1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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  1. Movimientos extraños
    a hurtadillas las sombras se desvisten de la piel
    las esfinges en horas escondidas nos llaman
    susurran nuestros nombres en secreto
    mientras las luces se atenúan
    al compás de una danza de idiomas del consuelo

    fantasmas del recuerdo/ muchos tal vez/ escapados del clóset
    nos hacen recordar
    la piedad de la sangre/ la dulce edad del sueño
    el sabor de las noches del verano
    los milagros de un beso sobre nuestros labios huérfanos
    el color de la gala de la luna y de la fresa
    los descalzados andares sobre las arenas del cielo
    el instante del equinoccio de las flores
    las vertientes/ los latidos / las lumbres / las ráfagas fugaces
    de un náufrago deseo
    en medio de las grises costumbres de las tormentas

    nos hacen recordar que debemos reencontrarnos
    vernos y adentrarnos
    en los íntimos mares de los ojos del otro
    sin ahogarnos


    debemos reencontrarnos
    vernos y adentrarnos
    no siempre/ pero cada tanto
    en especial
    los 14 de febrero
    remarcados en el calendario

    pero debemos hacerlo
    sin afilarnos las uñas/ los colmillos y los dientes
    A homo-adictus le gusta esto.
  2. Es la media tarde y la merienda aún sigue sin prepararse.
    La niña se sienta para recibir otro regaño de su madre
    que fuma un cigarrillo
    y bebe lo que queda de su café.

    ¿Qué esperas, la leche?
    ¿No crees que sea tiempo de preparártela tú misma?

    Y continúa diciendo:
    No veo la hora que dejes de ser un peso muerto
    y tomes responsabilidades.
    Que dejes de soñar pamplinas,
    hagas a un lado las muñecas y veas lo que es la vida real.
    Golpeándose se hacen las mujeres.

    En el momento que termina sus regaños,
    la severa mujer
    se levanta de la mesa y se va.
    La niña con una cara larga de tristeza
    se arrima a la taza
    y en la borra del café llega a ver
    la imagen de una adulta mujer
    que falsifica la firma de su mamá.
  3. Treinta y cinco años de casados,
    siempre el mismo empleo,
    siempre la misma casa,
    el mismo desayuno de la semana, el mismo periódico,
    el mate amargo, la misma marca de puchos,
    las mismas discusiones y las mismas reconciliaciones,
    las mismas vacaciones de una semanita en Buzio
    “para más no da el presupuesto”,
    la misma religión de todos los domingos.
    Siempre, los ojos de él fueron únicamente para ella
    y los de ella, se posaban debajo de la cintura,
    para la bolsa de huevos y su miserable breva que cuelgan de él.
    Y nada, ni siquiera la pastilla azul del viagra de último momento
    puede satisfacer, hoy por hoy, sus vacíos.
  4. Ausencias, exilios golpeando la puerta.
    Ásperas costumbres, intrusas costumbres dejadas en el tapete
    para que los foráneos las recojan y las siembren.

    En su tiempo las derrotas no tenían un sabor agrio,
    la sangre derramada no se evaporaba,
    el sudor no quemaba las supurantes llagas de esta tierra.

    Pero hoy el fracaso afila sus colmillos para morder hasta
    el desgarro​
    la estirpe, la herencia,
    la dignidad, la honradez...

    Las tumbas pasan como un tren
    que recorre todo el calendario,
    los niños se han vestido de hambre
    y sueños de apolillados harapos,
    las palabras se envenenan,
    el diálogo se vuelve una tosca roca
    que estorba el final del camino con soberbia.

    Y siguen las ausencias consumiendo nuestras envergaduras,
    nuestras cenizas de linajes.

    Y siguen las ausencias
    —una más—
    desfilando hasta el acantilado,
    jalándonos hasta lo hondo de la fosa,
    ahí donde enterramos una vez
    la soberanía, los próceres, la historia y
    la olvidada memoria.

    Y siguen las ausencias de tratados diplomáticos,
    de léxicos refinados y cultos,
    de elegantes presencias y perfumes importados,
    de ideas primermundistas…
    susurrándonos​
    al oído los vocablos del diablo.
  5. Ellos siempre miran el firmamento y
    contemplan a las magnánimas estrellas,
    cada una con sus nombres.
    Pero también sería muy necesario
    mirar el suelo y buscar dentro de él
    las estrellas sin nombre
    que todavía no desenterramos.
  6. Un recuerdo
    cruza el umbral de la noche,
    frente a las sábanas se detiene en silencio.
    No es el mismo recuerdo que siempre quema las naves del sueño.
    Se desliza suave y con calma
    sobre los límites del cuerpo, sobre el aire que exhalo,
    trayendo consigo la última fábula
    desprendida de la luna, susurrando nanas
    y caricias de algunos olvidos.
    Así, este recuerdo, me besa la frente, me da las buenas noches
    y me cobija para que duerma.

    Mañana volverá a tomar la forma de otro luto,
    volverá a ser otro fantasma navegando en mi sangre,
    otro relicario de islas y mares desiertos,
    otro cielo de nostalgias que me enreda entre sus nubes,
    otra afilada cuchilla cortando la tibia placenta
    antes de todo nacimiento,

    pero hoy no;​
    hoy, simplemente, me deja dormir tranquilo.
  7. A José Luis Villegas.
    Hoy visité a un gran poeta.
    Lo tenían encerrado en un cuarto del hospital psiquiátrico,
    en el sector de toxicología.
    Sus muñecas marcadas por las cintas “siempre atan a la cama a los adictos”,
    su semblante pálido con la mirada perdida de años,
    colmado de ausencias, de pesadas memorias,
    de poemas
    algunos
    olvidados y otros jamás leídos.

    En lugares así uno puede ver muchas cosas
    y termina buscando a la vida
    entre las colillas de los cigarrillos, entre los algodones con sangre,
    entre las horas que decantan en el goteo del suero, debajo de la almohada,
    en la escasa luz de la tarde
    que se filtra detrás de los vidrios esmerilados
    o incluso
    en la miserable cucaracha
    que sale por debajo de la puerta
    y nos da la bienvenida.
  8. Acumulo palabras/sobras longevas del alma
    miradas escondidas/idiomas del silencio
    y la palabra que siempre falta
    la que no se nombra
    sigue sin aparecer
    sin desanudarse

    espero en las horas al borde del filo
    en la noche de sombras y ausencias
    espero por esa palabra originaria
    desnuda/templada
    esa pausa de verbos claroscuros

    la palabra que aún no se sabe abrir
    ni salvarse
    la palabra que aún no llegó para nombrarme

    busco en mis acopios y sobras
    en el stock del estante de años
    busco y hago un nuevo inventario
    para revivir olvidos y cenizas

    y así que nazca
    otro lenguaje
  9. Una mujer desnuda y en lo oscuro
    genera una luz propia y nos enciende…
    Una mujer querida o vislumbrada
    desbarata por una vez a la muerte.

    Mario Benedetti.
    Una mujer desnuda en la extensa noche.
    Una mujer desnuda como lumbre sobre las sombras.
    Una mujer desnuda que danza para ella.
    Una mujer desnuda intima con su inocencia.
    Una mujer desnuda en exteriores e interiores,
    en piel y alma
    detrás de la ventana,
    en el horizonte…
    y ellos solamente la observan, pero no se acercan.
    Nadie jamás se le acerca.
    No lo hacen porque le temen,
    le temen a su ingenuidad,
    a su nítida alegría,
    a su confianza pura de magia,
    a esa rara libertad.

    Ellos simplemente le temen a la vida
    y sólo se dedican a observar desde sus horas muertas.
  10. Legiones de rencores y culpas
    se guardan en el anaquel del pecho,
    se almacenan durante las largas noches
    de rostros de insomnios.
    En oscuros repliegues se retraen y serpentean
    hasta los torrentes de la ferviente sangre.
    Con movimientos lentos, rozándose apenas,
    ocultándose, siendo espectros mudos del tiempo,
    esbozos de los latidos de la muerte,
    forman parte del sombrío tumulto
    que brota de las profundidades íntimas
    de aquel viejo deseo.

    Y a pesar de todos sus universales silencios
    uno siempre sabe que están allí,
    aferrados con uñas y dientes
    a la médula, a la historia,
    a nuestras cabezas pendiendo de un hilo.

    Ellos están ahí
    alimentándose de nuestras añoranzas,
    afilando las cuchillas de la angustia,
    husmeando por las persianas del miedo,
    disfrazándonos de hipócritas cobardías y gentilezas.

    Son murciélagos, serpientes y ratas
    en la cama
    esperando que nos durmamos
    para así,
    poco a poco,
    puedan reconciliarse con los orígenes
    de nuestras quimeras.
  11. Sentados en un banco de la plaza
    un anciano y una anciana
    comen su almuerzo de boca en boca
    y cambian nostalgias y cambian risas
    como las horas cambian las sombras

    despreocupados por el tiempo
    un anciano y una anciana
    le dan de comer a las palomas
    y cambian vivencias y cambian recuerdos
    como la vida cambia sucesos

    (…)

    Un par de años más tarde…

    tendidos en sus sepulcrales lechos
    un anciano y una anciana
    descansan juntos
    y cambian las décadas y cambian la eternidad
    como la vida cambia a la muerte.
  12. XL

    A veces, simplemente, soy
    el poema sin recitar
    oculto en la memoria,
    una bienvenida y a su vez una cercana despedida,
    un reconfortante y también un frío aliento.
    Por supuesto soy una fecha
    o un calendario detenido en la estación del recuerdo,
    una ciudad que jamás duerme buscándote,
    un pañuelo cayendo en el andén cuando el tren parte,
    un café negro y un cigarrillo frente al vals de la lluvia,
    una lágrima en tu mejilla, un mechón de tu pelo,
    un pedazo de sonrisa, hasta soy la suave caricia
    que tú me das con tus manos de niña.

    A veces soy la musa cantora o el zorzal chillón
    de ese apasionado suceso
    que guardo como una preciada fotografía en la cómoda.

    A veces soy un soñador que te obsequia la luna
    o el ebrio trotamundos
    que se pierde en los jardines de tu sombra.

    Pero siempre
    o en la mayoría de los casos
    soy ese privado silencio
    de medianoche
    en donde cuelgas tus más íntimos sueños.
    A Jarave le gusta esto.
  13. ¡Hey!, a usted le hablo.
    Perdone que lo moleste, pero quisiera saber…
    ¿por qué tiene esa cara?
    Sí, esa cara de un viernes más que no pagaron,
    o esa cara por hacer horas extras que nunca figuran en la planilla
    para luego llegar a su casa y darse cuenta que su mujer lo ha dejado,
    o esa cara por no estar nunca en los momentos especiales de sus hijos,
    sabiendo que no volverán a repetirse cuando estos crezcan,
    o esa cara de saber que se tiene que mudar por ser incapaz de ponerse al día
    con el alquiler de esa pensión mugrienta,
    o esa cara por ser basureado toda la semana por un capataz paraguayo que
    ni siquiera tiene primer grado,
    o esa cara por no haber logrado almorzar en 15 minutos
    y encima encontrar en su sándwich de queso una cucaracha.

    Mejor déjelo ahí, ya veo porque tiene esa cara.
    En todo caso usted me debería preguntar a mí…
    ¿cuál es el motivo para que este tan infelizmente sonriente?
  14. Mi rostro de hoy:
    las ojeras
    ensanchándose
    hasta apropiarse de todo el marco del aspecto
    igual a un anuario
    de tonos grises por los estados prenupciales,
    los ojos con nubladas precipitaciones
    detrás de una botella de tequila,
    el semblante atracado
    por las chamuscadas ideas de los años
    sobre el cenizal
    como un viejo otoño amarillento,
    el pelo desparejo, la barba de más de un mes,
    los labios resecos por tanto besar
    la nicotina de las ásperas sombras…
    Todo frente al espejo a punto de fugarse del fantasma
    de uno mismo.

    Tu rostro de hoy…, bueno, es definitivamente igual al mío;
    pero con la única diferencia
    que estás enterrada un metro y medio bajo la tierra.
  15. Mi canción preferida
    es silbada por el viento,
    de inmortales tonadas
    pasa de boca a boca.
    ¿Será que con la edad del laurel
    no pesan tanto los años?
    ¿Será que con su lírica nos trae
    un pan y una estrella al fragor de la historia
    y un sueño de golondrina surcando el exilio?

    La canción que de azul tiñe el olvido
    barriendo lo gris y el polvo,
    las lágrimas en el semblante,
    bautizándonos de nuevo
    ante esa vacía costumbre
    que acarreamos de no nacidos.

    Una canción que clama y jamás cede
    con la fuerza de sus latidos
    de cuerdas de guitarra,
    raíz de la sangre,
    campanas de savia,
    zorzal de siempre alboradas…

    Es la perdurable canción que viene de andar
    un país entero, una frontera sin límites,
    que conoce las penas sudadas
    por las manos curtidas del campesino,
    también las lunas de barro esculpidas
    por las noches de mil alfareros.

    Canción de ida y vuelta
    que con su himno
    desmiente al silencio,
    al calendario de cenizas
    y a la muerte que pasa
    no dejando que el hombre respire
    por sí mismo.​