Los potros del esquile cabalgan
en lustros atados a los nervios
de los zapatos.
La mama del lloro apezonado con multitudes en la ajada melancolía
con un versar somnoliento
que hace equilibrismo desde una orilla a otra.
Y descubre tácitamente el invierno
de los dos,
en un añejo de catedrales palpitantes de
tendones claroscuros como autovías
de alambre espino, donde la rapaz
clava sus presas en viudas de añiles
victoriosos.
Para engullir en el buche
los orfebres dactilares de sus carnes
y el oro de los susurros que en los vientos azuzan veletas de un tramo desnudo.
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