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  1. Mi muerte se da tan lenta
    que incluso cuando aparece de pronto
    de pronto también se va.

    Como aquella ola que me arrastró mar adentro
    y luego me devolvió.
    O el sacudón del piso que me hizo saltar
    antes que este se abriera bajo mis pies.
    O de la vez que en la silla del bar estornudé
    y la bala fue a dar al pilar a mi lado.
    O los calambres justo a orilla de la piscina
    O las malas noticias rodeado de amigos.

    Es que la dama de sonrisa perpetua,
    no deja de mostrarme su blanca risa.
    Ella siempre coqueta conmigo,
    me visita nocturna sensual y explosiva,
    me deja silente al entrar la luz del día.

    Varias veces nos hemos revolcado
    amarrados entre sábanas sin textura
    entre vientos fríos de tibios besos sin piel
    entre choques de huesos sin eco en el espacio.
    Te tomaré amada mía en cada instante
    entre cada respiro de vida expirado
    sabiendo que al final del camino
    esperarás desnuda de tu mortaja
    este cuerpo caduco y vencido.
    Hasta mientras cada mañana reavivo
    el recuerdo de haberte sentido a mi lado.

    Mis pasos en cada ruta que avanzo
    se bien y se encaminan en tu vera,
    que al final de la senda me espera inoportuna,
    la mala fortuna de perderme tu sorpresa.

    Sabiéndome que te acompañaré al final,
    noto que caminas delante mío guardando presurosa
    el dedal del destino piadosa me ocultas,
    en tanto me siento fallecer en stop motion,
    por dentro cual muñeco de masilla o plumón al viento,
    sin llegar jamás a saber el instante,
    que mi talante acabe su momento.

    Mi muerte se da tan lenta,
    que más parece y será de aburrimiento.



    Wankara - concierto para una voz.
    A Víctor Mileo y Darío Nervo les gusta esto.
  2. Mientras sentado reviso la música que contrabandeaba, me llegaron los sonidos del jazz japonés y las versiones de Joe Hisaishi a ritmo sincopado.
    La noche es fresca y calma, y curiosamente silenciosa a excepción de los sonidos de tambores y una timbrada voz en los cascos sobre mi cabeza.
    La mente vuela entre dragones convertidos en río, entre nubes con castillos encima, entre niñas sirenas jugando con niños en el césped.

    Veo una bella joven montar sobre una oruga gigante, y al rato Mononoke cabalga un lobo blanco, y de pronto un cerdo pilotea un hidroplano rojo. El gato más gordo que he visto protege del sol con un inmenso paraguas a una niña de coletas, en tanto los Yamada abren la boca soltando palabras garabatos.
    Haretty toma un botón para convertirlo en mesa del café y un joven enamorado lanza aviones de papel para captar la atención de una joven tosiendo.
    La imaginación se desborda entre ladrones con un amigo samurai partiendo el ala de un avión.
    La música me eleva por fuera de mis sensaciones, parece que no sintiera nada, y aún así siento un gran peso en mi pecho.

    Un frío viento me aplasta los brazos. el costado izquierdo me duele punzando con cada nota del piano.
    Se me dificulta escribir, pero me siento obligado a describir lo que siento.
    El jazz toma su ritmo del mío, y en verdad mi corazón late descoordinado. haciendo fuerza en mitad de una pausa y tomando pausa a medio latido.
    De seguro si quito los cascos, o si cambio de música me alivie esta desazón.
    Entre la colección busco los temas de mi carpeta de música para reanimar, y... oh sorpresa, la música de réquiem aparece.

    Se hallan varios autores e inclusive algunos ave maria, varias versiones de concierto para una voz. La versión de Wankara, una rareza propia solo de coleccionistas inunda mi atención.
    Regreso a los tiempos de vacaciones con mis abuelos, a la planicie fría limitada por verdes montes y quebradas escondidas. El chaquiñán con su recorrido inclinado y con el riesgo de resbalar por los pequeños cantos sueltos hacia el abrazo de las nubes del más allá.

    Los tambores suenan con tanta fuerza que mi corazón retumba, mi sangre de indio y negro me llena de rabia los ojos al sentirme menos que los que he superado... y la vida se me escapa entre ruegos y palabras.
    Amé y sigo amando. Cada mujer en mi vida me enseñó de su cariño, de su ternura... de su pasión... pero ninguna jamás se atrevió a enseñarme como olvidarla. Por eso todavía las amo, aunque más de una me guarde rencor y un cariño oculto bajo el orgullo de un apellido ajeno.

    Es raro como he ido colectando tantas versiones de un mismo tema...
    Recuerdo como era leer mis viejos cuadernos de escuela, los apuntes de colegio con pies de página de ideas sueltas, en tanto reconozco la orquesta de Paul Whiterman tocando gloomy sunday.
    Aquellos años de púber y luego impetuosa juventud, aquel primer beso robado, que después descubrí en realidad fue una trampa donde yo ladrón resulté ser el asaltado. O como esa primera tarde terminaba enredado entre encajes de conjunto. Las trompetas me reaniman a buscar el humo perdido de aquellas tardes secretas, y como se lo prometí... olvidé su nombre.

    El angel caído haiiro no tenshi me despierta a los ideales y sueños de lucha. La libertad jamás me supo tan necesaria como la vez que mis pies no pudieron pisar mi sombra. La esperanza me dio fuerza de voluntad, o tal ves fuera al revés. Cuando un chico conoce al hombre en las memorias... a su futuro.. el ko to wa ri suena intenso, la flauta se lleva consigo las viejas lágrimas de aquello que perdí en la pelea. No siento orgullo, pero tampoco pesar, simplemente son cosas pasadas que es mejor dejar atrás, y ni siquiera por mí, aunque perdí mucho, los que perdieron la batalla perdieron mucho más.

    Suena tan bello el adagio en sol menor... me trae una paz que a muchos suena a tristeza. Es similar a la sensación de oír el aria para la cuerda de sol de Bach. Simplemente no entiendo como muchos de mis amigos se espantaban cuando escuchaba esa música.
    Soledad me dio a probar una vez la pista de Mina con balada para mi muerte, que aunque me agrada, prefiero su arreglo para coro. Galletica de cabellos castaños me vivió tanto.

    El peso sobre el pecho se mantiene y ahora presiona también mi vientre, y resbala hasta mis piernas.
    Caigo en cuenta que tengo ochenta versiones de domingo triste, solo espero que Rezső no se moleste. Lo más extraño es que solo tengo setenta y tres versiones del Ave María de Caccini, y aún más extraño que mi versión favorita sea la del cuarteto de tango Hirata. Es tan bella esta música que decido revisar las versiones que hace tiempo no disfrutaba.

    El peso me llega a los pies y las hormigas suben locas fuera de mi vista, a pesar de tener puesto un short y tener las piernas expuestas, las siento invisibles invadiendo mi cuerpo.
    Me puede más el gusto por la música mientras inician las chicas cantoras de Petrópolis, mientras permito que los párpados descansen.
    La intriga más inverosímil se aclara de pronto, la música dejó de sonar hace tres minutos, y ahora apenas tengo fuerza para marcar el teléfono... 9...1..

  3. mientras el velo cubre la escena

    la música proyecta sombras en cada rincón...
    mientras la monotonía recoge su ritmo con desdén

    la vida es tan dura como las paredes
    será por ello que amo las ventanas
    será por eso que odio las puertas cerradas

    la castaña entrecierra sus ojos
    cansada de atender el retoño
    recorro su figura acostada
    en pos de nuestro momento

    su rostro pecoso me obliga a contar
    recuperando las cifra aquella
    como fui descubriendo cada seña
    cada mancha de su piel atigrada
    felina y seductora

    me amó de una forma tan loca
    tan inocente como inesperada
    entre risas de payaso
    y canciones de Montaner
    abro sus recuerdos
    que jamás dejé escapar

    la ropa negra nunca le sentó
    a pesar de su blanca piel
    sus cabellos castaños resaltaban
    cuando se colocaba su blusa amarilla
    y su palidez se mezclaba contra mi
    contra el tono cobrizo curtido
    de esta piel que le extraña

    hoy la recuerdo
    tan viva como siempre
    tan cercana como presente
    tan dulce como tangible
    tan tierna como ruego
    hoy... ahora... coincidimos
    en la espera calma
    de mirarnos otra vez

    A MARISOL PÉREZ y liliana leoni les gusta esto.
  4. escucho el piano dando el intro a las voces de las coristas
    la música es tan bella y triste a la vez
    se asemejan a ruegos de ángeles
    los cellos desgarran la poca piel dura que aún cuelga de los nudillos
    la pared ha quedado marcada con pedazos desprendidos de cemento y manchas sanguinolentas
    el cuerpo late con los chillidos de violines
    la respiración se acelera detrás del bajo eléctrico
    la mezcla de rock en una sinfónica altera los sentidos
    incluso el sentido común
    en tanto el alma gotea en cada herida
    el conductor mueve hacia abajo su batuta
    acallando lo que tanto me altera
    me inquieta
    pero no puedo dejar de oír

    ¿tocará huir del sonido?

    igual que huir de la palabra mal dicha
    de la mirada agresiva
    de su desinteresado interés

    y cierro el player para enfrentar su rostro en aquella foto
    morena
    te comiste mi corazón
    te bebiste mi sangre
    y me dejaste una prenda de recuerdo

    la mano se desliza torpe arrojando por accidente al piso el player
    mientras da un sonido de rebote
    se acciona de nuevo...

    el piano reaparece melancólico
    como si todas las teclas fueran solo negras
    el oboe susurra delicadamente
    el sonido de tus dedos deslizándose en tu cabello
    tu sonrisa reaparece
    por encima de las noticias tristes
    hay tantas muertes, tantos padecimientos
    más no me interesa otra cosa que no sea
    el reflejo de la luna en tus ojos

    el mundo loco se desayuna en hojuelas mojadas con sangre
    sube a sus vehículos fabricantes de humo
    mientras sus chimeneas portables tiznan las huellas de sus pasos
    entrecierro los ojos para tomarla del talle
    la hago girar y marco un 1-2-3 -- 1-2-3... deslizando mis pasos agigantados
    para que usted apenas mueva sus pies en un reducido círculo

    la danza se vuelve nuestro acto sexual con ropa incluida
    y a pesar de las telas la piel siente el contacto de la otra piel
    sus durezas y elasticidades
    sus brotes y entrepliegues
    acoplándose las formas
    entallados en un vals
    en un coito vertical apto a la mirada de censura
    mientras nos amamos al ritmo
    de las ropas al estirar y encogerse

    la guitarra pasa de acorde a pulsaciones
    una flauta traversa corta las cuerdas en su vibrato
    resonando tus palabras hasta mi oído
    "ámame... no temas romperme"
    el jarrón cae de su estante cuando retrocedo sorprendido de sus palabras

    ella se abalanza sobre mi
    mientras su manos hurgan botones
    mis manos levantan las telas sobre su rodillas
    y - CENSURADO- ...