensa
    todo lo que queda es el rito de una tenue vela
    con sus pausas
    por el resuello del silencio.

    Las blancas calas
    como frías vírgenes del alma de Dios
    y una lápida
    que una y otra vez
    enciende las letras de tu nombre
    de entre las cenizas
    de la mente y su resurrección.
  3. El interior de la oreja de un anciano que jamás se baña.
    Los dientes amarillentos y careados por la nicotina. En realidad, los dedos
    o cualquier parte del cuerpo amarillento por la nicotina es una imagen sórdida.
    Un ojo en compota.
    Las lágrimas de una mujer golpeada
    detrás de una escena que deja una botella de whisky vacía
    y un vaso volcado sobre la mesa.
    Un revolver sobre la mesa al que aún le sale humo de su caño
    y un charco de sangre en el suelo.
    El cielo cayéndose a pedazos.
    Los alambres de púas en la cima de una alambrada
    que divide el exterior del interior de un campo de concentración.
    Un maletín sospechoso dejado por un musulmán
    en un concurrido lugar público.
    Las lápidas sin nombre. Las fosas abiertas.
    Ciertas hojas de la historia escritas por los prejuicios de los hombres.
    La cámara de gas. La silla eléctrica. La inyección letal.
    La sala quirúrgica de una clínica
    en la que se llevan a cabo los abortos clandestinos.
    Las mordazas y los grilletes, más aún si estos están oxidados.
    La camisa de fuerza que inmoviliza a una persona
    sobre la camilla de un hospital psiquiátrico.
    Un sacerdote que absuelve a un grupo de reos (asesinos y violadores)
    de todos sus pecados.
    Un bebé llorando dentro de un contenedor de basura.
    Los harapos de un mendigo cualquiera. La gente que pasa con indiferencia
    sin siquiera voltear la mirada o ofrecer una moneda
    a dicho mendigo.
    El mundo andando patas para arriba.
    Definitivamente una imagen sórdida
    es el mundo perdiendo lo poco que le queda de cordura.
    Los seres humanos que jamás aprenden,
    y vuelven una y otra vez
    a cometer las mismas necias e imperdonables estupideces,
    son también una imagen sórdida.
  4. En mi esquina
    de luna enjuagada por las lágrimas grises de la conciencia
    veo la vida pasar.
    Mis pupilas se detienen en la noche.
    Parpadean los segundos, las distancias,
    las ansias, los sueños.
    Parpadean prendiendo luces y oscuridades,
    nombrando y callando mis alias y nombres
    como nuevas fotografías
    que al revelarse se amarillentan.

    Así pasa un tren exprés
    sobre miles de estaciones
    abandonadas
    en las que nunca hubo tiempo para detenerse.

    Pasa fugaz
    como una estrella que perdió su oportunidad
    de conceder un deseo
    o incluso de apagarse en el mar.

    En mi esquina
    yo soy un expectante más de mi multitud de saturaciones y vacíos,
    un fantasma frente al espejo,
    una simple colilla arrojada al cenicero
    que una vez se encendió, hizo humo
    y consumió con vigor horas de insomnios,
    latidos y recuerdos,
    pero hoy ya ni es capaz de satisfacer los vicios
    de un pulmón enfermo.
  5. Yezning corta tres hojas de laurel y un ramito de cilantro de su jardín.

    Un niño de apenas cinco años
    vio como un grupo de soldados otomanos mataron a su familia
    y quemaron su casa.

    Yezning pica las cebollas, un pimiento
    y los dientes de ajo.

    Un grupo de soldados turcos
    abrieron con sus bayonetas el vientre de una joven embarazada
    para saber si su hijo era varón o mujer
    y así saldar sus habituales apuestas.

    Yezning agrega las hojas de laurel, el ramito de cilantro,
    la cebolla, el pimiento y el ajo en una olla para empezar
    a cocinar a fuego lento la salsa.

    Se entregó por radiodifusión el mensaje
    de que por cada armenio muerto se abrirían las puertas del cielo.
    Así, también, los lugareños
    empezaron a ser parte de la inescrupulosa caza.

    Yezning corta unos trozos de cordero y se los agrega a la olla.

    En el ferrocarril de Anatolia
    cientos de armenios deportados murieron de asfixia.
    Otro grupo de armenios murieron intentando cruzar a pie
    las ardientes arenas del desierto de Der Zor.

    Yezning toma un par de tomates y los pica para terminar la salsa.

    Aurora Mardiganian
    atestigua sobre el genocidio
    relatando cómo un grupo de 16 mujeres fueron golpeadas, violadas
    y por último empaladas por el ejercito otomano.

    Yezning toma otra olla y en ella le agrega agua,
    un poco de sal y una gran dosis de lágrimas.
  6. Todavía conservo el viejo suéter de lana de cachemir,
    algo rasgado, decolorado,
    con agujeros e incluso sin que ya me entre.
    Ese mismo suéter que pasó de generación en generación
    y una tarde de junio
    me lo obsequió mi abuela.
    Ese mismo suéter que a toda nuestra familia
    la vida nos ha salvado
    frente a los temibles e implacables fríos.

    Lo más lamentable es que nunca nosotros pudimos
    corresponder el favor y hacer lo mismo
    enfrentando las balas y las esquirlas de las explosiones
    para salvar las vidas de todas esas personas
    que lo tejieron.
  7. Aún los escucho gritando
    desde las profundas y turbias aguas del Río de la Plata
    como ecos de otro Titanic,
    uno más que la historia de la Argentina
    ha sepultado detrás de sus páginas.
  8. La pequeña Julia juega en su cuarto;
    para ella la infancia siempre será un verde lino,
    trocitos de precisos níqueles, floridas azucenas, espigas doradas
    guardadas en el ropero.
    También alguna blanca golondrina dejando sus aterciopeladas huellas
    en las nubes, en el cielorraso de su habitación,
    en el mediano sol que cae sobre la tarde.
    Y jamás olvidar a los barquitos de papel
    con sus velas en alto, navegando en el mar abierto,
    persiguiendo quimeras.

    La pequeña Julia juega en su cuarto;
    y detrás de la ventana
    pasa la vida presurosa con las maletas recién hechas
    para tomar el último tren que parte hacia la transición de los años.

    La pequeña Julia juega, brinca, corre, vuela y sueña en su cuarto;
    y detrás de la ventana
    pasa la vida
    tan velozmente que se vuelve muerte
    dejándole solamente, a modo de despedida, una carta
    para que esta pequeña niña
    al despertar la lea
    y se vuelva de golpe una mujer.
  9. La noche llega con sus jóvenes razones
    para golpear las paredes de este viejo y rutinario tiempo.
    El rastro de pesadumbre deja un semblante de polvo
    en el horizonte,
    un manso recuerdo de sangre estival
    que hiberna en las cavernas de lo que pudo ser,
    de lo que jamás será.

    Los sueños decantan con sus cansados pies
    en las arenas de la vejez
    como trasatlánticos encallados
    en la profunda mar de una arritmia de adormecimiento
    y las golondrinas se pierden en sus antiguos vuelos grisáceos
    de lejanos horizontes.

    Así, en su rincón de fotografías y postales
    marchitas de jardines de rosas,
    el viejo corazón
    estalla en un latido mudo de ausencia.

    Fatigoso, agotado, consumido
    por tanta mascarada de temores y prudencias,
    hoy decide escribir sobre el murmullo de aquella
    alba prematura, las cenizas de aquella promesa,
    la innegable caricia
    que le ofrece aquel adolescente fantasma
    oculto en el silencio de su muerte.
  10. Frente a los vivos lilas y carmines,
    tonos libres de un cuadro de febrero,
    se encienden las cenizas de aquel tiempo
    en que los ruiseñores anidaron
    dentro del corazón.

    Los pájaros de piedra cobran vida,
    abren sus alas, vuelan con su canto,
    comparten a la abeja con la flor
    y a las errantes nubes del verano.

    Elevando la vista al franco cielo,
    el viejo corazón amanecido
    deja por un instante los temores
    y los largos exilios.

    Así emprende su vuelo de pasiones,
    como si fuera un niño alborozado
    montado en los alones de Cupido.

    El viejo corazón,
    con ansias de muchacho,
    sueña con encontrar su nombre junto
    al de ella cincelado sobre un árbol.
  11. Nosotros los excluidos, los del pasillo del éxodo,
    los que llenamos las tumbas del olvido,
    los que anduvimos en la noche
    de puntillas, con pasos de cristal,
    cuidadosos por no hacer el menor ruido.


    Nosotros,
    los que fuimos carroña de las bestias
    en el comedor.

    Nosotros aprendimos a prescindir de las palabras
    incluso de los tonos claroscuros de los sueños,
    del cielo y sus errantes nubes de abriles,
    de los nombres, de las lágrimas agrias y dulces,
    de las máscaras de la alegría,
    de los agudos latidos…


    Aprendimos a ser silencios anónimos,
    fantasmas y despojos, rostros invisibles en el tiempo;
    pero así y todo
    nos volvimos runas descifrables de la sangre
    del dolor, el temor y la muerte.
  12. Leímos entre líneas de recelos
    las palabras ciegas del corazón,
    pero nunca aprendimos el lenguaje Braille
    para los necios
    ni las señales de los cuerpos.

    Nos perdimos en los acordes de las lágrimas de un violín
    que tocó sin cesar
    la triste composición del rosal sin la flor.

    Así, poco a poco, nos atamos a los fantasmas de la duda
    y tejimos nuestra propia telaraña
    de dolos y ovillos.

    Nunca llegamos al final de la historia,
    fuera lo que fuese: trágica, feliz o misteriosa.
    Ni siquiera fuimos protagonistas del deseo,
    de las sobras de la piel
    y del fuego de la memoria.

    Sólo nos detuvimos en ese nudo
    que llegó a encontrar su tope en nuestros cuellos.
    Un nudo sin desenlace
    ni ningún camino más,
    un callejón sin salida
    en el que colgamos como sombras anónimas,
    sentenciados y a la vez verdugos.

    Un nudo de renglones vacíos
    como cuchillos mudos
    que cercenaron sin titubear
    las venas, la tinta y los latidos
    de esta novela y cada una de sus páginas.
    A liliana leoni le gusta esto.
  13. Braman los pájaros de fuego
    sus fantasmas azules
    los ecos de la joven noche
    entre siluetas y caricias
    guardadas​
    como preciadas gemas descifrando un secreto​

    las persianas filtrando los roces íntimos
    el resplandor de un sueño que se repite
    como una sonrisa de luz
    en la oscura tormenta

    dentro de los confines de la sangre
    navegan los nautas de mi silencio
    para encontrarte como eras
    una bella sirena
    nadando​
    en la marea de la memoria.​
  14. Hasta el infinito tiene fondo,
    en el pozo ciego se encuentran pisadas,
    huellas de barro en la memoria,
    pájaros de tierra manifestados en el suelo.
    Hasta la eternidad tiene un límite
    y su azul
    en un punto distante se vuelve gris.
    Las horas cesan, los latidos se detienen,
    las nubes acaban su recorrido en la frontera del mundo
    y las distancias se acortan.
    En esos momentos no sentimos tan pequeñitos
    frente a los ecos de la muerte
    y sus señales que marcan el fin
    de la alegoría,
    del brote hecho flor,
    de la espuma de la marea en el atolón de las sombras,
    de la motivación de la abeja que muere en su aguijón.

    Pero nos olvidamos que después de eso
    hay un cesura, una tregua de espasmos,
    de oxígeno sin respiración
    dando un salto
    hasta el parador de la vida
    para que empiece otra nueva batalla la luz.

    Y si recordamos eso
    nos damos cuenta que el infinito, la eternidad
    y su azul pueden ser inacabables
    dentro de una burbuja perfecta
    que abarca cada lado de un ciclo.
    A liliana leoni le gusta esto.
  15. Acá están todas las historias,
    las que me llevaron a fracasar y también a triunfar.
    Las que lloran y ríen.
    Las de aguas claras y turbias.
    Las de compañías y soledades.
    Acá, de pie,
    siento el alivio natural,
    obsceno, ambicioso, noctívago, insurgente…
    Mientras el río dorado
    corre
    por el inodoro, en el baño
    de un pasillo oscuro y su minuto eterno
    que separa a los fantasmas y trances de la noche.

    Toda historia necesita desahogarse
    y no hay mejor forma de hacerlo
    que estando de pie,
    con la bragueta baja,
    meando con una sonrisa de placer en el rostro,
    meando los viejos restos de cerveza
    de los pesados años.