Hoy amaneció un día excepcionalmente fresco.
La piel necesita de tanto en tanto, las incursiones gélidas y agrestes de la brisa de la mañana.
Es como si se limpiara el espíritu.
Es hasta fundamental para que se despierten los sentidos y se agudicen las sensaciones de humanidad que este mundo rutinario se empeña en mantener bajo un denso vapor de anestesia.
El paisaje poco a poco se matiza de verdes más claros, y algunos árboles ya estrenaron ese ocre tan característico que los devotos del otoño a menudo solemos buscar con la mirada.
Luego caerán las hojas como capas de vivencias, y algún remolino ventoso, en la primera oportunidad, las levantará en un acompasado vuelo de llovizna para transportarlas lejos, como acostumbra hacer el sano olvido con ciertas situaciones que nos entristecen.
Pervive una enseñanza ancestral aún en las pinceladas de bosques urbanos que nos recuerdan otros bosques.
También somos otoños de páginas que soltamos, como esas hojas que no tienen otro destino que partir para no volver, o para retornar a la tierra y abonarla para que nazca la buena semilla, para que se produzcan el crecimiento y el aprendizaje.
Subyace una vasta sabiduría en la presencia de este otoño de un marzo amarillento.
Su filosofía es la de un maestro respetado, la de un mago de libro de la infancia, que abandona las tierras septentrionales y se posa junto a nuestros portales del sur, camina nuestros rumbos, y también regresa a nuestras letras que lo honran.
Por eso lo amamos.
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Dedicado a Sikus.
También somos otoños de páginas que soltamos, como esas hojas que no tienen otro destino que partir para no volver, o para retornar a la tierra y abonarla para que nazca la buena semilla, para que se produzcan el crecimiento y el aprendizaje.
Cuánto aprendo con vos, hermosa entrega y dedicatoria al amigo sikus.
Abrazos a ambos!!