1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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  1. Con alma de canicas, pelota de trapo y pijama
    el sol de la infancia
    huye de la antigua memoria de las noches.

    Frente a la puerta abierta de una presurosa madurez
    pasa un hálito de mezquindad y abandono,
    de huérfanos fantasmas
    escapados
    de los jamás narrados cuentos de hadas.

    Un recuerdo asola al pequeño Juan
    ya curtido por los años…

    Mamá entre regaños y zurras
    marca el camino del aprendizaje,
    papá dobla la apuesta
    con su mano dura de cinto remojado
    y su tradicional olor a alcohol y tabaco.
  2. Hubo un tiempo en que mirábamos al cielo
    contemplándolo con sueños detenidos

    erguidos hombres de frentes altas
    de corazones, un palmo cada vez más cerca de la verdad

    en un caldero cocinábamos nuestros odios en cazuelas de barro

    escondíamos nuestras sombras, nuestros miedos
    sobre el vientre henchido
    detrás de una aguzada mirada

    éramos hombres a favor de la belleza

    no se cansaban nuestros ojos de observar
    las grandes mareas
    las montañas y la paz del trigal

    pero en lo hondo
    se incendiaban nuestros huesos
    nuestros restos de sangre y vergüenza
    frente a lo etéreo del dogma universal

    muchas veces cercenamos el pecho, detuvimos los latidos
    y nos engañamos
    como testigos ciegos del riel del destiempo

    pero el cielo siempre descendió hasta nuestro hogar
    para reparar y en períodos convalecer
    nuestros averiados trozos de afectos.
    A Edwin A. Gómez le gusta esto.
  3. Caminas una larga marcha
    recorriendo la costa,
    te detienes frente a la escollera
    con una mirada de muchos años de profundidad,
    un cigarrillo cuelga de tu boca,
    el anotador sigue en blanco dentro del bolsillo del pantalón
    y la lapicera sin pista alguna de desenfundarse.

    En otra ocasión el mar y su inmensidad
    te hubiese inspirado algunas palabras,
    pero hoy simplemente piensas
    que ya se han dicho
    muchas cosas sobre esa aglomeración de agua salada.

    ¿Qué más se puede decir
    si la pólvora, la dinamita, la nicotina,
    las cuchillas oxidadas, los mataderos,
    el veneno, el alcohol, los ahogados y los suicidios
    ya fueron inventados?
    A Edwin A. Gómez le gusta esto.
  4. “Retomando la prosa”.​


    Enciendo un cigarrillo, bebo un sorbo largo de whisky y leo un poema anónimo, hasta ahora completamente desconocido para mí. Un poema de algún fulano con deseos de artista, con un sueño que aún no llegó tan alto para sentir el golpe de la caída.
    Mientras leo me adentro en la misteriosa trama que habla de un poeta que está sentado en la cúpula de un rascacielos de la ciudad de Buenos Aires en una noche de punzantes estrellas, en donde la ebria luna intenta seducir al galante verano, pero la luna está muy borracha y harapienta, y el verano es todo un señorito francés que ni la hora le da.
    También hay otras figuras sobresaliendo del texto como un gato en un tejado maullando lágrimas eternas de humanidad, una golondrina temerosa que no sabe volar y no se anima a lanzarse de la cornisa ni siquiera por su idea preconcebida del suicidio, un ruiseñor nocturno que canta una estrofa sin rima de una lírica renacentista, un par de niños que juegan a tientas el rito de los huérfanos silencios sabiendo que con cualquier simple movimiento se caerán al vacío y una mujer, una solitaria y joven mujer de la que todos se enamorarían al verla, incluso las mujeres.
    Lo que cualquier lector jamás podría saber es que esa joven mujer va a morir de soledad aún más joven de lo que es, que el par de niños no son otra cosa que unos viejos inmaduros, pero sin infancia, que el ruiseñor tiene alma de cuervo y que de poesía ni de canto sabe nada, que la golondrina ya se suicidó con una sonrisa en su cara porque así consiguió curarse del cáncer alquitranado del fracaso, que aquel gato fue una querida mascota que enterré hace un par de años, que la luna es una metáfora de mi pobre hermana, la cual jamás pudo ir al colegio porque nuestra familia vivía en una condición muy precaria, y que el verano era el joven, rico, educado y refinado de nuestro barrio, y que la noche de punzantes estrellas son las cicatrices que nos dejan los años…
    Finalmente, cuando me doy cuenta de todo esto, dejo de leer y cierro el libro para ver que estoy sentado sobre la cornisa del rascacielos más alto de la ciudad.
    A Animal Banir y Edwin A. Gómez les gusta esto.
  5. “Uno de mis tantos sueños es conocer Ereván, la tierra de mis abuelos,
    con todos sus secretos que la mitad del mundo ignora”.​

    Yeznig un día entró a su casa, puso la tetera para que hierva, puso la taza sobre la mesa y en ella echó mucha yerba de té y muy poca agua. Dio un sorbo de té y se puso a escribir sobre la impotencia, sobre el preconcebido machismo que guía ciego al mundo, sobre el poder de la arrogancia, sobre el lacerado orgullo, sobre la obstinada obcecación…
    Yeznig se puso a escribir como nunca antes había escrito, y lo hizo por todas las mujeres, que al igual que ella, se sienten no nacidas.
    No se preocupó porque unas sucias manos limpien sus palabras o porque borren algunas líneas con las ideas de un antiguo prejuicio, al fin de cuentas los gritos del alma deben salir como son, nadie los debe frenar o mutilar para que no lastimen los oídos. No se preocupó porque la sangre enferma de la barbarie la enmudezca en un eterno silencio.
    Ese día pensó en jamás agachar la cabeza ni acatar más los mandatos del hombre y su ciencia.
    Escribió una hoja entera insultando a los corrompidos tabúes y esos cánones que hablan de lo qué es moral o inmoral, esos que dicen que la mujer está un peldaño más abajo o es simplemente un objeto/cosa propiedad de su hombre.
    Es que un día, Yeznig se cansó de no poder fumar, de no poder usar falda, de no poder salir a disfrutar de la noche de Ereván, de lavar platos y de callar; y todo eso lo escribió para que sus letras sean mísiles dirigidos a destruir ese muro que divide la igualdad de género de su nación.
    Yeznig se dio cuenta que en un momento dejó de ser princesa para volverse una esclava del sexo más fuerte y eso duele, duele en la sangre y en la herencia, duele en su condición de ser mujer, en su nombre mancillado y en su vientre avergonzado por haber parido a tantos hombres a lo largo de la historia que arrasaron con una furia peor a mil genocidios en la ya sufrida Armenia, su amada tierra.

    Ese mismo día, Yeznig, terminó su texto, encendió un cigarrillo y abrió el vientre de su madre para entrar al útero, enrolló el cordón umbilical sobre su cuello y se puso a esperar con paciencia para que otro día, por casualidad o por hechos, las ideas del mundo cambien y así ella pueda volver a nacer de nuevo.
    A Animal Banir le gusta esto.
  6. Hoy nada me tranquiliza más
    que acostarme al lado de esa soledad que tanto me acompaña

    olvidarme de los cálculos del miedo

    tomarla de la mano y hacer un viaje
    de ida sin pensar en la vuelta

    viajar…
    hasta las sombras de mis ancestrales espectros

    viajar sobre la lluvia
    sobre el origen del diluvio que sana al polvo
    o incluso antes de las ascuas vivas del nacimiento

    a un ritmo lento viajar
    sobre los años de cenizas y naufragios
    sobre la fotografía amarillenta por el tiempo

    liberar a todas mis aves para que lleven un jisei no ku
    escrito con la sangre anónima del último beso

    y llegar hasta los confines de mi existencia
    en donde yo soy con la muerte
    una simple sutura
    en el lejano firmamento.
    A Paulina Andrade le gusta esto.
  7. Alambres/ tuercas/ bujías por la gabela del reloj
    y su rutina​

    tornillos sueltos/ muchos tal vez
    en el andén de un camino

    noches de chapas de zinc
    días de plomo y acero doblando las cansadas piernas

    los rodillos del tiempo en su vertiginosa marcha sin respiro
    lo que queda del vals metálico de una gris despedida
    las fábricas procesando sueños con obreros de alquitrán y arena
    el aire del asfalto/ el oxígeno aglutinado
    que se escapa como bocanadas de exilio
    la lluvia de azufre cayendo de los corroídos lagrimales
    todo oxidándose a paso lento
    al compás de un pulso de infinita arritmia

    eso era todo lo que conocía
    y a veces había más
    mucho más

    como el sol y su narcótico de fantasmal caricia
    como la luna bebiendo su despecho en algún bar
    como la cita nupcial de la madrugada con sus recuerdos de cenizas
    como la soledad golpeando mi puerta igual que
    novia arrepentida​

    al fin de cuentas/ ella es lo único que
    me permite instantes de conciliación y paz
    frente a un legado de overol y trajín con ánimos cariados
    de quimeras contritas
  8. En el eco de mis muertes
    aún hay miedo.
    ¿Sabes tú del miedo?
    Sé del miedo cuando digo mi nombre.
    Es el miedo,
    el miedo con sombrero negro
    escondiendo ratas en mi sangre,
    o el miedo con labios muertos
    bebiendo mis deseos.
    Sí. En el eco de mis muertes
    aún hay miedo.

    Alejandra Pizarnik.




    Sé del miedo cuando enciendo un cigarrillo en la noche
    cuando excavo muy profundo en el rastro que dejó mi sombra
    en los rostros viejos de la memoria
    cuando miro el reflejo en el espejo del hombre
    sin nombre

    sé del miedo que ata los músculos
    las acciones/ que estanca las atenciones
    que corta las alas
    y tiñe de gris cada mañana
    el miedo que confina las ideas
    y vence los pilares del futuro

    y siempre me digo
    el miedo no debería ser una excusa para no hacer

    el miedo con túnica negra
    con risa socarrona

    el miedo con su eco infinito de duda
    el miedo avasallador que nos arrastra con todo
    y sus fantasmas “nuestros muertos
    y nuestras furias”
    a una conclusión de costumbres tontas
    ritos
    que no dejan de ser una cautela exagerada de cada latido
    perdido
    sin conocimiento
    sin exabrupto

    el miedo del filo de las horas
    y sé también
    que por el simple hecho de que tememos
    jamás dejará de cercenarnos

    así y todo
    sabiendo esto
    no dejo de tener miedo
    y sólo sigo preparándome para hospedarlo
    como un huésped más de mi íntimo aposento

    (...)

    creo que hoy
    en la noche sin estrellas
    ante la vela cernida
    frente a las cuchillas oxidadas de la ausencia
    sobre la mar y su oleaje de insondable tristeza
    en la historia derrumbada con sus frisos y cornisas
    en las ruinas mismas de la precaria precedencia

    creo que hoy
    es el momento
    para disfrazarme de ese miedo que muchas veces siento
    y así espantar al propio espanto
    fuera
    muy lejos
    de los muros de la mente

    descomponerlo
    despedazarlo
    triturarlo
    y sepultar cada parte de su conjetura
    en un rincón olvidado y sin acceso

    sólo
    así podré decir
    el miedo ya no es una excusa para no ser

    sólo así podré ser la savia/ la tangencia/ la certeza
    lo blanco MÁS ALLÁ de lo blanco
    la luz en la noche más negra
    Te gusta esto.
  9. Tú eres grande
    extenso y perpetuo
    desde la luna hasta la arena
    desde la memoria quechua
    cruzando los azules ecos de los Andes
    hasta los verbos extintos del cacán

    magnífico cíclope lunar
    nos observas con tu sabiduría forjando la piedra
    con tu mueca indolente agrietada por el viento
    con tu soledad atávica que ahuyenta
    aún hoy
    las penas/ los fantasmas y las traiciones
    de aquel hombre blanco

    Ischigualasto
    eres aún mi hermano de sangre
    mi progenitor/ mi alfarero/ mi escultor
    de semblante étnico
    frente a esta era de exabrupto social

    hoy el tiempo/ hermano mío
    no es más que
    una marca inquebrantable de esa
    tu potestad
    de tu savia de longevos años
    regada por los secadales
    por las sendas remotas de ese silencio
    que grita la historia veraz

    con la misma costumbre de olvidar a la muerte
    y crear de las cenizas el germen de la vida

    Valle de la luna
    te apodaron
    mientras jugabas con los astros
    sobre la palma de tu mano

    mientras la tierra celosa
    contemplaba
    toda tu infinita grandeza

    yo te sigo conociendo por tu nombre propio
    Ischigualasto
    y más allá de la fraguada aridez
    que diseminas
    sé de tu tradición de humanidad
  10. Una palabra herida
    náufraga de penas
    se tiende exhausta sobre la costa

    espera pronto que un solitario viento
    la borre con todo y su legado de lutos
    y cortejos

    ¿cómo llegó a ser esta palabra
    parte del idioma
    y su runa de miseria?
    ¿y los fantasmas de ceniza misionera?
    ¿y los escaldados deseos de raíces étnicas?
    ¿y los nativos sangrando Américas?

    ¿cómo llegó a ser el hombre
    un eslabón de esta
    y una simple excusa
    de la muerte y su corazón de piedra?

    ese hombre que ya no escribe ni garrapatea
    ni siquiera implora
    y en su sueño aletargado
    rinde tributo
    a otra noche de ignorancia negra

    a otra noche
    de sangre envenenada
    dentro del duro lenguaje
    y su tintero

    doliente desdicha que ensancha
    su propia sombra
    fue el amargo pesar de la costumbre de
    ser castellano

    costumbre que prevalece aún hoy
    sobre la historia ceñida por las tumbas
    de un gris anonimato

    idioma que serpentea por la manchada arena
    filoso como daga hundiéndose
    en lo profundo del vientre de la tierra

    idioma/ tu cara se asemeja al hierro
    candente del imperio
    al nombre de un dios de acero
    hasta la última gota del vagido mestizado
    que se percude
    cual musgo en el pecho

    (…)

    Una palabra herida
    náufraga de penas
    se tiende exhausta sobre la costa

    espera pronto que un solitario viento
    la borre con todo y su legado de lutos
    y cortejos

    ¿tal vez esta palabra
    en su postremo minuto
    pudo aprender otra lengua?
  11. Hoy lavamos la cara de la mañana
    con lágrimas de tilo.
    Así despertamos de la trasnoche de la luna
    boquiabierta;
    un horizonte largo y tendido
    alcanzado por los astros,
    por sus límites de timbres de aurora,
    por los músculos de todo cielo que anda suelto
    y sus alcores
    “peatones del roce y la humedad
    de la alcoba y las sábanas”
    decantan en la balada de un gemido
    desayunando
    el mordisco de otro beso.

    Los cuerpos “gravitando y rodando”
    se vuelcan en el ciclo del minutero eterno
    franqueando sombras, abstracciones y fragmentos
    de meandros y sutiles chispazos
    en pleno concierto de la piel.

    Los latidos se encuadran en un marco
    de la memoria de enero
    y la mosqueta renace por la expectante sangre del reencuentro.

    Para la posteridad
    quedan inmortalizados los gladiadores de fuego
    como los mártires del sueño.
    A edith elvira colqui rojas le gusta esto.
  12. La luna se derrama sobre la copa semivacía,
    se viste de rojo sangre, del sudor del etílico
    y en mi esquina
    veo
    como la noche se entrega fiel al sacrificio
    de las formas, las siluetas,
    las reflexiones
    y también los húmedos bosquejos
    del trazo de aquellos amantes
    de incendiadas cenizas.

    La tarde decantan en el banco de una plaza
    y desde la ventana observo
    como los juegos de sombras hacen más eterna
    esta soledad
    amarillenta y vieja.

    Ya no hay vuelta atrás,
    tampoco hay forma de evadir las mareas revueltas del miedo
    y el reloj sobre la pared
    toma la cara del verdugo de los mansos sueños.

    Finalmente todo se ha ido,
    sólo quedó el zorzal,
    el zorzal sin canto
    ni lágrimas
    de una mañana gris y pausada,
    gris de costumbres
    que aún lamen las cicatrices del pasado.

    Hoy el sol se escapa
    a brillar en otro horizonte de pupilas olvidadas.

    Hoy
    los grillos vespertinos
    se han fugado
    a otro tiempo de lejana infancia.

    Hoy todo es una rutina más
    que es mejor olvidar
    en su andanza.
  13. Me has amado en veranos silentes
    en otoños desmembrados
    al igual que los árboles y las hojas
    de un vendaval de años

    amaste mis versos disgregados
    mis verbos de la confrontación
    mis almanaques arrasados
    mi sacrificio y resurrección

    me has amado y te adoré más que la noche misma
    más que la dócil voz del ángelus
    hasta las ruinas y las cenizas

    hoy la casa está vacía
    tú estás pálida/ yerta
    consumida en el tedio de la rutina
    con los ojos distanciados
    con la sed en el río saciada

    y yo sigo invocando a las atroces criaturas
    que una vez navegaron
    por tu sangre
    en el pasado
  14. “Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia/
    Como si esta ya fuera ceniza en la memoria”

    (Jorge Luis Borges)

    Elixir de abriles.
    Sangre vertida del cáliz del óleo santo.
    Lágrimas dulces de un cielo de ángeles
    o de las entrañas del hijo redentor
    de todos nuestros viles pecados.

    Ofrézcame su vino, compadre;
    el río palpitante del mundo
    que tiñe de púrpura las pálidas mejillas
    y salpica con mareas juerguistas
    los íntimos instintos.

    Hoy quiero ser un soñador libertino
    y embriagarme con las copas fértiles
    que pervierten al santulón o al incauto.

    Hoy quiero sentarme en la mesa
    y beber hasta el hartazgo
    mientras platicamos del desamor
    y el quebranto.

    Ofrézcame su vino, compadre;
    y hablemos también del compañerismo,
    de esos que se la dan de amigos
    y usan caretas para apuñalarnos
    sin ninguna culpa ni espanto.

    Ofrézcame su vino, compadre;
    y veamos emancipar la pena,
    apreciemos las espinas, las espuelas,
    las cicatrices de nuestros dolidos cantos.

    Penetremos de una vez en la savia del delirio,
    en los oscuros racimos de la vid y su utopía;
    lleguemos hasta la guarida de Dionisio
    para la danza frenética y desnuda
    del cuerpo enervado y sus sudarios.

    Ofrézcame su vino, compadre;
    y bebamos de nuestra inconsciencia
    bajo el regazo de las afables prostitutas
    mientras se cloroformizan los grises años.

  15. Ave sin ergástula
    ni jaula
    ni prisión.
    Saeta disparada al son de cielo.
    Canto alegre sobre las ramas,
    las alhóndigas, las campiñas
    y la piel de los eneros.
    Alas libres al compás
    de una melodía que se derrama,
    la cual sana de las espinas
    la sangre de la alborada.

    Ave que canta como un jilguero
    la potestad del corazón,
    que se eleva y se quema
    igual a una ceremonia
    de campanarios y conciertos
    añiles en el viento.

    Ave sin ergástula
    ni jaula
    ni prisión.
    Saeta disparada al son de cielo.
    Himno solemne
    que me arropa cual niño
    con los brazos del sol.

    Gracias por toda tu devoción.
    Gracias por dejarme olvidar por un rato
    las noches mudas,
    las sombras del silencio.